Pueblo entero de Guinea: ¡descanseeeen, armas!

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Desde que abrí los ojos encontré que quienes mandaban en Guinea eran los militares. Bueno, “abrir los ojos” es una expresión de mi tierra pequeña que podría traducirse por tener uso de razón. Eso sería después de los siete años, y veía que en mi Annobón había un señor del que decían que padecía una enfermedad rara. En realidad lo que transcendió de  nuestra vida en la isla del sur no fue la enfermedad de aquel señor, incluso no tenía permiso para hablar de aquella dolencia, sino que me di cuenta de que era un militar nativo de la parte continental del país. Estaríamos viviendo los primeros años de los 70 y el que estaba en la silla se hacía llamar General Mayor de las Fuerzas Armadas Nacionales, Honorable y Gran Camarada. Había sido alcalde de Mongomo y no hizo el servicio militar. Luego, no es militar para hacerse llamar General Mayor…

 

Durante la mejor época de Macías, los que mandaban en todos los sitios eran militares, eran los que podían hablar en público, y en voz alta. Eran conocidos como milicianos, y había una facción especial de ellos conocida como Juventud Hormiga. Iban armados hasta los dientes, y es porque también mordían, y fue en aquel tiempo donde aprendieron y difundieron la temeraria idea de que los conductores militares debían ir a toda velocidad, y los militares mismos ir con la cara lo más seria posible, a ser posible, de enfado, para que los civiles supieran que eran temibles y que servían a los jefes de Blay Bich y al Único Milagro de Guinea Ecuatorial S.E Masié Nguema Biyogo Ñegue Ndong.

 

En aquel tiempo cada alto miembro del ejército era dueño de lo que conocíamos como patio, una hacienda de explotación agrícola cuyos trabajadores estaban en régimen de casi esclavitud. La mayoría de estos trabajadores eran presos que no redimían ninguna pena, incluso eran inocentes. Además, todos los funcionarios civiles, alguno de ellos con buena formación, estaban obligados una vez a la semana a ejercer de agricultor. Eso fue después de la expulsión de los braceros nigerianos. Y, claro, iban todos estos civiles porque no podían dejar de hacer lo que mandaban los militares. En aquel tiempo supe de lo que cobraban los funcionarios que no tenían ningún cargo. Era una cantidad equivalente a dos euros. Y eso lo percibían al mes. Lo que no supe era lo que hacían en las oficinas, habiendo tanto miliciano en medio, y con tanta dedicación a los machetes y limas. Guinea era un pueblo “trabajador”, y Masié se enorgullecía por ello. No cabe aquí, pero los milicianos ¡soltaban unas bofetadas! El pan nuestro de aquel tiempo eran las bofetadas, y la gente tenía que agradecer que los enfados de los valientes milicianos acabaran en bofetadas, porque si se sentían muy heridos por la falta del civil de turno lo bajaban directamente a Blay Bich y ahí, como se contaba, iba a bailar desnudo con los carceleros y su vida podía acabar sin que se volviera a saber de él. Esto es testimonio verídico. Por eso las bofetadas eran un alivio, pues indicaban que tu asunto no iba a más. De aquel tiempo tenso y calmado me acuerdo del temible Bikó, un militar de alta graduación que cortó una calle de Malabo, provincia de Masié Nguema Biyogo, y nadie dijo nada, pese a que no era el militar de mayor graduación. Y aquella calle no era una cualquiera.

 

Vivíamos con aquella pesadilla hasta que el teniente coronel Teodoro Obiang dio un golpe de Estado y arrojó de la silla a Masié, el Único Milagro. De aquella fecha el único protagonista de aquellos hechos del que conocía algo de su vida era Eulogio Oyó. Viéndole freír buñuelos delante de su casa, nadie, yo, sabía que era militar hasta que unos compañeros vinieron a cogerlo en un coche oficial para ir a luchar contra Macías. Eso lo vi. Y casi estábamos con los oídos en la radio para oír si habían apresado a Macías, que estaba escondido en los bosques de su natal Nsangayong. Más tarde fue apresado, juzgado y fusilado como un perro y pudimos respirar. El gobierno, el primer gobierno después del incansable trabajador fue de militares, todos ellos. De hecho, aquel gobierno se llamó Consejo Militar Supremo, y el Oyó, nuestro vecino de la fritura de buñuelos, fue uno de los vicepresidentes.

