Recuerdos coloreados

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‘The New Yorker’ ha lanzado hoy un rediseño de su página web. No se trata sólo de un cambio de cara. En unos tres meses implantarán un muro de pago, como ya han hecho otras publicaciones.

 

Lunes, 21 de julio

 

‘The New Yorker’ ha lanzado hoy un rediseño de su página web. No se trata sólo de un cambio de cara. En unos tres meses implantarán un muro de pago, como ya han hecho otras publicaciones. Mientras tanto, han decidido abrir gratis su archivo durante el verano. Esto es, los textos de Capote, el ‘Hiroshima’ de Hersey, relatos de Salinger… Una joya. El mundo Twitter anda entusiasmado y veo cómo circulan listas de textos esenciales que todos deberíamos leer este verano. Son tantos y tan largos que adivino, ante tanto revuelo, cómo se vacían las playas: de repente todos se han transformado en lectores enfermizos del ‘New Yorker’, como la epidemia de ciegos que imaginó Saramago.

 

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Martes, 22 de julio

 

Retuiteo un comentario de Raúl del Pozo en una charla sobre el columnismo: “Los jóvenes ahora quieren ser columnistas. No saben que el columnismo es para reporteros cansados”. Un rato después un colega me escribe: “Buena esa cita de los columnistas”. Y me recuerda lo que decía Josep Pla, que es más difícil describir que opinar. “El drama literario es siempre el mismo: es mucho más difícil describir que opinar. Infinitamente más. En vista de lo cual todo el mundo opina”.

 

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Miércoles, 23 de julio

 

Joaquín Luna, hoy en ‘La Vanguardia’:

 

“—Era muy zorra. Hombre que se le ponía a tiro, hombre que se follaba.

 

El verano español socializa las vidas privadas. Quizás sea el calor. O la sangría, una bebida que ni tiene ni espera dignidad. En el verano español se oyen por igual los gemidos de placer del vecino, que ha dejado la ventana abierta, y las conversaciones despiadadas. 

Subsiste una España preolímpica, anterior a Barcelona’92, que tiene mal digerir y peor beber. No nos engañemos: la mala leche, la mala uva, la mala sombra también forman parte del alma de este país que es el mío. Tiene España sus cosas, y entre sus cosas está la manera tan suya de mostrar la fealdad: descarnada y sin diseño.”

 

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Jueves, 24 de julio

 

Durante un tiempo, las dichosas redes sociales reventaron por culpa de una invasión de fotografías adornadas con los filtros que popularizó Instagram. A los atardeceres les poníamos un adorno cálido y oscurecíamos los contornos para que fueran más interesantes. Cuando nos fotografiábamos a nosotros mismos lo hacíamos mirando al cielo, o de perfil, preferiblemente en blanco y negro. En el verano retratábamos el horizonte de nuestros destinos vacacionales, que así quedaban más intensos. Quizá sea este el origen de las Polaroid, quién sabe, esas gafas de sol rojas, azules y verdes al mismo tiempo. Ahora queremos ver la vida como hace unos meses la coloreábamos. Seguimos haciendo fotos, sí, que para eso nos vamos de vacaciones, pero #sinfiltros. Que quede claro: esta luz maravillosa es de verdad, no la estoy decorando. La moda del #sinfiltros, no obstante, no cambia nada. Antes coloreábamos las fotos para hacerlas más sugerentes; ahora las dejamos tal y como son para hacerlas aún más sugerentes. Lo cual es razonable. Nunca contamos los recuerdos como sucedieron, sino como hubiéramos querido que sucedieran.

 

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Sábado, 26 de julio

 

Las características del arte pop, según Richard Hamilton:

 

Popular (creado para un publico masivo).

Transitorio (solución a corto plazo).

Prescindible (se olvida fácilmente).

De bajo coste.

Producido de manera masiva.

Joven (dirigido a los jóvenes).

Ingenioso.

Sexy.

Efectista.

Glamuroso.

Un gran negocio.

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