Patio sin matemáticas

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Te habrá ocurrido alguna vez. El suelo azulado arriba. El cielo empedrado abajo. Tú caminas. No sabes a quién te encontrarás al doblar la esquina. Zas. Cuando menos te lo esperas.

 

 

Te habrá ocurrido alguna vez. El suelo azulado arriba. El cielo empedrado abajo. Tú caminas. No sabes a quién te encontrarás al doblar la esquina. Zas. Cuando menos te lo esperas. Por ejemplo, hace unos minutos en la rúa do Vilar: una pareja de peregrinos extranjeros –se comunicaban con un how are you que por el deje no parecía nativo– ha reconocido a otro transeúnte con el que debieron de coincidir en alguna de las etapas del Camino. Hace unos días. Hace unas semanas. Da igual. Se encontraron y aquello fue importante para ellos. Incluso puede que lo siga siendo: que se amisten en Facebook; que se escriban aquello de a ver si nos vemos; e incluso que hagan de la frase hecha una promesa cumplida ahora que estamos en campaña electoral. Uno no puede controlar con quién se encuentra, dónde y hasta cuándo. Quizá hasta siempre. Te hablarán de trenes que pasan. Y de que no vuelven. De que no vaya a ser; de que tú verás; de que anda que como te arrepientas. Bendito patio sin matemáticas donde la vida ramonea.