Para conocer a Horacio Castellanos Moya. Versos, nombres, cartas y un asesinato

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Horacio Castellanos Moya. Foto: ©Gunter Glücklich

Ya entró la primavera en Iowa, dice Moya a través de la pantalla luciendo camiseta de manga corta, negra, a juego con unos auriculares enormes, como los que usan los gamers profesionales. Si no estuviera sentado en ese austero despacho de profesor universitario bien podría pasar por uno de tantos gurús de la realidad virtual que dan fama a Silicon Valley. Pero Moya responde desde Iowa, donde escribe y da clases de escritura, y rompe el hielo hablando del tiempo. Espera que la temperatura del día ascienda al menos hasta los 15 grados centígrados. Despertó allá en el Medio Oeste a cinco bajo cero, así que su deseo es más que comprensible. Horacio Castellanos Moya (Tegucigalpa, Honduras, 1957) tiene por delante la promoción de su último libro publicado en España, un libro que, fiel a la costumbre del autor, permite arrimarnos a su volcánico país de origen, El Salvador, desde ese cálido mundo en el que habita actualmente: la literatura universal.

Quien abra las páginas de su Roque Dalton: Correspondencia clandestina y otros ensayos (Literatura Random House, 2021) se va a encontrar muchos nombres de escritores muertos. Malcolm Lowry, Juan Rulfo, Robert Walser, Juan Carlos Onetti, Salarrué, Vasili Grossman, Julio Cortázar, Roberto Bolaño… Dicha compañía fantasmagórica hace habitable y liviana una vida en Iowa, o en un camposanto de letras. También figura el de Mario Vargas Llosa, aunque él continúe vivo. Encaramado en el título y saltando de texto en texto sobresale un nombre sobre los demás, Roque Dalton, quien un día dejó bien claro y en verso las consecuencias de servirse del suyo.

“No pronuncies mi nombre
Cuando sepas que he muerto,
Desde la oscura tierra
Vendría por tu voz”.

Lejos de temer la implicación que supone escribir con Roque Dalton al acecho, Horacio Castellanos Moya ha ido incorporando al poeta asesinado en cada novela suya donde aparece algún personaje del ámbito intelectual contemporáneo. Sucede en la primera, La diáspora (1989), también en El asco (1997) y en su última de doce, Moronga (2018), además de en los primeros ensayos o en un cuento titulado ‘Poema de amor’. Para sus lectores fieles o de incursiones previas resultará ineludible este nuevo libro donde ambos escritores, Dalton y Moya, parecen fundirse sin ambages ni ficciones en una suerte de vínculo común extraordinario y mediante el poder inconsciente de la palabra.

“Hay dos puntos para entender esta fijación con Dalton –responde Moya a través de la pantalla y con su deje pausado–. Uno es un aspecto histórico. Él fue y sigue siendo el escritor más importante de El Salvador. Como digo en un texto, para mi generación su muerte significó vivir en la orfandad, pues fue asesinado antes de que nosotros entráramos plenamente en la literatura, sin poder conocerlo directamente, siendo quien más había internacionalizado las letras salvadoreñas. Dalton es un padre literario que pierdes muy joven, o que nunca conoces”.

Pero que nadie se equivoque. Que nadie acuda a sus páginas con ánimo de conocer los detalles sobre la peliaguda muerte de Roque Dalton (1935-1975). Ni siquiera en este nuevo libro los encontrarán.

“El otro punto es su caso per se –prosigue Moya–, su muerte en un sentido trágico: que fuera asesinado por sus propios camaradas y que nosotros entrásemos a la juventud durante una guerra civil que de alguna manera obligaba, por deber moral, a alinearnos con un bando que representaba la izquierda, la revolución, pero que era el mismo bando que había matado a Dalton. Eso es traumático, si lo piensas. Mi generación literaria simpatizó de una u otra forma, apoyó toda causa con tal de deshacernos de los militares. Queríamos que salieran del poder los militares y la extrema derecha. Pero, ¿qué pasó? Que esa misma izquierda había matado a Dalton. Esa tragedia nos influye y nos obliga a soportar la contradicción que probablemente un escritor argentino o de otro país con escritores importantes que hayan muerto en enfrentamientos contra fuerzas represivas no sienten, porque allí morían enfrente, contra quienes estuvieran peleando. No fue el caso de Dalton”.

