Mientras tantoTodas las fotografías son autorretratos

Todas las fotografías son autorretratos


 

¿Cuántas formas hay de hablar
de un libro que nos hiere
que no nos deja indemnes
que nos obliga a revisar
lo que sabíamos:
de la ciudad donde nacimos
de la infancia
de nuestros amores y desamores
de lo que nos marcó
del daño que hicimos
de lo que hemos llegado a ser
de lo que perdimos
de lo que todavía esperamos hacer
de lo que pensamos del mundo
y nuestro ínfimo papel en él?

Anoche
de madrugada
pensando en cómo no repetir
un prólogo
volví a entrar en el Atlas,
de Alba Cid,
y al inicio del poema ‘Wing Chun, del amor como arte marcial’
pensé que podría robarle
los tres versos que ella pidió prestados
a Paul Celan:
“y todo aquello que crece rápido como la hierba sobre la tumba de un pájaro”
(conviene recordar que Celan llevó el lenguaje al límite
–me refiero a la lengua alemana–
arrastrando la culpa de no haber evitado el asesinato de sus padres en los mataderos nazis
y se arrojó al Sena);
a Charles Wright:
“los gramos de luz que impactan en la tierra por segundo”
(que tanto tienen que ver con las aspiraciones de quien vive de la luz para ser
y trata de atrapar el tiempo con una máquina);
y a Anne Carson:
“dos personas mirándose desde orillas opuestas de la claridad”
(que hablan del río, de la noche, del camino que cada uno emprende
consigo mismo hasta el final de sus días
y se alumbra con lo que encuentra,
y que en su ‘Podría 1’ escribe:
“Si no eres la persona libre que quieres ser, busca un lugar donde puedas contar la verdad sobre ello. Contar cómo te va con todo. La franqueza es como una madeja que se produce a diario en el vientre: tiene que desenrollarse en algún lado…”).

Por su parte, Alba Cid, enciende una constelación de fósforos bajo la lluvia
y dice:
“escondida en un bosque mientras medita, Ng Mui vigila la pelea entre una serpiente y una grulla (…)
Ng Mui observa y memoriza los movimientos,
el arte
(…)
no sabe si su amiga ha aprendido más de la grulla o de la serpiente”.

No sé por qué laberintos de la conciencia o de las intuiciones de Carl Gustav Jung
me he preguntado
de quién ha aprendido Nacho Alonso más
si de la noche de la serpiente
o del día de la grulla,
o viceversa.

Casi al inicio de este libro
tan duro y tan hermoso al mismo tiempo
le confiesa Nacho Alonso a Ignacio Pérez-Jofre
que estaba abocado a las drogas.
“Sentía inseguridad, desasosiego. Siempre tuve la tendencia a la evasión. No quería enfrentarme a los problemas”.
Yo tampoco,
pero mi forma de huir fue escaparme de la casa de mis padres:
la primera acabé en Borjas Blancas, en la provincia de Lérida,
la segunda llegué hasta Christiania, la ciudad de los hippies, en Copenhague,
tras pasar una larga temporada en Heemskerk, en Holanda…
y acabaré descubriendo que
años después
el propio Nacho Alonso encontraría sosiego en Haarlem,
no muy lejos de allí.

La memoria me lleva al Lobo estepario, de Hermann Hesse,
que a tantos nos marcó,
y al “Vigo duro, gris, lluvioso” de los ochenta,
en los que no había luces de colores y del que hace años empecé a alejarme
como si la familia y la memoria fueran una especie de malaria.
¿Hemos ganado en banalidad, en estupidez,
en el esplendor equívoco del comercio?
Anoche fotografié la marea baja en Bouzas
mientras pensaba en esta tarde
y en el perturbador Ensayo sobre la noche,
y anoté:
“El blanco y negro es más realista
porque está casado con la noche”.

“Me fui de Vigo en parte por espíritu de aventura y en parte por instinto de supervivencia. De los que se quedaron, muchos han muerto. Y yo, de alguna manera, sigo vivo”.
Y yo me pregunto
y te pregunto:
¿Todavía tienes esa sensación?
¿Es tu forma de estar en el mundo,
como un superviviente?
¿Cómo fotografía un superviviente?

