Pasádsela a Will

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Se ve a Del Bosque en la banda chupando caramelos y en ocasiones se tiene la horrible sensación de estar viendo una vaca mirándole fijamente desde el prado cuando se pasa por la carretera.

 

Hasta cuatro novedades (uno aún está sin aliento por la audacia insoportable) dio Del Bosque contra Luxemburgo. La principal de ellas fue la ausencia de Casillas (no la titularidad de De Gea), el tabarrón del año junto a Mas. Cuando llegue Navidad, todos esos resúmenes televisivos serán monográficos del mejor portero del mundo, que quizá le deje algún hueco al president, siempre a costa de Piqué y su cultura de campanas, el más vivo ejemplo de habitante del limbo, con su Barça y sus millones que hacen toda su particular felicidad posible. Pero la audacia tiene sus riesgos, y uno no se acuerda de los pobres luxemburgueses sino de los hambrientos eslovenos arramblando mientras Cazorla guardaba la despensa en el lateral derecho.

 

Con tanto mecenas periodístico, los juglares mediáticos que conforman los héroes patrios, uno a veces no encuentra las diferencias entre el audaz y el sensato, donde el primero tantas veces es un proscrito, y donde el segundo no sólo es un inocente sino hasta un elegido. Se ve a Del Bosque en la banda chupando caramelos y en ocasiones se tiene la horrible sensación de estar viendo una vaca mirándole fijamente desde el prado cuando se pasa por la carretera. Y los primeros planos son peores, esos ojos inanimados dentro de una mirada ausente que a su vez refleja pensamientos lejanos, como si sólo estuviese esperando el final del partido para ir a hacer unos recados.

 

Uno se siente en ocasiones un maleducado (y no descarta del todo que en realidad pueda serlo) describiendo en estos términos a un señor tan respetable y respetado, tan ecuánime, tan discreto y tan bondadoso entre otras muchas cualidades. Pero tampoco puede evitar sentir, incluso comprobar, que ahí hay una fachada en constante restauración donde trabajan cientos de operarios subidos en sus andamios, con brochas y escobillas, remozándola día tras día igual que la de Íker, en la que en los últimos tiempos el deterioro es casi irreparable. A estas alturas, y sin la inercia ganadora, a este marqués de la temperancia uno le ve mejor echando una partida de petanca junto a Toni Grande, que es donde se ve a muchos próceres en España, que guiando a este curioso equipo nacional (por el que a uno se le priva de ver a su Madrid) a la gloria.

 

Aragonés adolecía de templanza (con cuya falta envió a Raúl a su casa) pero tenía una idea que se encontró don Vicente para hallar un Campeonato del Mundo y una Eurocopa del tirón y amarrarse al banquillo exactamente igual que su portero a la meta. Del Bosque, madridista de cuna, pudo devolver con su llegada al siete por los mismos motivos que, según sus propias palabras, los integrantes de la última selección mundialista merecían serlo, pero no lo hizo. Esos son los principios de Groucho y no los de un entrenador beatificado que se resiste al apartamiento definitivo de una época como si él mismo fuera ella. España pura. Uno ya no ve esos partidos clasificatorios en los que el tiquitaca, ese otro tabarrón, languidece en el prado tratando de encontrar sin estímulos su esencia.

 

Llegados hasta aquí, uno siempre se acuerda de Mourinho como el desenmascarador al que maltrataban y maltratan los juglares del buenismo futbolero al ver en peligro su poder y su sustento. El contubernio que hizo trizas el portugués sin complejos, y que ahora, libre de él, se manifiesta sin alternativas, como el juego de la roja, que no es ningún remedo de la guerra, como debiera ser, sino de la paz más inquietante; ni siquiera cabría llamarla, como a uno le hubiera gustado, ‘La  roja insignia del valor’ por su blandura, la novela bélica que Stephen Crane escribió sin haber visto jamás un campo de batalla, y sólo a partir de los sentimientos vividos en los campos de fútbol. En realidad este equipo nacional cada vez se parece más a un grupo de rumiantes abocados  hoy al mourinhista Diego Costa y a la flor del joven Alcácer, o a la técnica del entrenador Smiley (donde no hay asomo de esquema sino de necesidad) de la Academia Bel Air: “Pasádsela a Will”. Pero sin Will.

 

Publicado en ‘El Minuto 7’.