 

Ahora las cosas van como nos van, y de ello vamos dando cuenta paulatinamente, y los  militares siguen en el poder. Claro que mucho de ellos se hicieron civiles. Hoy, por ejemplo, es diputado de la CEMAC el mismo que fue a Annobón y trajo a punta de pistola a todos los hombres en edad de trabajar. Dijo que Macías le comentó que los isleños del sur eran unos vagos que solamente de vez en cuando salían en persecución de una ballena y aquello no era rentable para nadie. Fueron llevados a Malabo con lo puesto, empujados y abofeteados por los milicianos hasta el puerto.

 

Las cosas siguen yendo como nos van y los militares están en las barreras, en los aeropuertos y en todas las ciudades dictando su ley. A veces van tan armados que cualquiera diría que ha estallado la guerra de Biafra. No diremos nada de cuando va a atravesar la ciudad el Jefe. Sale a la calle un tercio del Ejército y tiembla la calle, aunque la silencian porque nadie puede pasar si no es otro militar. He oído decir a mucha gente que este país, con siete provincias, tiene 25 generales. Una barbaridad. No podremos ponderar este hecho. ¿Y sabe alguien de dónde son todos, casi? No lo diremos, para qué. En realidad no importa si no se quiere decir las cosas como son. Lo que debemos decir es que hace poco fuimos a un instituto y vimos un cartel del Ejército de Guinea anunciado el reclutamiento del personal para un cuerpo especial del mismo. Y pedían unos mínimos educativos de escándalo para empezar a formar parte de este cuerpo especial. Visto lo que hemos visto, teniendo en cuenta la poca utilidad del servicio militar en este país, y teniendo en cuenta el daño hecho, debe causar vergüenza que el Ejército se meta en los institutos para reclutar su personal. Sería un cuerpo juvenil para actuar como mayores, y estaremos en la misma situación de siempre, la de muchachos sin ningún juicio formado de las cosas serias condenados a creerse muy valientes siendo temerarios y a humillar al prójimo para sentirse seguros. A perdonarles las vidas a los demás cuando sueltan bofetadas.

 

Sobre esto tienen mucho que decir, si pueden, los padres. ¿Pero dónde están los padres de Guinea Ecuatorial? ¿Tienen poder sobre sus hijos? Ya dijimos en la anterior ocasión que nadie quiere decir nada, todo el mundo quiere que las cosas ocurran para que digan que es sin remedio. Pero tiene remedio. Muchos que tienen hijos y no van en coches de cien millones tienen que decir que no es el camino a seguir. También lo tienen que decir los que van en coches millonarios, que han estudiado un poco y se han ganado la confianza del jefe durante los 30 primeros años de su vida. Estos tienen el deber de decir que llegará un día en que estos jóvenes ya no serán útiles para ningún jefe ni tampoco podrán ser reconvertidos en parlamentarios de la CEMAC. Entonces necesitarán aprender un oficio, pero solamente tendrán cabeza para ejercer de recolectores y de cazadores. Y al ritmo con que con sus fusiles abaten las piezas de la fauna salvaje, ejercerán de mendigos.

 

¿Quiere saber alguien cómo está el asunto de la formación profesional de Guinea? Pues sería necesario hacer un estudio detallado, tarea que no tenemos estudios para acometer.

 

Juan Tomás Ávila Laurel. Es un joven y prolífico escritor, residente en Malabo, donde ejerce como técnico sanitario. Se ha convertido últimamente en un exitoso y asiduo conferenciante de numerosas universidades extranjeras. Ha representado a su país en importantes foros internacionales y ha sido conferenciante invitado en España, Reino Unido y Estados Unidos. Su obra se caracteriza por un compromiso crítico con la realidad social y politíca de su país y con las desigualdades económicas. Estas preocupaciones se traducen en una profunda conciencia histórica, sobre Guinea Ecuatorial en particular y sobe África en general. Tiene más de una docena de libros publicados y otros de inminente publicación, entre ellos las novelas y libros de relatos cortos La carga, El desmayo de Judas, Nadie tiene buena fama en este país y Cuentos crudos. Cuenta tambien con obras de tipo ensayístico, libros de poemas y obras de teatro.