Sobre ‘Allí donde ETA asesinó’

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Gran parte de mi obra narrativa refleja de un modo u otro la situación de violencia vivida en Euskadi. A veces de un modo consciente, otras, y porque mis cuarenta y seis años de vida se han desarrollado bajo los condicionantes impuestos por ETA, de un modo natural, cotidiano… encender la radio por la mañana y un crimen, o una bomba lapa, o un secuestro, o los tres a la vez. Y después, su justificación por la izquierda patriótica, su hipócrita victimismo. Día a día, eso acaba esculpiendo caracteres y comportamientos y retuerce los caminos de un modo endiablado. Ha sido la violencia cotidiana lo que ha moldeado la vida de los vascos, y en mi caso, el carácter de mi escritura. Y también ha sido la violencia cotidiana la que ha mantenido inmóvil, hipnotizada tal vez, a gran parte de la sociedad del País Vasco

 

La primera fotografía que tomé fue en actitud de notario; en una calle de San Sebastián, un gran reloj marca la hora del asesinato de José María Serrais Llasera, Gabriel Alonso Perejil y Ángel Cruz Salcines el 5 de diciembre de 1978. Sin embargo, no soy notario, tampoco periodista. Escribo y tomo fotografías. Entonces, ¿escritor y fotógrafo? Sí, pero no sólo. En este caso, sobre todo, soy un ciudadano. La ciudadanía, en el sentido más positivo que puedo entender el término, fue la base sobre la realicé el documento titulado Allí donde ETA asesinó. Escribir sobre la muerte, la violencia y el silencio, y fotografiar la ausencia. Era un reto. Mis especialidades son la fotografía de surf y la fotografía aérea,  espacios alejados en exceso de la tierra. “Tómalo de un modo sencillo”, me dije. “Tienes tu bolígrafo, tu mirada y tu conciencia”.

 

Pero antes del primer clic y la primera palabra había recibido una llamada. Fueron Arcadi Espada y Cristina Fallarás, director y subdirectora del periódico digital Factual, quienes me propusieron el trabajo. La idea surgió de Albert de Paco. Es importante este punto. De no haber mediado esa llamada, yo no me habría puesto en movimiento. Un vasco como muchos.

 

Gran parte de mi obra narrativa refleja de un modo u otro la situación de violencia vivida en Euskadi. A veces de un modo consciente, otras, y porque mis cuarenta y seis años de vida se han desarrollado bajo los condicionantes impuestos por ETA, de un modo natural, cotidiano… encender la radio por la mañana y un crimen, o una bomba lapa, o un secuestro, o los tres a la vez. Y después, su justificación por la izquierda patriótica, su hipócrita victimismo. Día a día, eso acaba esculpiendo caracteres y comportamientos y retuerce los caminos de un modo endiablado. Ha sido la violencia cotidiana lo que ha moldeado la vida de los vascos, y en mi caso, el carácter de mi escritura. Y también ha sido la violencia cotidiana la que ha mantenido inmóvil, hipnotizada tal vez, a gran parte de la sociedad del País Vasco.

 

Fue un trabajo exigente realizado en invierno y con sensaciones de invierno. Un viaje a la tierra donde nací y resido, a su interior más trágico. Un viaje que emprendí en solitario porque no podía ser de otro modo. Poco a poco, fui trazando una telaraña sobre el mapa. Yo me encargaba del norte y otros compañeros fotógrafos trabajaban en otras zonas de España. Casi novecientos asesinatos ocupan mucho espacio. En Euskadi y Navarra, con el grueso de ellos, la escala se amplía para que el drama se muestre de pleno en un mapa solapado por puntos y puntos que se solapan entre sí. Viendo eso, en un territorio tan pequeño, hasta un topo se daría cuenta de todo el apoyo social que ha sostenido a ETA durante este tiempo y la seguridad con la que ha cometido muchos de sus crímenes, algunos de ellos aún sin juzgar. El hacha y la serpiente no están ahí por casualidad. La simbología siempre ha excitado a ETA y a su espacio; el hacha corta de cuajo y la serpiente pega su panza al sustrato. Es la tierra lo que siempre ha reclamado ETA, que la cree suya, con el hacha como única razón.

