The Wonders

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Nada dice el republicanismo de los cuatro mil programas de Jordi Hurtado, pero por si acaso no estaría de más urgirle al Gobierno su aforamiento.

 

Nada dice el republicanismo de los cuatro mil programas de Jordi Hurtado, pero por si acaso no estaría de más urgirle al Gobierno su aforamiento. El blindaje del presentador, como el de Don Juan Carlos, tiene un valor preventivo y simbólico a la vez. Porque agotada la polémica, un suponer, de la Jefatura del Estado pudiera ser que en un tiempo, quién sabe si como consuelo, enfocasen sus desvelos demócratas hacia el conductor de ‘Saber y Ganar’, que reina desde hace diecisiete años en la cadena pública. Cuatro mil programas como cuarenta años. La sobremesa española exige asegurar su continuidad, aunque por el momento no se tenga noticia de abdicación. A Pablo Iglesias, por ejemplo, uno le ve más proponiéndoles El Reto a los concursantes que en un parlamento, superada la demagogia que es como la historia de los Wonders, aquella película dirigida por Tom Hanks que narraba el éxito efímero de un grupo de rock, tras el cual cada miembro tomaba su propio camino. La enfática dicción del eurodiputado le hace apto para el puesto. A veces se piensa que lo suyo no es una campaña electoral sino unas prácticas de televisión. Se le imagina igual de pinturero diciendo: “…cualquier demócrata debería entender que el pueblo español merece decidir quién es el nuevo jefe de Estado”, como concluyendo: “…y mañana les esperamos aquí como siempre en la dos y en el canal internacional…”. Su presencia constante es similar a la que tuvo en su día Belén Esteban, y por eso hasta en cualquier momento se espera un cambio radical de imagen e incluso una portada en Interviú. Uno ve en él un poco de pelusa, en general de todo el republicanismo, de figuras notables como la de Rey o como la de Jordi Hurtado. Hay que ser algo monárquico para ser fan sin condiciones, que es como ser taurino y no serlo. Uno a Aute le oyó decir que el mundo se divide entre los que son aficionados y los que no lo son, y está de acuerdo, porque, a pesar de las normas, sólo los primeros pueden comprender que Curro saliese en dos ocasiones por la Puerta Grande de Madrid habiendo cortado sólo una oreja en cada una de ellas.