Esa contradicción, esa tragedia, esa guerra, esa cuna han ido acompañando a Moya a lo largo de su vida por distintos países, y se han mezclado con sus principales quehaceres, la ficción y el periodismo. Y con sus ideales y su desarraigo. Con la amistad encontrada en los hijos del poeta asesinado. Con los desvíos propios de toda ruta, real, imaginaria, en busca de respuestas que todo explorador curioso va encontrando por el camino de la escritura. Esto lo narra Moya con gran maestría en los textos recopilados que acompañan al ensayo principal del libro, o en anteriores cuadernos de apuntes donde comparte un floreado surtido de emociones y reflexiones con tanta franqueza como ingenio, y sin ningún tipo de miedo.

El miedo probablemente comenzó a desvanecerse cuando Moya publicó en su país la tercera de sus novelas, la que tanto ha dado que hablar y él ya aborrece. El asco. Thomas Bernhard en San Salvador (1997) enervó el orgullo nacional de muchos compatriotas que vieron atacada la idiosincrasia salvadoreña hasta cotas insoportables, seguramente sin haber leído ni pronunciado el nombre de Roque Dalton, quien a su vez recurrió a las palabras de Lawrence Durrell cuando asevera que todo patriota debe odiar a su país de una manera creadora.

Moya lo destrozó en un soliloquio despiadado de 119 páginas.

“El hecho de que las pupusas sean el plato nacional de El Salvador demuestra que esta gente hasta el paladar tiene obtuso (…). Te podés imaginar, Moya, como si yo considerara el patriotismo un valor, como si no estuviera completamente seguro que el patriotismo es otra de esas estupideces inventadas por los políticos, en fin, como si el patriotismo tuviera que ver con esas repugnantes tortillas grasosas rellenas de chicharrón que de haberlas comido hubieran destrozado mi intestino, hubieran agudizado aún más mi colitis nerviosa, me dijo Vega”.

Tras este libro, escrito en Ciudad de México en apenas 37 días, el autor se vio obligado a renunciar un poco más a El Salvador, bajo amenaza de muerte, y a seguir padeciéndolo desde la distancia. Canadá, Guatemala, Alemania, España, Japón… Iowa.

Salvando las distancias, el odio creativo de Moya se podría emparentar al que había concebido Dalton previamente para sus versos en México, Checoslovaquia, Cuba (isla que llegaría a convertir en Vietnam para proteger su clandestinidad).

En una entrada de su Cuaderno de Iowa, sostenido entre 2011 y 2016 (‘Envejece un perro tras los cristales’, 2019), Moya se pregunta:

“(97) ¿De veras te meterás a reconstruir partes de la vida de Roque Dalton? ¿Lograrás convertir la simulación, la pereza y el miedo en un texto? ¿Por qué regresar a la pústula cuando tienes otro mundo por delante?”.

Contesta el propio Moya a través de la pantalla: “Es lo que se llama el instinto animal del sabueso, que vuelve al lugar que husmea. La pústula viene de unas palabras de Dalton, las usó para referirse al país… ‘No venimos de un huevo o una semilla, venimos de una pústula’. Esa pústula, de alguna forma, es mía también”.

Moya regresó a El Salvador en 2013 con ganas de revolver en los archivos familiares de Roque Dalton y dar con las notas manuscritas que se conservan de la única novela del asesinado, Pobrecito poeta que era yo (1976). En la parte final de ese libro, Dalton relata las semanas de cautiverio, torturas e interrogatorios a los que se vio sometido en 1964 por orden del ejército salvadoreño en connivencia con la CIA. Ante su negativa a colaborar, los agentes le indicaron que no se libraría de difamaciones, sospechas, insidias que podrían ponerle en aprietos. Dalton consiguió huir tras 51 días preso.

