Pobreza, racismo e ideas importadas

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Antes de la explotación del petróleo, Guinea era un país necesitado de ayuda internacional. Necesitaba ayuda en el sector de la salud, en el de la educación y ayuda dineraria y logística para formar a los funcionarios, entre los que incluyen maestros. Con el enchufismo rampante, Guinea era el típico lugar en que una persona podía ejercer de maestro, o de maestra de niños y mayores sin haber pasado por una escuela de formación de maestros. Incluso sin haber hecho el bachiller. Y también conocíamos a señoras y señores sentados detrás de la mesa de una oficina sin conocer los rudimentos del oficio para el que fueron llamados.

 

En aquellos tiempos las vacunas venían de UNICEF y de la OMS, y la oficina del PNUD en Guinea justificaba su presencia con la organización esporádica de cursos para funcionarios en activo. Imagínense lo que puede aprender un funcionario analfabeto que se somete a un seminario de 2 semanas de duración. O de un maestro traído de su destino en el interior del país para someterse a un curso de “reciclaje” de dos semanas. ¿Alguien puede creer que llegaría a ser maestro en ese tiempo? Ni el más optimista.

 

Era esa la dinámica tonta en la que estaban metidos los guineanos y las agencias internacionales de desarrollo hasta que vieron que si no había un cambio de régimen en el país el mismo quedaría subdesarrollado para siempre. Y fue cuando empezaron a hablar de democracia. ¿Alguien puede creer que en todo aquel tiempo en que estaban abiertas muchas oficinas de cooperación en Guinea no fundaron ningún colegio, ningún centro profesional, ningún centro de salud que funcionara ni tampoco financiaron la formación de guineanos en aquellas áreas de prioridad? El dinero llegaba y se lo repartían entre los altos funcionarios a los que intentaban convencer para que cambiaran sus hábitos. O se lo daban creyendo que implementarían algún proyecto y estos lo fundían en coches o lo ingresaban en sus cuentas particulares. O lo gastaban en mujeres y en vino. Pero de otros países.

 

Empezaron a hablar de democracia y Obiang se asustó, tanto que salió a la calle a pedir “¡ojo a las ideas importadas, porque Guinea Ecuatorial no está a la altura de los demás países!” “¡¡Ojo!!” Pues todavía temblando, descubrieron el petróleo y los mendigos y ladrones de antes se hicieron jeques de un recurso que no era suyo y dejaron de pedir para mirar a la cara a los cooperantes que habían asistido a su fracaso continuo. ¿Pero sabe la gente que pese a la cantidad de dinero que hay en el país, cantidades inmensas de las que hacen gala los mismos altos cargos, la situación socio sanitaria no ha cambiado para el común de los ciudadanos? ¿Sabe la gente que las escuelas están en las mismas condiciones, y las que no lo están se debe al dinero que viene de fuera y no el del petróleo?

 

Es en este contexto en que empiezan a crecer los que sienten la necesidad de hablar muy bien de la dictadura guineana para que se la conozca en el mundo. La información anterior, la de las escuelas rotas y niños muriendo en brazos de sus madres era el pasado. Además, no es cierto que en Guinea no se deja de pegar a los que siguen hablando de democracia. Esto también es pasado. Esta actitud reivindicativa de la verdad guineana la vimos en la persona de un alto cargo español que lloraba ante sus compañeros por el feo que se le hizo a Obiang no aceptándolo en el Parlamento de España. Sí, él que tenía uno donde de los 100 diputados que había 99 aplaudían cada vez que le mencionaban por cualquier motivo.

 

Lo que nos extraña, terminamos,  de la complicidad de la dictadura con los poderes externos que lo apoyan es que de afuera ya no llegan ideas importadas. Señores, en serio: ¿No va en contra de la lógica que del mundo occidental más desarrollado salga gente que reciba muchos millones al año por hablar bien del régimen caótico del Obiang cuando la mayoría de los servicios sociales que hoy no existen se pondrían en marcha con sólo el 10% de lo que ganan haciendo esta labor? Si relacionamos este hecho con la situación anterior, de cuando todas la oficinas de cooperación estaban abiertas pero el caos era la norma, podemos creer firmemente en que debe de haber algún grupo de gente extranjera que no quiere que Guinea salga de donde está. Y lo hacen porque Guinea es un país de negros y a estos ni agua. De hecho, hay sitios en los que hace solamente cien años en que se abolió la esclavitud.

 

Como no hacemos teoría, sino razonando sobre hechos que todos los que se han acercado a Guinea pueden dar fe, apelamos al común sentido de los pocos guineanos que tienen uso de razón, sean o no miembros del régimen. Son ellos los que recibirán la pregunta de porqué han permitido que se haga tanto daño a los guineanos.

 

Barcelona, 19 de junio de 2012

 

Juan Tomás Ávila Laurel. Es un joven y prolífico escritor, residente en Malabo, donde ejerce como técnico sanitario. Se ha convertido últimamente en un exitoso y asiduo conferenciante de numerosas universidades extranjeras. Ha representado a su país en importantes foros internacionales y ha sido conferenciante invitado en España, Reino Unido y Estados Unidos. Su obra se caracteriza por un compromiso crítico con la realidad social y politíca de su país y con las desigualdades económicas. Estas preocupaciones se traducen en una profunda conciencia histórica, sobre Guinea Ecuatorial en particular y sobe África en general. Tiene más de una docena de libros publicados y otros de inminente publicación, entre ellos las novelas y libros de relatos cortos La carga, El desmayo de Judas, Nadie tiene buena fama en este país y Cuentos crudos. Cuenta tambien con obras de tipo ensayístico, libros de poemas y obras de teatro.