Por culpa de la TV

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Tú y yo no tenemos nada en común. Pues sí, querida, no tenemos nada en común, pero entonces, ¿por qué llevamos tanto tiempo?

 

Son las diez y media de la noche y apagan la tv. Es hora de dormir y ambos están en pijama, a oscuras, acostados en una pieza de la finca.

 

Deberías buscarte una mujer que se parezca más a ti dice ella.

Vamos a dormir –contesta el hombre.

Yo no soy de tu estilo, ¿verdad?

Otra vez, con eso, mujer, relájate.

Porque tú eres de una manera y yo de otra.

No quiero una mujer así, ¡te quiero a ti!

Pero es que somos muy distintos.

Ya tuve esa experiencia con Catsé, que era igualita a mí…, y vivíamos compitiendo. Era horrible.

Pero tú y yo no tenemos nada en común.

Pues sí, querida, no tenemos nada en común, pero entonces, ¿por qué llevamos tanto tiempo?

Ni sé, pero con otra persona tendrías de qué hablar. Conmigo, solo hablas de cosas de la casa.

Pero… es porque vivimos juntos… así pasa, cuando la gente vive junta habla de las cosas de la casa.

El error siempre consiste en irse a vivir juntos dice ella y gira para ver el rostro del hombre en las sombras–. ¡Oye! ¡No te duermas!

Ya, mujer, dejemos eso para mañana.

Cuando vio a esa bailarina en la tv, pensó en María Teresa, ¿verdad?

Ni sé.

¡Usted sí sabe, no sea miedoso!

Todos sabemos que soy un miedoso… Los miedosos vivimos más que los valientes.

Esa mujer te gusta y te gusta mucho.

Tiene cosas bonitas, pero tú me gustas más.

¿Ves? ¡Lo sabía!

Es bonita, solo es eso.

Pero tiene piernas bonitas, cara bonita, cabello bonito. Y supongo que se ejercita y cuida su dieta.

Pues sí, es bailarina, ¿no?

¿Hiciste el amor con ella?

¡Por Dios, ¿Cómo se te ocurre?!

¿Me puedes mostrar tu correo?

 

El hombre estira la mano, alcanza su celular y ella se lo arrebata de un manotazo.

 

La mujer enciende la luz de la alcoba. Es una pieza con paredes de madera, piso de madera, cielorazo de madera.

 

Dame la clave.

Para qué, igual la voy a cambiar.

 

Al fondo de la pieza hay un armario de madera. Y las ventanas son también de madera. La luz es amarilla y el cuarto está cerrado.

 

¿La va a cambiar? –grita la mujer.

Pues… Lo que digo es queeee…, podría cambiar la clave.

¿Es que tiene mucho que esconder?

No, para nada.

Entonces ¿por qué tiene tanto miedito?

¡Vas a entrar al correo…, o no! –acosa el hombre.

Deme la clave.

¿Y tú me darás la tuya?

Usted ya la tiene hace rato, no se haga el bobo.

 

Ella abre el buscador en el correo del celular y digita con los pulgares, mientras él simula que se relaja. Ella no encuentra nada raro.

 

¿Ves…? no tengo nada.

Espere a ver –insiste ella.

Vamos a dormir –dice el hombre bostezando.

¡¿Y esto qué es?! –ella grita. ¿Le dedicó una canción?

¡Pero mujer, cálmate! Solo se la recomendé.

Yo le quería mostrar esto –grita ella, pero yo he visto otras cosas.

No entiendo.

¿Y sabe qué? Eso no me importa.

¿De qué estás hablando?

No me importa que se haya acostado con ella en la cama donde yo he dormido.

No me acosté con ella.

Ni que le hubiera bailado flamenco en tacones y ligueros.

¿Por qué dices eso?

Ni que tenga un cuerpazo, ni ese cabello dorado de reina, ni los senos rosados de salmón.

 

Ella hace con los dedos signos de comillas, citando alguna frase. Algún correo escarbado. El hombre se queda mudo, no sabe cómo salir del atolladero.

 

Lo que me importa –dice la mujer, y mucho, es que ella está enamorada de usted. Y usted de ella. Si usted hubiera dejado las vainas relajadas…, sin amor.

 

La mujer comienza a llorar desconsolada. El hombre no sabe qué hacer. De repente, ella se levanta furiosa y va hasta el armario de madera. Saca el revólver calibre 22 corto. El hombre va detrás, pero no puede detenerla. Ella le quita el seguro y le apunta.

 

¡Ey, cálmate! –y trata de aprisionarla en un abrazo.

 

La mujer lo esquiva, lo empuja y se recompone separando las piernas. Apunta llevando la pistola con las dos manos y dispara contra el pecho del hombre. Uno, dos, tres tiros que lo dejan abatido. El hombre cae boca abajo contra el piso de madera de la finca. La sangre comienza a encharcar la habitación. El olor a sangre es asqueroso. En ese momento entra la niña a la pieza y ve toda la escena. Ambas tienen los nervios destrozados. Como pueden, empacan sus cosas y se largan de ahí.

 

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