Peregrinos de la belleza

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Los caminos de todos los peregrinos de la belleza siempre conducen a Roma. Y allí llegamos nosotros, por la puerta del norte, la de la Piazza del Popolo, la misma por la que Goethe entró en Roma. Precisamente, en nuestro paseo por la Via del Corso hacia la plaza del Panteón, pasamos por su casa en Roma, la Goethe Haus. Sin necesidad de desviarnos del Corso, llegamos a la Piazza di Spagna y a la casa en la que vivieron Lord Byron y Keats. Resulta imposible condensar tantas imágenes, tantos recuerdos, tanta memoria cultural. En la Piazza di San Ignazio, antes de entrar en la Iglesia, Ilia nos dio una clase peripatética sobre el movimiento en las fachadas de la plaza. En lo que solo puedo calificar de claro augurio, en la Via del Seminario nos detuvimos ante una de las interesantísimas lápidas ─todas con el acrónimo de la ciudad, que no es otro que el de la República Romana: S.P.Q.R. “Senatus Populusque Romanus”─ que jalonan las calles de Roma:

“In questo palazzo Agesilao Greco (1866-1963) Aurelio Greco (1879-1954) Enzo Musumeci Greco (1911-1994) maestri d’armi e caposcuola vissero e forgiarono lo spirito e le forze alla nobile arte della scherma affermando con le loro vittorie e il loro insegnamento la scola italiana nel mondo”
♰ S.P.Q.R  2011

Poco después, los peregrinos llegaron a reponer fuerzas a la plaza del Panteón. Es un prodigio, sigue siendo un prodigio, contemplar ese edificio sentado en esa plaza durante un buen rato. Y es un buen lugar para pensar en qué significan Italia y Roma para nosotros. Desde el Renacimiento el viaje a Italia y su etapa romana forman parte de cualquier currículum de alta educación europea. La ciudad de los emperadores, de los papas, de los pintores, de los escultores, de los arquitectos, de los poetas, fueran estos franceses, alemanes, ingleses, rusos o españoles: ninguna ciudad ha ejercido una atracción tan intensa sobre el corazón y la imaginación de los europeos como Roma; de Du Bellay a Montaigne, de Goethe a Byron, de Stendhal a Chateaubriand, de Stendhal a Moratín. Jean d’Ormesson consideraba que si la palabra cultura tiene un sentido aquí donde encuentra su plenitud. Este mismo escritor afirmó que la verdadera lección de Venecia es que la muerte no tiene la última palabra. Yo extendería esa afirmación sin dudarlo a Roma, la ciudad en cuya eternidad creían firmemente los senadores que veían como su mundo se desmoronaba a finales del siglo IV [1]. Y nosotros, transeúntes de la belleza, pensamos también al recorrer las ruinas de Roma que la muerte no tiene la última palabra. Ni muchísimo menos. Tuve la fortuna de vivir cuatro meses en Roma cuando era estudiante de Historia Antigua. Retrotraerme a aquellos tiempos ya en sí es historia antigua. Solo puedo decir que aquel fue un momento de apogeo personal y si ha habido algún momento de mi vida en que pudiera haber llegado a creer que el mundo estaba bien hecho y que la vida me sonreía fue aquel. Desde entonces, cada visita a Roma siempre ha supuesto una oportunidad para conjurar aquel sentir. Encore un instant de bonheur. Siempre nos quedará Roma y su promesa eterna de bálsamo para recuperar la felicidad. Aunque solo sea un instante de felicidad.

Cuando se entra en el pomerium o antiguo recinto sagrado de Roma por la Puerta de San Paolo, siguiendo el itinerario de la Via Ostiensis, lo primero que vemos es la pirámide de mármol de Cayo Cestio, considerada durante la Edad Media la tumba de nada más ni nada menos que de Remo. Adyacente a la pirámide y rodeado por un muro está el Cimitero Acattolico, conocido también como “El cementerio de los ingleses”.

Aquí reposa todo cuanto
de mortal había en un
joven poeta inglés que
en su lecho de muerte, en la
amargura de su corazón
pidió que se grabaran
sobre su urna funeraria
estas palabras:
“Aquí yace un hombre cuyo
nombre fue escrito sobre
el agua”

24 de febrero de 1821 [2]

Shelley supo el 11 de abril del mismo año de la muerte de Keats. En pocas semanas había concluido su elegía en su honor, Adonais [3]. En este poema tanto Roma como este cementerio son epítome de la eternidad; el poeta que llora al amigo puede encontrar consuelo en la fusión de este con la eternidad, abriéndose por tanto el horizonte de considerarlo como parte del alma del mundo. Shelley dijo de este cementerio que “se enamoraría uno de la muerte al sólo pensamiento de ser enterrado en semejante lugar”. Y parece que su deseo fue cabalmente cumplido, pues sus cenizas aquí acabaron siendo enterradas, muy cerca de su amigo Keats, en el cementerio de los ingleses.

“Hace falta Roma para olvidarlo todo, para despreciarlo todo y morir”. Así terminaba Chateaubriand la carta que le escribió en 1829 a Juliette Récamier tras su conmoción al asistir a un oficio de tinieblas en la ciudad eterna [4]. Entre sepulcros y la presencia constante, como un granadero haciendo guardia, de la muerte, no conozco mejor invitación a la vida que Roma. Yo también estuve en Arcadia.

[1] François Paschoud, Roma Aeterna. Etudes sur le patriotisme romain dans l’Occident latin à l’époque des grandes invasions. Bibliotheca Helvetica Romana VII. Neuchâtel, Institute Suisse de Rome, 1967.
 [2] Keats se inspiró para este autoepitafio en los versos de Catulo, a quien ya hemos recordado en este libro:
Sed mulier cupido quod dicit amanti
 in vento et rapida scribere oportet aqua
“Lo que una mujer dice a un amante apasionado
debería ser escrito en el viento y en el curso del agua”
[3] Adonais: An Elegy on the Death of John Keats, Author of Endymion, Hyperion, etc
[4] No cabe duda de que Roma era un lugar sin parangón posible para Chateaubriand y su vida amorosa. En la Iglesia de San Luis de los Franceses, al lado del Panteón, le construiría un sepulcro a su amada Paulina de Beaumont, fallecida en Roma, entre sus brazos, en 1803. Así reza en el sepulcro: “Après avoir vu périr toute sa famille, son père, sa mère, ses deux frères et sa sœur, Pauline de Montmorin consumée d’une maladie de langueur, était venue mourir sur cette terre étrangère. F. A. de Chateaubriand a élevé ce monument à sa mémoire.”

 

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