Picantones y rompecabezas

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El otro día fui a comprar un picantón. Ya saben, uno de esos pollitos para persona con apetito normal. Me apetecía comer pollo asado con cebollita, tomate, tomillo, ajo, y los corrientes son muy grandes. Encontré los que produce Coren –un verdadero gigante del sector, con mercados internacionales abiertos desde hace décadas (muchas)-, pero con el nombre francés, coquelet. El dueño de la empresa, cuando le puso nombre al producto, pensó seguramente que cómo iba a competir con el acreditado coquelet. 

 

Hoy, viendo el concurso Saber y ganar, de La 2, el presentador comentó, a propósito de la respuesta de un concursante: “Sí, es la correcta, rompecabezas; bueno, eso antes [¡un poco nostálgico!], porque ahora sería puzle” (sic). A ver. No es patrioterismo: nunca he sido nacionalista y nunca lo seré. Tampoco es por la lengua castellana, que es la mía, porque ya quisiera yo dominar cuantas más mejor. Es porque aborrezco esta forma de dilapidar lo que tenemos, ese empobrecimiento voluntario del léxico que veo todos los días. Soy conservacionista. Si tú exportas picantones y son buenos y baratos, es muy posible que la palabra, expresiva a más no poder, ocupe poco a poco un lugar propio, como ha ocurrido con las ya universales tapas. ¿O es que por ahí las llaman typical spanish snacks? Si, como decía el concursante, él de pequeño decía “rompecabezas”, para qué caray le dice (nos dice) que “ahora sería puzle”?  

 

Pero no sé cómo todavía me pongo así. Tenemos unas tortitas de harina (harina y muchas más cosas) muy buenas  llamadas filloas (Galicia) y frisuelos (Asturias). No sé en Asturias, pero en Galicia no hay ciudad que se precie que no tenga su crêperie, aunque todo el mundo come filloas en su casa (y cada vez más en los restaurantes). Ni allí ni en Madrid he visto nunca una filloería. Tú comes filloas (o frisuelos), pero a la hora de poner un negocio… nuestra paletería ancestral.

 

¿Acaso los mejicanos llaman ahora pancakes a sus tortillas de siempre? Pues resulta que todos estos inventos son parecidos, pero cada uno tiene su nombre, y eso es… ¡estupendo!

Soy coruñesa con algo de portuguesa, recriada en Madrid. Como tengo tendencia a la dispersión, estudié Ciencias Políticas. Aparte de varios oficios de supervivencia, he sido socióloga, traductora, documentalista y, finalmente, editora y redactora en El País durante veinte años. En mi primer colegio de monjas tuve la suerte de aprender bien latín. Pasar de las monjas al instituto público Beatriz Galindo de Madrid, donde enseñaban Gerardo Diego, Manuel de Terán, Luis Gil…, fue definitivo para cambiar de fase. Creo que si falla el lenguaje, falla el pensamiento y falla la razón.