Plof, plof, plof. Zas

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Llovía en mi casa, una secuela más –aunque irrisoria– del temporal que estos días sufren los gallegos y los que con ellos compartimos región aun siendo de otra. [Desconozco si eso afecta al pedigrí en el pasaporte.] Miraba la gota embobado: plof. Menos de un segundo. Plof. Menos de un segundo. Plof. ¡Qué prisa!

 

 

Llovía en mi casa, una secuela más –aunque irrisoria– del temporal que estos días sufren los gallegos y los que con ellos compartimos región aun siendo de otra. [Desconozco si eso afecta al pedigrí en el pasaporte.] Miraba la gota embobado: plof. Menos de un segundo. Plof. Menos de un segundo. Plof. ¡Qué prisa! Tiene su guasa que Pablo haya elegido por segunda semana consecutiva un charco, en el que ahora habita una sombra sin manos, pero con pies. [Siempre pongo coma antes de “pero” en recuerdo de Ana Vigara. Manías y homenajes.] Pero de los charcos y el tiempo ya filosofamos hace siete días. Leía a Unai Mezcua –que es un joven periodista (a los viejos cada vez se les permite menos serlo) con el que comparto algún que otro maestro– cuando comencé a escuchar la gotera y tuve que ir a preocuparme de que la filtración encestara en el cubo de la fregona. Con la misión cumplida, volví a la lectura sobre Pla y la primera persona del singular. «¿Qué es el periodismo sino contar lo que pasa?». Zas. Pues eso.