¿Quién teme a la discapacidad?

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Me parece muy bien que hagamos un esfuerzo para no usar un lenguaje ofensivo o estereotipado hacia ningún grupo de personas. Estoy convencida. Me parece cruel, injusto y estúpido; además esas cosas cristalizan y ya se quedan. Pero algo está pasando con la llamada “corrección política” que hace que me rechinen las neuronas y añore el  sentido común. Si escribes con admiración y cariño sobre un hombre nacido con parálisis cerebral –algo que no impide ser tan inteligente como el que más-, que tiene dos carreras y –era previsible- es todo un carácter, no sé por qué es necesario plegarse a esa especie de dictablanda lingüística y afirmar que es “diverso funcional”. No es claro, es forzado, denota afán de ocultación. Otra cosa es que no pongas una etiqueta a esa persona. No es esto o lo otro: tiene graves problemas de movilidad debido a su dolencia. Pero todos tenemos alguna `discapacidad´, ya sea física, psíquica o emocional; unas son más limitantes que otras, en cualquiera de esos sentidos, o simplemente más visibles.

 

Por supuesto que hay que apoyar enérgicamente la integración social de esas (y otras) personas, porque tienen derecho y son conciudadanas nuestras; eso es lo que necesitan, no que se le dé un nombre púdico (y oscuro) a lo que les ha tocado. Siento discrepar con la autora del artículo, periodista y escritora, porque la aprecio de verdad, pero si tuviera en mi entorno una persona con su mismo problema –porque es un problema, y gordo- nunca diría: “Fulanito, un amigo mío estupendo, es diverso funcional”. Porque a continuación tendría que explicar cuál es el problema de mi amigo. Porque la lengua es para entenderse, no para ocultarse detrás.

 

El sábado pasado citaron en la radio un estudio por su título: Personas mayores viviendo solas. Huele a distancia a ese gerundio del inglés: living alone, es decir, un caso de servilismo lingüístico. Porque hubiera quedado monísimo así: Personas mayores que viven solas. También  me sorprendió hace algún tiempo la frase “por favor, embarquen primero las personas viajando con niños…”, a punto de subirme en un avión. El gerundio no pinta nada ahí, deberían decir: “…embarquen primero las personas que viajan con niños”. Más que nada es por la fealdad.

Soy coruñesa con algo de portuguesa, recriada en Madrid. Como tengo tendencia a la dispersión, estudié Ciencias Políticas. Aparte de varios oficios de supervivencia, he sido socióloga, traductora, documentalista y, finalmente, editora y redactora en El País durante veinte años. En mi primer colegio de monjas tuve la suerte de aprender bien latín. Pasar de las monjas al instituto público Beatriz Galindo de Madrid, donde enseñaban Gerardo Diego, Manuel de Terán, Luis Gil…, fue definitivo para cambiar de fase. Creo que si falla el lenguaje, falla el pensamiento y falla la razón.

1 COMENTARIO

  1. El término «diversidad
    El término «diversidad funcional» fue discutido y aceptado durante la Convención Internacional sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad. La principal virtud del término «diversidad funcional» es que es fruto de una decisión «autónoma» del colectivo de personas con discapacidad que rechaza las imposiciones nominales y quiere reconocerse por lo que es y no por aquello de lo que supuestamente carece.

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