Patear, agredir, ensuciar

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Leo en un interesante libro de Emmanuel Carrère, De vidas ajenas, que en los tiempos de crisis política se produce una degradación del lenguaje, y pienso: debe de ser eso. Veo y oigo y escucho cada día lo que viene siendo como un patear el idioma; ya no es que no sepamos hablar con fluidez, echar mano del léxico. Es que agredimos, ensuciamos, afeamos.

 

Leo en un interesante libro de Emmanuel Carrère, De vidas ajenas, que en los tiempos de crisis política se produce una degradación del lenguaje, y pienso: debe de ser eso. Veo y oigo y escucho cada día lo que viene siendo como un patear el idioma; ya no es que no sepamos hablar con fluidez, echar mano del léxico. Es que agredimos, ensuciamos, afeamos.

 

Alguien –muy conocido dice en la radio: “la cancillera Merkel”. ¿Por qué molesta “la canciller”? Se sigue dedicando tributos (¡impuestos!) a personalidades en lugar de sencillos homenajes. Las tiendas de Madrid rebosan de carteles que dicen: Sales. Yo entro y pregunto si venden sales de baño. O empiezo a hablar en inglés con el personal. Guerra de guerrillas. No ganas, pero desconciertas un poco. Leo en un reportaje esta frase: “A principios de los noventa estos sin hogar se concentraron en las ciudades y se incorporó en un pequeño número las mujeres”.

 

Es una variante del fenómeno que produjo (¿en qué momento empezó?) esas frases que ya son mayoría, del tipo “las miles de personas que presenciaban…”, en lugar de los miles. Es no saber que se puede decir de otras dos formas: a) se incorporó un pequeño número de mujeres. b) se incorporaron en un pequeño número las mujeres. Es no tener tu propio idioma. Es que no te suena mal decir, escribir, “se incorporó (…) las mujeres”.

 

Un columnista: “Este descenso de la credibilidad de Podemos se observa especialmente entre los votantes socialistas, quienes en noviembre más del 52 por ciento creía en las ideas económicas de Iglesias”.  Un reportaje estupendo sobre la Universidad, a doble página: “Parece de Perogrullo, pero sorprende el número a los que no se entiende bien” (profesores en clase).

 

En el primer caso, el consabido tropezón cuando se impone el uso adecuado del relativo (más del 52 por ciento de los cuales). En el segundo también anda por ahí el mismo escollo; falta el sustantivo que “sustenta” el relativo que viene después, es decir, “el número de profesores a quienes…”.

 

Es como cuando veo esos adolescentes en el autobús (o en una cafetería) con los pies plantados en el asiento de enfrente. ¿Alguien les ha dicho que eso no se hace, que las suelas de sus botitas recogen en la calle detritus -que no quiero enumerar- que luego van a parar a la ropa del pasajero que se sienta allí? ¿A que no? Pues en el lenguaje lo mismo. Nadie lo valora ni reprocha que se machaque. Nadie enseña en el colegio a exponer oralmente un tema. Los políticos hablan como perros, los periodistas les siguen.

 

El otro día ví en la tele una encuesta que pedía a transeúntes el nombre de cinco reyes españoles. Uno dijo “este Juan Carlos y el anterior, bueno, Sofía y sí, Leticia”, otros todavía peor. Ni uno se acordó de tantas calles de Madrid con nombre de rey, y además en el centro: Felipe II, Alfonso XII y XIII, Fernando VI. ¡Que digo yo, aunque sea para maldecirlos! Es que no les suena nada.

 

Resumiendo, lo de la cultura va fatal. Muy insuficiente. Lo malo es que no se puede repetir…

Soy coruñesa con algo de portuguesa, recriada en Madrid. Como tengo tendencia a la dispersión, estudié Ciencias Políticas. Aparte de varios oficios de supervivencia, he sido socióloga, traductora, documentalista y, finalmente, editora y redactora en El País durante veinte años. En mi primer colegio de monjas tuve la suerte de aprender bien latín. Pasar de las monjas al instituto público Beatriz Galindo de Madrid, donde enseñaban Gerardo Diego, Manuel de Terán, Luis Gil…, fue definitivo para cambiar de fase. Creo que si falla el lenguaje, falla el pensamiento y falla la razón.