Paul Celan antes de

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Cada poema merecería una exégesis, al menos una página. Al menos un poema que le haga justicia, que le sirva de eco, que le diga al poeta que se tiró al río que sus versos siguen resonando río abajo y en las orillas, donde nos guarecemos los desterrados, hijos de Eva, los que no nos hemos atrevido a ser con todas las consecuencias.

 

Nupcias de abril y clorofilia en el Retiro

 

El libro de Paul Celan, como un amuleto, sigue sobre el zafarrancho de combate de mi mesa y trincheras adyacentes. Me había comprometido a despejarla (y la gran cizaña de mis buzones electrónicos), pero apenas si he conseguido limpiar los goznes de las puertas de entrada a un jardín que me recuerda al de la casa de mi abuela Emilia, cuando la infancia no había sido corrompida.

 

Leo Noche ala y el poema me interpela como los ojillos de un murciélago, como el terciopelo ajado de los reclinatorios de una fe definitivamente marchita. A veces me asombro cuando me asomo al misterio de la noche y me siento junto a Simone Weil. Pero algo me dice que no, y no es como si me repugnara física o intelectualmente (pienso en mi madre), sino que me resulta del todo inconcebible, sobre todo cuando escucho que han captado radiaciones que estaban esperándonos en el espectro desde el Big Bang, o que han hallado un planeta a 500 millones de años luz de la Tierra que se nos parece, que podría ser habitable. Entonces levanto la vista del cuaderno a la noche que empieza a insinuarse y me siento junto a Paul Celan antes de.

 

Noche ala

 

Noche ala, venida de lejos ya

para siempre tendida

sobre creta y cal.

Cantos rodados hasta el abismo.

Nieve. Y aún más blancura.

 

Invisible,

lo que parecía pardo,

color del pensamiento y en silvestre

espesura de palabras.

 

Cal y creta.

Y cantos.

Nieve. Y aún más blancura.

 

Tú, tú mismo:

yaciente en el ojo

extraño, que abarca esto

con la mirada.

 

Cada poema merecería una exégesis, al menos una página. Al menos un poema que le haga justicia, que le sirva de eco, que le diga al poeta que se tiró al río que sus versos siguen resonando río abajo y en las orillas, donde nos guarecemos los desterrados, hijos de Eva, los que no nos hemos atrevido a ser con todas las consecuencias, «creta y cal». «Y aún más blancura». Yo abro los ojos y los cierro, y me vuelvo. No hay nadie ahora aquí, ella se ha ido a acompañar a su amiga, a la que ronda la enfermedad, y yo me quedo aquí, apurando la tarde de la víspera de Resurrección, como si pudiera creer en esas paparruchas que mecen a tantos.