Tiempos convulsos

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Grecia, Portugal, España, Italia y vuelta a empezar. Desde hace tres años, los volátiles y caprichosos mercados –eufemismo para referirse a los banqueros y otros dueños/esclavos del dios Dinero- sofocan a alguno de los países del sur de Europa, hasta forzar un cambio de gobierno, una reforma laboral o unos presupuestos suicidas, para detenerse unos días, amenazar con el rescate o la bancarrota, dibujar en las portadas de los diarios un panorama al borde del abismo que va haciendo calar el miedo entre la población, y, cuando se aburren, cambian al siguiente país del sur europeo, de España a Italia o a Portugal, y vuelta a empezar.

 

Ahora le toca a España. Nos desayunamos todos los días escuchando que nuestra Españita, esa que se vistió de princesa para ir al baile europeo y se transformó en calabaza cuando dio la medianoche, vuelve a estar en el ojo del huracán, en el punto de mira de esos insaciables mercados a los que tanto les gustan las profecías que se autocumplen. Lo que ayer nos vendían como un imposible, la economía española pidiendo dinero a Europa para salvarse, hoy se anuncia como una realidad inaplazable si no recortamos cuanto se nos imponga. Y de nuevo nos venden un Estado de bienestar contra las cuerdas, víctima del derroche y la deuda.

 

Los ciudadanos, presos del miedo al fantasma del desempleo, se resignan a perder sus derechos, o piensan en emigrar, y hasta ven con buenos ojos que las dos ciudades más importantes de España se disputen albergar un casino donde no se respetarán las leyes, con tal de que se creen unos miles de puestos de trabajo. Aunque tal vez lo peor sea escuchar cómo patronos, banqueros y esos jefecillos de la Unión Europea a los que nadie eligió en ninguna urna, nos felicitan por nuestra valentía al emprender el severo reto de la austeridad, y se lamentan de los difíciles tiempos que viven España o Grecia, pero instan a acelerar y profundizar los “ajustes” caiga quien caiga. Los mercados quieren más madera. Todos, menos los ciudadanos españoles, parecen tener voz en este entierro: Mario Dragui, presidente del Banco Central Europeo; Merkozy, los banqueros, el primer ministro italiano, Mario Monti –avalado por su gestión en el banco Goldman Sachs, ese que falseó durante años las cuentas griegas-, y toda la pandilla bruselense. Todos nos recuerdan a coro que tenemos que ser más competitivos; o sea, que tenemos que cobrar menos y trabajar más horas. Y todos a coro echan leña al fuego al pedir recortes en el gasto autonómico, que, no lo olvidemos, significa educación y sanidad, porque los despilfarros en cargos y amiguismos, esos, no los tocan.

 

En estos tiempos convulsos, el buen periodismo, el reporterismo honesto, se hace más necesario que nunca. Pero la prensa pasa por horas bajas. Desde el estallido de la crisis, más de 5.000 periodistas han perdido su empleo; se suman a la legión anual de parados que salen de las facultades de periodismo, aunque éstos, a menudo, son los que más fácil lo tienen para encontrar trabajo como becarios con un sueldo de miseria: es una de las vías que las empresas de comunicación han escogido para abaratar costes: utilizar becarios como si fuesen redactores. Es lo que pasa cuando un periódico se transforma en una empresa para la cual hacer periódicos no difiere de fabricar zapatos. Y, como recordaba en un ensayo reciente Ignacio Ramonet, no sólo las empresas, sino también los profesionales, parecen haberse olvidado de esa misión de contrapoder que tiene la prensa y acaban plegándose, acomodándose a la necesidad de ganarse los garbanzos haciendo periodismo basura. Las cosas están difíciles, compañeros, pero no nos engañemos: a veces, son autojustificaciones; siempre hay otra manera de hacer las cosas. Los periodistas hemos permitido una grosera devaluación de la profesión que se manifiesta a muchos niveles: desde las ruedas de prensa sin derecho a hacer preguntas (¿¿??!!) a los ridículos precios que se pagan por las colaboraciones.

 

En este contexto, Fronterad es una de esas luces al final del túnel; un rayo de esperanza. Una confirmación de que otro periodismo es posible, y un catalizador para los que no renunciamos al buen periodismo. Quiero pensar que cada vez somos más.

 

* Alfonso Armada leyó este texto en la Noche de los Libros que organizó Fronterad con ocasión del Día del Libro. Fue un honor participar, incluso con un océano de por medio.

Nací en Extremadura, pero soy -también- madrileña. Periodista por vocación y convicción, llegué a América Latina en 2008, a esa ciudad caótica y fascinante que es São Paulo. Después de unos años entre samba y tango, me establecí en Buenos Aires, desde donde trabajo como 'freelance' y colaboro para medios como El Mundo y Le Monde Diplomatique. Aunque, cada vez más, apuesto por los proyectos independientes: la revista Números Rojos, la web Carro de Combate -dedicada al consumo responsable y la denuncia del trabajo esclavo- y, por supuesto, este Fronterad.   Afincada por fin en Buenos Aires, una ciudad que me cautivó desde mucho antes de visitarla, cuando se me mostraba desde las páginas de Julio Cortázar, sigo descubriendo este continente diverso y complejo, este continente con las venas abiertas que, sin embargo -o por eso mismo-, tiene tanto que enseñarle al mundo.