Tipos normales

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Las concentraciones por la democracia real van remitiendo. Ahora es cuando se vuelven interesantes. Al principio, durante la campaña electoral, las acampadas tenían un aire de patchwork ideológico, o de Enciclopedia China borgiana. Demasiados talleres papirofléxicos, poéticos, étnico-folclóricos. Demasiados teatrillos, mimos infames o percusionistas horrísonos. Abundaban las hipérboles y los sarcasmos en los carteles que inundaban  los recintos. Todos reclamaban el derecho a hablar, cual atenienses de los tiempos de Pericles, pero ignorantes de que la isegoría, en sí misma, no es un derecho liberador; es preciso que el orador sea diestro, que sus argumentos sean convincentes y que sus ideas sean audaces sin rozar lo temerario. Es decir, la isegoría exige la selección previa de los oradores. La abundancia de mensajes, además, acaba con la eficacia de los mismos, sin distingos; es ruido.

     El final del principio ha sido sintetizado en el manifiesto por la Democracia Real, un documento moderado a la par que posibilista, aunque imperfecto. ¿En qué consiste, por ejemplo, el derecho “al libre desarrollo personal”? Supongo que se refiere a que cada cual debe hacer lo que quiera, si puede. Pero para eso está la educación pública, lujo gratuito y poco meritocrático sobre el que escupen a diario miles de jovenzuelos embrutecidos. ¿Y si se suprimiera la obligatoriedad de la enseñanza para favorecer precisamente el “libre desarrollo de la personalidad”? ¿Acaso la renuncia a la propia formación no es un modo de trazar el propio camino vital? ¿Acaso no somos libres para equivocarnos absolutamente? (Recomiendo, por cierto, visionar el estupendo corto de Aleix Saló (ha recibido más de un millón de visitas en sólo cuatro días)

      ¿Por qué el actual sistema económico es un “obstáculo para el progreso de la Humanidad”? El sistema económico es, más bien, la causa de dicho progreso. Quizá el problema esté en que, progresando, las sociedades humanas no se pueblan de individuos más felices o más sabios, o mejores, o más guays. ¿Quién ha dicho que el progreso proporciona la felicidad? Más bien lo proporcionaría el regressum, que consiste, especialmente en países muy desarrollados (ajá) en volver a una vida sencilla, más bien ruraloide, más bien preindustrial (presuntamente): mucho alimento ecológico, nada de dinero, energía augestionada, pocas necesidades, etc. El capitalismo no es diver; es un Leviatán insaciable. Pero hace progresar a lo bestia. De hecho, las concentraciones de la Democracia Real han sido posibles gracias al último juguete del capitalismo: Internet.

      En estos últimos días, en efecto, ha ocurrido algo interesante: han empezado a sumarse a las concentraciones tipos normales. Antes también los hubo, ciertamente, pero como con cuentagotas y casi en plan voyeur. Ahora se acercan y se quedan. Muchos de ellos formaron la cadena que protegió los tenderetes de la Plaza de Cataluña de la furia de esos subproductos del capitalismo de masas lumpemproletarias que son los hinchas futbolísticos. Los tipos normales son interesantes porque su visión del mundo es modestamente realista y bastante razonable. Un tipo normal conoce el capitalismo de primera mano: sabe que, aunque sea un trabajador excelente y competente, lo echarán del curro cuando cumpla cincuenta y pocos años. Sabe que el negocio del que depende su puesto de trabajo suele ser gestionado por imbéciles, y que esos imbéciles, con frecuencia, son los dueños. Entiende también las limitaciones y contradicciones del Estado de Bienestar; le descuentan una pastizara de la nómina, pero no obtiene plaza en las guarderías públicas, en favor de los menesterosos, que son legión extranjera. De poco le sirve exteriorizar su irritación, porque la retórica de lo políticamente correcto no admite contrarréplica; es la versión moderna de la Inquisición. Un tipo normal ha cometido muchos errores en su vida; se entrampó más de lo debido cuando tocaban vacas gordas, y se arrepiente. Se indigna, claro está, cuando su arrepentimiento es contestado con amenazas de embargo, y no con planes de rescate similares a los de los bancos, sus verdugos. Un tipo normal está dispuesto a cambiar de vida, pero no de sistema; su trabajo, con toda probabilidad, depende de que el sistema siga siendo lo que es; consumista, filoneísta, disparatado. ¿Cuántos trabajos se perderían si dejáramos todos de consumir todo lo que, en realidad, no necesitamos? Un tipo normal quiere, en todo caso, que todo vuelva a la normalidad, obviamente sin ladrillazo de por medio. Le gustaría, si es un poco cultivado, que este país se pareciera a Alemania, donde impera por doquier un cierto estilo de vida austero, reflexivo, más de hormigas que de cigarras. Intuye que este país no puede seguir fingiendo que los tiempos han cambiado: si los alemanes se han librado de los males de la globalización es porque producen lo que nadie produce. Casi en todo hay tres categorías: lo cutribarato, lo apañado y lo alemán. A un tipo normal le gustaría ser alemán, ahora que lo pienso, aunque no lo sepa.