Plaza Tahrir

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Viendo las imágenes de la Plaza Tahrir en ElCairo la noche de la caída de Mubarak, he recordado las de otra caída, la del Muro de Berlín. Entre una noche y otra median más de veinte años, pero parece que no hubiera pasado el tiempo: las mismas manifestaciones de alegría desbordada, las mismas caras de felicidad completa, casi pueril. Yo estaba en Alemania en aquel entonces, elucubrando mi tesis doctoral en el Hegel-Archiv de la Universidad del Ruhr, en Bochum. Montamos una breve expedición a Berlín por tierra. Fue extrañamente fácil; no hubo problemas en la frontera, ni a nuestra llegada a la ciudad. Los funcionarios del Check-point Charlie se limitaron a cobrarnos el visado obligatorio sin mirar siquiera los pasaportes. La fiesta estaba en la zona occidental de Berlín, no en las calles desiertas del otro lado, de modo que volvimos pronto. Por los alrededores de la Gedächtnis-Kirche deambulaban cientos de ossis, como hipnotizados. Despertaban un vagos sentimiento de compasión: acababan de conquistar la libertad, pero no sabían en realidad en qué consistía. Un año después, los habitantes de la antigua RDA se sentían estafados: la reunificación los reducía a la condición de segundones, la libertad política consistía para muchos en decidir entre la emigración o el subsidio. Veinte años después, aún pervive en el este de Alemania esta sensación de agravio. Y ello pese a que el gobierno alemán y, por ende, los ciudadanos de la antigua república federal, han gastado ingenies sumas de dinero en deshacer el entuerto real-socialista. Pero ese dinero se ha gastado en liberar la economía, en liberar el mundo laboral, en liberar la administración. El liberalismo no distingue entre libertades: la libertad política arrastra todas las demás, El mundo del ossi era claustrofóbico, pero seguro. Los ossis ignoraban que en las democracias posmodernas la vida cotidiana también puede convertirse en un infierno.

 

     Me pregunto qué les espera a los manifestantes de la Plaza Tahrir. Supongamos que no son adeptos a hermandades musulmanas u otros partidos proclives a convertir Egipto en una checa. Supongamos que sólo quieren democracia, libertad. Supongamos que, mirabile visu, ninguna potencia occidental interviene en el proceso de transición democrática. ¿Cómo será el futuro régimen? ¿Soportarán la libertad? ¿Se atreverán a liberarse? Supongamos que se atreven: tendrían que comenzar, obviamente, por liberarse de las costumbres o, mejor dicho, por tolerar la libertad de costumbres. Tendrían que aprender a no confundir el gobierno democrático de la mayoría con la dictadura de la mayoría. Tendrían que pergeñar una constitución liberal pues, caso contrario, sembrarían la semilla de futuros agravios. Tendrían que aceptar, además, la crueldad propia del liberalismo económico, que es el reverso tenebroso de la libertad política y personal.

 

     A lo mejor no quieren liberarse del todo y sólo desean democracia. Y es que el deseo de democracia no implica necesariamente el deseo de libertad. La democracia, de hecho, no garantiza el progreso de la libertad necesariamente. En su celda de la prisión de Landsberg, Hitler concibió la estrategia que lo llevaría finalmente al poder absoluto: hacer de la democracia una aliada eficaz de la dictadura. Es un ejemplo ciertamente odioso, pero no ocioso. La democracia, por sí misma, sólo garantiza el ascenso de la mayoría, no la libertad.

 

     Supongamos que la nueva constitución egipcia se inspira, por ejemplo y por parecer
eurocentrista, en la turca: separación de iglesia y Estado, decidido rechazo a la involución mental, a la vuelta a la Edad Media política. Pero en Turquía no ha disminuido la tensión entre los que prefieren un Estado confesional a otro laico. Más bien al contrario. Si deciden promulgar una constitución liberalizante, más o menos occidental (oh, pecado imperialista) notarán el rechazo beligerante de una buena parte de la población. Si no lo hacen, el país quedará a merced de los estrategas del resentimiento, los enemigos de todo aquello que huela a libertad personal e intransferible.

 

     Pero ese momento aún no ha llegado. Los millones de egipcios que celebran todavía la caída del régimen de Mubarak no saben lo que les espera, las grandes decisiones que condicionarán su futuro.Sí saben, y es bastante, a qué sabe la libertad.