 

Frente a lo que pueda parecer a alguien que desconozca profundamente la sociedad del País Vasco, y pese a preguntar en frío a tanta gente, no tuve problemas serios durante la búsqueda in situ de los escenarios. Escuché desplantes e insultos contados y una vez me vi obligado a salir corriendo. Siendo casi ciento veinte los lugares fotografiados, es un porcentaje mínimo. Un poco más elevado sería el correspondiente a las respuestas positivas y la ayuda. La columna más gruesa del cuadro corresponde al silencio, encogerse de hombros y seguir camino. Un dato que daba por seguro antes de comenzar el trabajo.

 

A dos meses de comenzar, el periódico digital Factual cambió de arriba abajo, lo que supuso un montón de despidos fulminantes y una línea editorial que no me agradaba. Todo se replanteaba y yo me fui, pero no me pareció honesto abandonar el trabajo que llevaba a cabo y decidí continuar por mi cuenta. Aún debía acercarme a Tolosa, donde ETA asesinó en 1983 a Patricia Llanillo Borbolla; a Bilbao, donde ETA asesinó a María Luisa Sánchez Ortega en 1987; a Irún, donde ETA asesinó a Ramón Doral Trabadelo en 1996; a Mondragón, donde ETA asesinó a Isaías Carrasco Miguel en 2008… Acercarme allí donde ETA asesinó. Había mucho trabajo por delante y lo hice durante dos meses más, hasta que mis posibilidades económicas se agotaron. Me quedaba aún ocho meses. Los días sin el aniversario de algún crimen son muy escasos.

 

Recuerdo la noche y los amaneceres como dominantes en esos cuatro meses de trabajo. Recuerdo también haber llegado a imaginar el plano de algunos asesinatos; las rutas que aseguraban la huída; el lugar de espera al paso de la víctima; los pensamientos del asesino; el retumbar del disparo que arrebata lo que nadie tiene derecho. Pero no siempre fue posible dar con el lugar exacto. Asesinatos como el de Vicente Irusta Altamira en 1979, el de Leopoldo García Martín en 1981, o el de Eduardo Navarro Cañadas en 1983, se han olvidado en el lugar. Pregunto a algunos ancianos, en algunos comercios, en algunos bares. De quienes contestan, pocos recuerdan. ¿Y cómo puede ser eso? Seguro que habrá sociólogos que acierten a explicarlo, incluso que ya esté explicado. Por mi parte, puedo hablar de ello. El 19 de enero de 1980, ETA asesinó en Getxo a José Miguel Palacios Domínguez. Sucedió a unos doscientos metros de donde yo vivía entonces. Treinta años después, yo no recordaba nada. Ni que ETA le hubiera arrebatado la vida ni, mucho menos, su nombre. ¿Dónde podía estar yo entonces? Supongo que en la playa, surfeando, o escribiendo poesía sobre un acantilado. Quizás, siendo benévolo, como cualquier chaval de quince años que trata de escapar como puede de una olla a presión. Pero después pasó el tiempo y tampoco hice demasiado. Alguna manifestación, algún gesto pacífico, algunos relatos. ¿Qué era eso contra una tierra repleta de zulos, tanto mentales como de armas? Sí, algo fue, pero sobre ello la fuerza estúpida de las armas hasta ayer mismo. Guardarse los colmillos y preguntar qué hay de lo mío no es un acto racional, sino el gesto de un babuino que ha sido derrotado. Eso es y ha sido ETA durante toda su existencia, un babuino. Y el resto, acojonados en la punta de una rama. Como triste ejemplo, el mío.

 

 

 

Willy Uribe (Bilbao, 1965) es escritor y fotógrafo. Atiende el blog Tengo sitio libreAllí donde ETA asesinó, con prólogo de Patxi López, ha sido publicado por Los libros del lince: “Un testimonio gráfico y escrito de los crímenes cometidos por ETA en el País Vasco. Un alegato contra el olvido y contra la desmemoria. Un recuerdo de las víctimas y un rechazo frontal de la violencia”: info@loslibrosdellince.com

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Autor: Willy Uribe