Salir en los papeles

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Cuando abro uno de los cajones que contienen documentación antigua, ya sea en prometedora carpeta, en austero sobre tamaño folio o en un triste post-it que ya no pega, deseo que desaparezca todo ápice de identidad. Que sea catapultado a esa otra esfera de la que no tengo conocimiento alguno

 

La burocracia me deprime. Es saber que tengo que acudir a rellenar una instancia o solicitar un informe y me entran los mil males. No puedo evitarlo. Siento que los duendecillos malignos que son todos los funcionarios desean quitarme algo, pedirme algo, exigirme, obligarme, entretenerme de algún modo, consumidores de mi tiempo.

 

Me agobia comprobar que para todo hay que rellenar una montaña de formularios, de preinscripciones, inscripciones y matrículas, de papelajos de todo tipo. Los veo, lo pienso y, como decía, me deprimo, son sinónimos de un momento que no recuperaré y con un propósito dudoso que bien podría reducirse sin necesidad de tanta tinta, copia o registro. Todos requieren mis datos, todos saben dónde encontrarme, todos me estresan con sus preguntas. ¿A qué tanta curiosidad sistémica? No preguntan abiertamente, lo hacen con sus casillas a marcar (las mismas de las que me sacan) y sus huecos en blanco, dejándonos la incógnita.

 

Irrita comprobar que en cada lugar compilan nuestra información en pequeños microcosmos, que en tal o cual sitio disponen de varias de nuestras direcciones o fotografías que no conserva ni la familia. Total… para nada. Números y más números. Citas médicas, con su correspondiente papel de cita ineludible dentro de un año que no debe extraviarse; títulos que se acumulan con su fecha, firma y sello, que requirieron su correspondiente cita ineludible con un funcionario consumidor de tiempo; documentos varios que ayudan a definirnos, diferenciarnos, segregarnos, creernos importantes u originales, sobre todo irrepetibles, pero que nos institucionalizan como parte de un banco, de un salón de masajes, de una empresa, de un club cualquiera. Total… para nada, para que luego apuntemos con el único bolígrafo disponible, que pinta a duras penas, en el sobre del extracto bancario, sin IPAD ni nada, sin siglas británicas que estandaricen. Así, a las bravas.

 

Cuando abro uno de los cajones que contiene documentación antigua, ya sea en prometedora carpeta, en austero sobre tamaño folio o en un triste post-it que ya no pega, deseo que desaparezca todo ápice de identidad. Que sea catapultado a esa otra esfera de la que no tengo conocimiento alguno. Que no existan los rastros de mi viejo yo, el mismo que acumuló antiguos recibos de luz, suscripciones, panfletos, tarjetas de visita. Y, como no puedo lanzarlos, los ignoro; es más, ignoro el cajón completo que los contiene (cajón incluido, quiero decir), y si la cosa se complica incluso el mueble entero.

 

La burocracia me deprime. Tal vez sea porque sólo existe para recordarme que soy uno más, éste, aquí y ahora, sin posibilidad de imaginarme o creerme otra cosa, sin que me dejen intentarlo de nuevo.

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