Tierras de negros

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La antropología ha tardado bastante en establecer que las nociones de raza y etnia son constructos humanos sometidos a crítica científica y que han quedado bastante obsoletos.

 

 

Los habitantes de las orillas septentrionales del Mediterráneo han hecho de África morada de muchos de sus mitos más cronorresistentes. Para empezar y no agotar la relación, el escenario de algunos de los trabajos de Hércules, las Montañas de la Luna, el reino del Preste Juan o el hábitat de los unicornios. Inconscientes o desconocedores de que la especie humana tuvo su amanecer en África y que desde allí se extendió por todo el planeta, los europeos han considerado desde los tiempos de las civilizaciones de Grecia y Roma el continente africano como el lugar de la alteridad absoluta, sobre todo atendiendo al color de la piel, no en vano aún se sigue usando el marbete “continente negro” para referirse a él. Además, la antropología ha tardado bastante en establecer que las nociones de raza y etnia son constructos humanos sometidos a crítica científica y que han quedado bastante obsoletos. En este pecio lexicográfico haremos un pequeño viaje a lo largo de la historia a través de las diferentes denominaciones de las tierras que recibieron su nombre del oscuro color de piel atribuido a sus habitantes.

 

África tiene cuatro grandes ríos: el Nilo, el Congo, el Zambeze y el Níger. Este río tomó su nombre ―europeo, claro― de una de las palabras que en latín significan “negro”. Hay un país llamado Nigeria y otro Níger, ambos regados por el río homónimo. Tierras de negros ambos países. Haciendo referencia al color de la piel de sus habitantes, a los que solían convertir en esclavos, los árabes denominaron a las tierras al sur del desierto del Sáhara Bilad as-sudan, “el país de los negros”. Ítem más. Los geógrafos y los marinos árabes llamaron zanj a las poblaciones de la costa africana del Océano Índico. Jordi Esteva ha escrito un libro memorable sobre la epopeya de esos navegantes. De zanj proceden los nombres de Tanzania (Tanganica + Zanzíbar) y Zanzíbar, Zanj-bar, lo han adivinado, “la costa de los negros”, pues los marinos persas, que precedieron a los árabes en la exploración de esas tierras además de algunos templos zoroastrianos les legaron ese topónimo. Ítem más. Los geógrafos griegos llamaron a la antigua Abisinia Aithiopia, como contábamos en un artículo anterior (Etiópicas), topónimo que procede del vocablo  Aithiops  (literalmente “cara quemada”, de aithein “quemar” + ops “cara”). A estos oscuros seres  los situó Homero en la Ilíada en los extremos del mundo. En griego, etíope acabó designando principalmente a los habitantes de África al sur de Egipto, y en un sentido más amplio a los pueblos de tez oscura de otras partes del mundo. Y un último ítem más. El geógrafo griego Estrabón llamó mauroi a los habitantes de las costas de los actuales Marruecos, Argelia y Túnez, pues a los griegos sus rostros les parecían oscuros (mavros significa aun hoy en día “negro” en griego). Los romanos conservaron ese nombre y llamaron a la tierra de los mauri, nuestros moros, Mauritania. Otra “tierra de negros” en definitiva.

 

Los esclavos de tez oscura fueron llevados por los traficantes árabes y más tarde otomanos a todas las tierras del Islam, desde Al Andalus y los reinos del Norte de África, donde nutrieron la guardia negra del sultán Mulay Ismail, hasta el Harem del Sultán de Constantinopla, donde los eunucos más apreciados eran los negros, los abid sudaneses. Resulta penoso recordar el destino de muchos de los habitantes de esas “tierras de negros”. Reducidos a la condición de mera mercancía para los “mercaderes de ébano”, también acabaron cruzando el Atlántico en viajes en condiciones indescriptibles hacia las colonias hispanas, portuguesas y británicas para ser explotados ellos, sus hijos y los hijos de sus hijos hasta una emancipación que no llegó, en el caso de Cuba, hasta 1886. El reconocimiento pleno de su dignidad e igualdad esenciales tardaría aún muchos años y en muchos casos sigue siendo algo lamentablemente pendiente.