“Lo vivido por Dalton en el año 64 me llevó hasta ese archivo –asegura Moya desde la pantalla–. Yo buscaba la relación de ficción y realidad, porque todo lo que Dalton desarrolla en ese último capítulo, sus charlas con carceleros, cómo lo entrevista el agente estadounidense…, todo eso lo tuvo que reescribir, Dalton tuvo que rehacer esas frases, esos interrogatorios, y tuvo que haber metido mucha ficción, tú no estás en la cárcel con una libreta cuando te están interrogando, ni con grabadora. Además, esos momentos cambian, fue muy largo aquel proceso. Todo eso me interesaba mucho, aunque aún no sabía para qué”.

Moya no encontró esas notas manuscritas, pero sí dio con un buen hueso que roer: una carpeta sin clasificar que contenía la correspondencia clandestina mantenida por Roque con su madre o su exmujer poco tiempo antes de ser acusado de traidor y ejecutado por sus propios camaradas el 10 de mayo de 1975.

“Las cartas ideales para un biógrafo estaban ahí ordenadas. Pero yo no soy biógrafo. Al verlas descubrí lo que yo tenía que hacer. Porque en esa carpeta encontré la época que él persiguió toda su vida, ahí estaba él. Y para lo otro, lo del 64, me di cuenta de que ya existía mucho material publicado, divulgado, toda la operación contra él está contada en Los secretos de Castro, por Brian Latell, el jefe del escritorio de la CIA encargado de Cuba, que se retiró y escribió ese libro. En medio hay un capítulo dedicado a Dalton que trata ese cautiverio del 64. Ya estaba, pues, cubierto”.

Con el hallazgo de las cartas y la suerte de tropezarse con Aída Cañas, la exmujer del poeta –“un escritor salvadoreño la está entrevistando actualmente, puede que le dé para un libro”, asegura a través de la pantalla–, Moya vislumbró en su visita al archivo el camino a seguir. Esto fue lo que pensó: “Basándome en hechos, sin especulaciones, me voy a acercar a esta correspondencia y así reconstruiré cuál fue su mentalidad, su forma de actuar, hasta donde se exprese Dalton en las cartas que, aunque son pobres en anécdotas, revelan otras muchas cosas de él. Y con otro nivel, porque es un libro muy grande –explica Moya–, recordé El otro proceso de Kafka, de Elías Canetti, que también se basa en correspondencia, la de Kafka con Felice Bauer”.

Si Kafka desplegó en sus misivas un abanico de pasiones entre el amor por Felice y su dedicación a la escritura, Dalton encartó sus propios sentimientos fluctuando entre el amor por la escritura y su entrega a las tareas revolucionarias. Con la correspondencia que ha desglosado Moya se puede conocer al Dalton clandestino y la relación que entre 1973 y 1975 aún conservaba con su señora madre, su ansia por la obra abandonada, su berenjenal amoroso y los avatares de la traición.

Llama la atención la nota 316 del Cuaderno de Iowa, donde Moya escribe para sí mismo:

“La tragedia es tratar de ser el que no se es, gastar la vida tratando de convertirse en el que no se es. Dalton vivió esto al extremo: tenía la lucidez intelectual y la voluntad para ser el revolucionario que su mundo emocional y familiar no le permitía ser. Al final era un bastardo, hijo único, que nunca pudo ni quiso desprenderse de su relación con su madre; al final era un poeta que ansiaba la ‘fama’ y no pudo ni quiso abandonar su carrera de escritor. Fue como Rimbaud en la dependencia materna, pero sin las ganas ni el coraje para dejar de ser el escritor que había sido y convertirse exclusivamente en otro. ¿Por qué haces juicios de él? ¿Y tú?”.

Pregunto de nuevo al Moya que me responde a través de la pantalla, con auriculares, desde su despacho de profesor en Iowa. Pregunto por esos espejos con los que mira a Dalton, personales, vitales, afectivos. No parecen casuales para un lector que pueda ver rasgos comunes más allá de lo literario.

