Translucidez

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Un cuadro de Joan Miró me explica la seducción que ejerce el iPad en el espectador: su magnetismo hecho para vista y la manipulación táctil. En la pantalla del gadget de la temporada está la ilusión de los tiempos.

 

Llegué al Museo de Arte Contemporáneo de Nueva York después desortear una cola de gente bastante larga. Un matrimonio de italianos discutía tras de mí si debía visitar la muestra sobre fotografía y escultura, o la colección de arquitectura o diseño. Yo llevaba una idea fija: presenciar el cuadro de Joan Miró “Tête de paysan catalan IV, 1925”. En breve resultaría decepcionado: había leído mal el dato en un libro. El cuadro se encuentra en realidad en el Moderna Museet de Estocolmo. Uf.

 

 Me senté en una banca a contemplar la multitud y a bajar en mi iPhone la aplicación del MOMA: medio siglo atrás André Malraux retomaba la idea de Marcel Duchamp del museo portátil y lo consignaba como un logro del futuro próximo. En la biblioteca del MOMA pude revisar una copia fotográfica del cuadro de Miró que había venido a buscar al sitio equivocado. Ya le pediría a mi amiga Lilian Fernández Hall que lo viera por mí en Estocolmo, y me contara después sus impresiones.

 

 En el cuadro de Miró buscaba comprobar lo que vio el crítico Charles Palermo, una translucidez que va más allá de lo visual. Una superficie fluida o que contiene fluido, las “fluctuaciones de densidad y forma que traen a la mente líquidos translúcidos como el agua turbia” (v., Translucidez táctil: Miró, Leiris, Einstein, Artium, 2001).

 

 Palermo refiere que el cuadro de Miró muestra, además de la manera real en la que fue relizado, un fondo que evoca en el espectador asociaciones táctiles. Una vibración que proviene de la anterioridad en la que no pudo estar más que el pintor y que sin embargo resuenan en la memoria ajena. Para explicar la singular experiencia Palermo cita un conocido párrafo de Maurice Merleau-Ponty en Fenomenología de la percepción (Península, 2005), donde describe el fenómeno de la superficie táctil, el objeto táctil bidimensional que resiste la penetración con mayor o menor firmeza. Palermo concluye que, en el cuadro de Miró, el campo azul es, por supuesto, de agua.

 

 El impacto sensorial que desata la pantalla del iPad resulta muy distinto de las mediaciones acostumbradas por la cultura digital hasta la fecha. Recupera la sinergia entre lo humano y lo artificial, que se había perdido por las mediaciones del teclado, el mouse, los mandos a distancia y las pantallas con sus simulacros de realidad, que fueron dominantes en la tecnología desde la mitad del siglo anterior.  Se estima que sólo en 2010 se venderán entre 8 y 10 millones de iPads en todo el mund. Así comenzará una gran transformación más.

 

 El dinamismo de los contenidos en el nuevo mercado de iPads, otras tabletas y telefonía móvil se espera que beneficiará a los periódicos y las revistas, cuyo descenso de lectores resultaba alarmante. El magnate Rupert Murdoch prepara ya la edición de un periódico global para tales artilugios a partir de contenidos multimedia provistos por The New York Post, TV Fox News, The Wall Street Journal, etcétera.

 

El uso del iPad está lejos de implicar la desaparición súbita de las ediciones impresas de libros o publicaciones periódicas, en todo caso, se contempla la coexistencia de lo tradicional y lo ultra-contemporáneo. Por ejemplo, las prestaciones de un libro, un diario o una revista en cuanto a información y portabilidad analógicas son bastante competitivas en términos de costo-beneficio respecto de los gadgets. En especial en el circuito de los viajes, el turismo, la hotelería, la aeronáutica civil, etcétera, así como en el de la transportación urbana, suburbana e interurbana. El reino del iPad encontrará a las élites y al wannabe que todos llevamos consigo. La visualidad táctil nos espera: la translucidez radical. En la banca del MOMA atisbo la tableta iPad de una chica universitaria a mi lado: me ensimismo en ambas. Me vuelvo líquido.

 

 

 

Sergio González Rodríguez (Ciudad de México). Estudió Letras Modernas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Es narrador y ensayista. Ha sido músico de rock, editor de libros y suplementos culturales y profesor en estudios de postgrado. Desde 1993 es consejero editorial y columnista del diario Reforma y del suplemento cultural El Angel. En 1992 fue Premio Anagrama de Ensayo (finalista ex aequo) en Barcelona, España, con la obra El centauro en el paisaje, y en 1995 recibió el Premio Nacional de Periodismo Cultural Fernando Benítez. Dos veces ha sido becario de la Fundación Rockefeller. Autor de diversos libros, en 2002 publicó su relato sobre violencia, narcotráfico y asesinatos contra mujeres en la frontera de México y Estados Unidos titulado Huesos en el desierto, que fue finalista del Premio Internacional de Reportaje Literario Lettre/Ulysses 2003 en Alemania, obra que se ha traducido al italiano y al francés. En 2004 publicó la nouvelle El plan Schreber, en 2005 una novela titulada La pandilla cósmica y en 2006 su ensayo narrativo De sangre y de sol. En 2008 publicó su novela El vuelo y en 2009 su crónica-ensayo sobre decapitaciones y usos rituales de la violencia El hombre sin cabeza, ya traducida al francés. Es miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte de México.