Sagrado consumo

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El frío y la lluvia vuelven a São Paulo y, con el invierno, llegan días de más recogimiento, de buscar pistas, libros, filmes; de seguir haciendo conexiones, eso que últimamente parece tan sencillo, tan espontáneo y, sobre todo, tan imprescindible, ahora que olas de cambio cada vez más aceleradas sugieren tanto temor y tanta esperanza al mismo tiempo…

 

Anteayer asistí a dos documentales que me resultaron especialmente reveladores: La doctrina del ‘shock’, basado en el ensayo homónimo de Naomi Klein, y The Story of Stuff (La historia de las cosas), una animación sencilla y lúcida de Annie Leonard. Esta última pone hincapié en algo fundamental: ver el contexto general de las cosas, el cuadro completo del sistema. Cuando, dice Annie Leonard, estoy en la fila de unos grandes almacenes para comprar una radio de 4 dólares, debo preguntarme por qué ese producto es tan barato, porque es imposible que ese precio cubra los costes de la mano de obra, del transporte, de los materiales o del lugar que ocupa en el supermercado. ¿Cómo llegó esa radio a ser tan barata? Gracias a lo que los empresarios llaman de «externalización de costes»: el consumidor se ahorra pagar el precio real que pagan los países donde son esquilmados los recursos para producir esos productos; los trabajadores de otros países pobres pagan con su trabajo esclavo; el planeta paga por el transporte y las toneladas de desperdicios creadas, etcétera, etcétera. Esa es la verdadera historia de las cosas, lo que hay detrás de ese proceso de extracción, producción, distribución, venta y consumo que se convierte en el sistema capitalista en una cadena lineal e interminable, lo cual, recuerda la autora, es un contrasentido básico en un planeta con recursos finitos.

 

El problema, añade Leonard, es que el sistema, con la colaboración inestimable de los medios de comunicación tradicionales, consigue que sólo sea visible apenas una parte de ese largo proceso: esa última flecha, que simboliza el momento del consumo. Vemos por televisión que venden en cierta tienda una radio por 4 dólares, pero se nos ocultan los crímenes sociales y ambientales que fueron necesarios para que ese producto llegue hasta allí a ese precio y, aún así, genere pingües beneficios para unos cuantos a lo largo de esa cadena. Para alimentar hasta el infinito esa sacrosanta flechita del consumo, la publicidad deberá convencernos de que nuestra felicidad depende de consumir más y más, aunque ello nos lleve a un círculo vicioso absurdo y extenuante en que debemos trabajar más que nunca, y renunciar a lo más valioso -nuestro tiempo- para no salirnos del redil, de la religión del consumo.

 

Sí, lo sé, nada nuevo bajo el sol, pero, ¿no indigna más aún tanta evidencia junta?

 

La doctrina del ‘shock’ aporta, dentro de ese contexto, nuevas claves para entender cómo funciona el rodillo capitalista. La teoría de Naomi Klein es que el sistema económico necesita de crisis para imponer sus políticas neoliberales; el capitalismo salvaje es tan impopular -conduce a la concentración de la riqueza y la multiplicación de la pobreza- que sólo puede ser instaurado, sin una amplia contestación ciudadana, cuando la población se encuentra bajo shock; después de una hecatombe económica, de una guerra, de un golpe de Estado seguido de represión y terrorismo de Estado, de una catástrofe natural. Cuando la gente está demasiado ocupada en su supervivencia -en conseguir alimento o en evitar que le maten-, deja de proteger sus intereses y es entonces cuando los adalides del sistema, encarnados para Klein en la teoría (y práctica) económica de Milton Friedman, tienen el terreno abonado.

 

Esta teoría, para empezar, desmonta el cuento de que capitalismo y democracia liberal van de la mano -por algo las políticas neoliberales más ortodoxas fueron ensayadas antes en dictaduras, véase el caso de Chile, narrado en el documental-. Y para seguir, incide en una idea que no por antigua deja de ser actual: el poder paralizador del miedo. Miedo a la batalla final nuclear en tiempos de guerra fría; miedo al eje del mal en tiempos de ‘war on terror’; miedo al desmoronamiento del sistema financiero y al mal humor de Los Mercados. Miedo, miedo, miedo. A los griegos les dicen que, si no aceptan las imposiciones imposibles de Bruselas y el FMI, estarán abocados al desastre absoluto. Los griegos, indignados, siguen saliendo a la calle, como los jóvenes árabes, como los madrileños, para gritar que ellos quieren decidir sobre su futuro. Su esperanza sólo puede combatirse con miedo.

 

Buenas noticias, también: los indignados vuelven a la Puerta del Sol. Somos muchos y no queremos que a nadie se le olvide que hemos recordado el poder que tenemos juntos.

 

 

Nací en Extremadura, pero soy -también- madrileña. Periodista por vocación y convicción, llegué a América Latina en 2008, a esa ciudad caótica y fascinante que es São Paulo. Después de unos años entre samba y tango, me establecí en Buenos Aires, desde donde trabajo como 'freelance' y colaboro para medios como El Mundo y Le Monde Diplomatique. Aunque, cada vez más, apuesto por los proyectos independientes: la revista Números Rojos, la web Carro de Combate -dedicada al consumo responsable y la denuncia del trabajo esclavo- y, por supuesto, este Fronterad.   Afincada por fin en Buenos Aires, una ciudad que me cautivó desde mucho antes de visitarla, cuando se me mostraba desde las páginas de Julio Cortázar, sigo descubriendo este continente diverso y complejo, este continente con las venas abiertas que, sin embargo -o por eso mismo-, tiene tanto que enseñarle al mundo.