“Hay una gran diferencia entre nosotros. Y es que Dalton vivió la infección ideológica que lo llevó hasta la muerte. La infección ideológica del paraíso en la tierra, a través del marxismo, en su caso. Hay que decir que cada religión tiene su infección ideológica, y a mí me duró muy poco porque generacionalmente tuve una ventaja: durante la revolución ya me tocó tratar con sus crímenes, los crímenes de la revolución, más que con la utopía que vendía. Yo aprendí desde chico lo que es la lógica del poder –lo cuenta Moya en su nuevo libro–. Y ante esa lógica del poder descubrí que no importa si se es de derechas o de izquierdas porque el poder no tiene ideologías, sino una manera de ejercerse, y las ideologías se inventan para cubrir esas distintas maneras o para cubrir otras necesidades del ser humano. Eso sí me diferencia mucho de Dalton, y eso es algo generacional. En mi generación, unos vivieron la revolución más a fondo, otros menos. Pero yo muy pronto vi que aquello, como todo poder que se basa en las armas y en la violencia, estaba infecto. Entonces esa es nuestra diferencia. Dalton fue un hombre de fe, yo soy un escéptico. Dalton escribió que tener fe es la mejor audacia, y la audacia es bellísima. Aquí tengo una hipótesis. Dalton tuvo una educación jesuita muy importante, los jesuitas le dieron muy buena educación en un colegio caro, y él hizo una traslación muy rápida de toda la escolástica jesuítica al marxismo-leninismo, y no le costó mucho, y consiguió adelantarse a los tiempos en los que una parte del jesuitismo se convirtió al marxismo, Dalton lo hizo diez quince años antes, y eso es interesante. En cambio, yo estudié con los maristas, y bueno, ya sabes…”, dice Moya entre risas a través de la pantalla.

Que nadie lo dude. Este Roque Dalton: Correspondencia clandestina y otros ensayos puede abrirse sin conocimientos del caso tratado ni lecturas previas; sin referencias del poeta asesinado, ni del autor que tanto pronuncia su nombre; sin capacidad de ubicar El Salvador en la historia del siglo XX, ni el boom latinoamericano ni la teología de la liberación; sin haber oído un solo verso revolucionario. Esta recopilación de escritos permite llegar virgen a todo ello gracias al buen hacer de Moya. Centrándonos en el texto que da título al volumen, casi resulta envidiable ese punto de partida ignorante para disfrutar del cuidadoso compromiso narrativo, documental, detectivesco que Moya emplea en busca de la “verdad” que le fue arrebatada a Roque Dalton tras su asesinato.

“He dejado fuera especulaciones de las que no quiero hablar porque todavía son especulaciones”, dice Moya desde el otro lado de la pantalla.

La “verdad” que Moya persigue en este libro sobrepasa al Roque que se esconde tras el mito con sobrenombres como poeta, político, sabio, bastardo, dipsómano, mujeriego, subversivo, gracioso, resbaladizo o aventurero Dalton. La “verdad” que nos brinda Moya supera eso para alcanzar la sensibilidad del hombre clandestino. Esa sensibilidad es la que ha atrapado a Moya en su propio ensayo, resguardada en un puñado de palabras íntimas, cuidadas, medidas, palabras liberadas, escritas para esa frágil confidencialidad que procura cualquier carta cuando viaja sin matasellos, en secreto, con riesgo de ser leída antes de que llegue a destino.

“Lo que yo tengo que escribir lo voy a escribir. Si hay lectores, qué alegría. Si se venden los libros, más alegría todavía. Y si pasan desapercibidos, como alguna de mis novelas que pasaron desapercibidas, no hay problema. Yo las escribí porque necesitaba escribirlas. La literatura siempre fue algo privado para mí. Es como me formé. No es algo que yo aconseje a nadie”, confiesa el escritor salvadoreño desde un austero despacho de profesor en Iowa.

La otra verdad de Dalton languidece enmarañada en los tribunales de justicia. Y en la conciencia de sus asesinos, quienes también habitan en las páginas del libro que ha publicado Moya, bien identificados con nombres y apellidos.

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