“La droga está incorporada a tu manera de pensar y de actuar. Es una condición de existencia. (…) El de la droga es un mundo justo. Todo está apuntado en algún lugar. Pagas exactamente lo que debes”.
¿Lo crees de verdad?
Parece una convicción casi religiosa,
entre talmúdica y cristiana,
como si hubiera un ángel fiero copista
que anota
no sé si con tinta simpática o con tinta china
nuestro debe y haber
para cuando llegue el juicio final…

Poco a poco, como una rendija de luz entrando en el cuarto oscuro,
velando el fatalismo,
la fotografía empieza a mostrarse
con grano, rugosa, rostros en la niebla,
desenfocados
como una realidad
que las grúas y el mar emborronan
en callejones, calles donde huele a pescado viejo
a óxido, a disipación, a olvido…
Un Vigo tan peligroso
como los témpanos, las quillas de hierro, los desalmados…

“follar es una buena solución para quitarte la ansiedad si no tienes heroína”.
Buenos y malos sucedáneos para salir a flote cuando todo se desmorona.

“En las fronteras de Marruecos… Recuerdo estar en una habitación vacía, iluminada por una bombilla desnuda. El policía me puso la mano en el pecho para notar los latidos de mi corazón y ver si estaba nervioso”.
La mano mora como un fonendoscopio
como un tensiómetro
como una máquina de la verdad:
¿qué pasaría si nos enseñaran a poner la mano desnuda
en el pecho desnudo
de los desconocidos?

“Cabra del Santo Cristo. Gracias a esta manera de viajar he conocido sitios en los que de otra forma no habría estado”.
El constante viaje de la química
que manda señales por los ríos de las venas
hasta el gran transformador de ondas del cerebro.
Para conseguir la droga
hay que viajar
a los mercados marginales
a los puertos
para poder fletar esos viajes mentales.
El cuerpo como un transbordador.

Una mesa
un asiento junto a la ventana
en un bar
en un tren
en un barco
y ver pasar la vida escribiendo.
Como si así pudiéramos estar a salvo:
“yo iba a la deriva, sin anclaje ni dirección”.
La peonza imantada por el deseo,
la noche por el abismo.
Una luz tenebrosa
irresistible
cebada por las sirenas,
no en vano “La droga te lleva a lugares extraños”.
Yo he preferido viajar sin ella
y también me ha llevado
buscando no sé muy bien qué
a Jartum, a Kigali, a Bujumbura
Sarajevo, Nuevo Laredo, Monrovia, Mogadiscio, Inhambane…

“La vida del yonqui consiste solo en esperar a que pase un día”.
Una raya en el agua.
Y positivar para no pensar en la siguiente dosis.
El laboratorio como sanatorio de la razón.
El líquido de revelado de otra vida posible.

En Las mujeres de mi padre,
el novelista angoleño José Eduardo Agualusa dice:
“Fotografiar es invadir.
Supongo que a veces Jordi lo siente como un puñetazo”.
Yo contemplo las imágenes que Nacho Alonso ha extraído de la noche
de su lugar de la experiencia
y siento que los suyos son puñetazos de niebla
capaces de perdurar
porque están teñidos
con la misma sustancia del tiempo.
Y que “No todo se puede fotografiar, hermano.
La fotografía tampoco es la verdad,
solo una aproximación”,
como se escucha en la película El amigo silencioso,
de Ildikó Enyed:
es “un error muy extendido
pensar que la fotografía
representa la realidad”.
Tal vez porque como sabía Minor White
y sabe Nacho Alonso
“todas las fotografías son autorretratos”.

A cuenta de El mono de los mil días, publicado por Solar ediciones, presentado en SVT Espacio de Arte Sirvent, en Vigo, el 22 de octubre de 2026

“Todas las fotografías son autorretratos” se lo confesó Carlos Gollonet, conservador jefe de fotografía de la Fundación Mapfre, a al menos un periodista.

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