Sobre libros y lectores

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Cuenta Roger Chartier, uno de los mayores expertos de la historia del
libro, que André Miquel, administrador de la Biblioteca Nacional francesa, tuvo
que resolver el problema más grave con el que se puede encontrar un responsable de
biblioteca. Cierto día uno de los usuarios parisinos le reprochó que no pudiera conseguir
la reproducción de un texto, cuya consulta estaba prohibida. Realmente, se
preguntaba, ¿no había alguna forma de acercarse a él? Miquel interrogó a los responsables directos. Éstos le
repitieron lo consabido: no se podía consultar de ninguna forma. Entonces, les
horrorizó al ordenar que le dieran el libro para destruirlo. Los conservadores
no podían dar crédito a semejante solución, pensaban que era una decisión de
bárbaros, pero André Miquel la razonó: si el original no podía ser
consultado, y tampoco se podía microfilmar ni transferir a otro sorporte, no
tenía sentido alguno conservarlo. Se encontraban en una biblioteca para ofrecer
un servicio y ésta no podía ser un simple reducto del fetichismo libresco. Si
nadie podía acercarse a sus páginas, la destrucción no era inconveniente. En
realidad, nada iba a cambiar. Como recordaba un apasionado Andrés Trapiello,
libro que no has de leer déjalo correr. Los libros están para ello, no
para tenerlos en posesión, incluso si se trata de una biblioteca nacional.

 

¿Existe un libro sin lector? Ésta es la cuestión que me ha
asaltado desde el primer día del año. 
Uno lo ha comenzado, como lo terminó, entre libros. Y me pregunto por mis improbables lectores, mientras reviso y recorto mi tesis doctoral para su posible publicación. Me estremece pensar que, en realidad, no puede existir un libro sin lectores. Por fortuna, lectura y escritura son inagotables y nunca definitivas. No podremos saber quién es el amo, como inquietaba al ilustrado Diderot, porque, en realidad, ni el escritor ni el lector pueden escapar de la cartografía de la gran Biblioteca. Allí donde nos reconocemos, nos encontramos e, incluso, nos perdemos. Quizá en una variante del borgiano libro de arena, que no tiene principio ni fin.

 

 

“Nosotros como humildes y flacas criaturas procuramos formar
un libro perfectamente acabado el cual constando de buena doctrina y acertada
disposición del impresor y corrector, que equiparo al alma del libro, e impreso
bien en la prensa, con limpieza y aseo, le puedo comparar al cuerpo airoso y
galán”.

ALONSO VÍCTOR DE PAREDES.

Joseba Louzao nació en Bilbao en 1983. Es doctor en Historia Contemporánea por la Universidad del País Vasco (UPV) y en la actualidad es profesor en el Centro Universitario Cardenal Cisneros (Universidad de Alcalá de Henares).
Está especializado en historia de las religiones y es autor del libro Soldados de la fe o amantes del progreso. Catolicismo y modernidad en Vizcaya (1890-1923) (Genueve Ediciones) y, como coordinador, de La restauración social católica en el primer franquismo, 1939-1953 (Publicaciones de la Universidad de Alcalá de Henares). Este blog será su particular maleta preparada, porque el pasado siempre es un país extraño.