Tras las piedras del erial: Todo se derrumba

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Sí, señores, como escribiría el escritor Chinua Achebe, todo se derrumba. Inmediatamente hemos de reconocer que el colonialismo no fue vencido, sino que se nutrió de nueva savia capitalista y adoptó nuevos nombres para la propagación del dolor en el mundo entero. En este artículo hablamos de cómo debemos dejar de preocuparnos de las cuitas de los poderosos.

 

Sí, señores, como escribiría el escritor Chinua Achebe, todo se derrumba. Inmediatamente hemos de reconocer que el colonialismo no fue vencido, sino que se nutrió de nueva savia capitalista y adoptó nuevos nombres para la propagación del dolor en el mundo entero.

 

De lo que quisimos decir es que todo se derrumba, todos los poderosos tienen sus vergüenzas al aire, todos los reyes están desnudos, los reyes con sus prepucios al aire, las reinas con sus ovarios a flor de piel, pero todos ellos, pajes, reyes, reinas y bufones, actúan como si estuvieran vestidos de las más suntuosas galas y que, cual el difunto Rey Sol, están revestidos de su magnificencia. Hay un pacto cuasi mundial por disimular las flaquezas de todos ellos; incluso hay organizaciones aparentemente altruistas que conceden galardones con la intención de resaltar un relumbre que apenas se vislumbra.

 

En todo el mundo se ha demostrado que tras los sucesivos intentos y fracasos de romanos, Alejandro Magno, Genghis Khan, Napoleón Bonaparte, Adolf Hitler y los templarios por apoderarse del mundo, sus sucesores no han arrojado la toalla y persisten en su empeño. En todo el mundo se ha demostrado que la democracia, la justicia y la libertad  eran meros señuelos para cautivar a los incautos. En todo el mundo se ha visto que reputados gobiernos están compuestos de facinerosos y las organizaciones de más renombre siguen los dictados de los sucesores de los buscadores del santo grial. En el mundo ha ocurrido algo que hay que parar a mirar, y es que la ciencia ha permitido que todas las fechorías de los que mandan, elegidos por las urnas, estén a la vista de todos, pero los que las atestiguan actúan como si todo siguiera igual, como si no se supiera que los ministros y lacayos varios han arruinado al mundo que les rodea a base de sablazos imperdonables. Pero lo que ha pillado a todos a contrapié es este desvelamiento. Se diría que la ciudadanía, las gentes, reclaman la vuelta de la opacidad anterior, que mejor que no se sepa nada, no ha habido ninguna corrupción, y así se justifica que la gente no haga nada de manera masiva para sacudirse el oprobio.

 

Pero parte de este hecho descansa en la labor misma de informadores lacayos que durante años han trabajado para que los ciudadanos sólo den por buena la información proveniente de determinados medios. De hecho, en países donde sí existe una tradición de prensa escrita e información televisada hay millones de personas que no han querido dar crédito a las informaciones de los medios que no eran ‘tradicionales’. El asunto es tan profundo que un tema tan difícilmente manipulable como la información sí aparece ahora como lo más voluble del mundo, como si pudiéramos decir que un niño muerto en el norte pudiera ser un niño recién nacido en el sur, y sin que a nadie le amargue esta realidad. Lo que ocurre en el mundo, en los países, en la calle, llega a los ciudadanos a través del tamiz de la ideología, que es el embellecedor intelectual de las ganas por alcanzar el poder. Las distintas ideologías han mostrado que han sido un señuelo, pero todavía hay gente que sigue cayendo en la trampa.

 

Tanto es la desvergüenza que en un país asiático situado en el desierto de Almería un opositor creyó que el que gobernaba debía dimitir. Debe dimitir el presidente, dijo, y a raíz de un caso inmenso de corrupción que se destapó. ¿Alguien puede creer que lo dijo con la boca tan chiquita que nadie se enteró y ninguno de los ciudadanos que estaban pendientes de sus palabras se atrevieron a tomarle la palabra para insistir en su propuesta o a pedirle que dejara su puesto por no haberlo conseguido? Aquel asunto fue un amago que se diluyó en las endebles manos de los que lo trataban, y todos sabemos por qué, y es que en la carrera por el poder las cosas más serias, las actitudes que antes eran humanas, las virtudes que antes se aplaudían se dejan en el camino porque se convierten en grandes estorbos.

 

Allá, en las afueras, los que mandan han conseguido exportar esta pérdida de la verdad, y en los extramuros de la civilización documentada los nuevos aspirantes del poder reproducen estas ansias y se lanzan a abrazo de quienes se lo pongan en bandeja, desoyendo cualquier consejo. ¿ A santo de qué, si no, un habitante de la selva más inhóspita puede reclamar su pertenencia a la ideología marxista para sacudirse la tiranía impuesta por los amigos del poder mundial? Tanta es la avaricia que la libertad se posterga cuando los elegidos no gozan de las mejores posiciones para alcanzar este poder. La avaricia de los adoradores del poder es tanta que incluso el recurso a la guerra es bendecido en lugares donde ya no queda piedra sobre piedra. La maldad diseminada impide asentar la verdad de que suele ser muy dañino para las comunidades que el poder dominante sea alcanzado a través de la violencia impuesta por las armas. Pocos países se han visto alejados de la convulsión cuando la camarilla dominante ha accedido al poder mediante las armas. El ser humano es el único que no sabe que aunque hay abusos que merecen ser castigados con contundencia, el armisticio es un recurso que se tiene que buscar mucho antes del derramamiento de sangre.

 

En todo este relato, nos hubiera gustado hacer especial mención a los casos de Sudán del Sur, de Eritrea y Guinea Ecuatorial, país este, el último, que ha sido dominado por los oscuros deseos de la familia Obiang desde que los países más poderosos de la ONU pidieron a Francisco Franco que la hiciera dueña de sus destinos. Hoy en día, en las aguas mismas de las tierras guineanas, están anclados los barcos de los adoradores del poder, tejiendo sus golosas triquiñuelas para que los elegidos por ellos tengan los mejores puestos en el reparto del mismo, y cuando lo necesario es que el mundo entero abra las manos para animar y ayudar a los guineanos a luchar para ser libres.

 

En la mención de este triduo de países hemos advertido la realidad del predominio de la raza negra en sus habitantes. Cuando todavía son vigentes las apelaciones como Continente Negro, Tercer Mundo, Mundo Negro, África Negra, nos toca recordar a los negros que gimen bajo yugos asumidos o impuestos que vivimos los días en los que se hace necesario hacer votos para encarar las graves dificultades que lastran la vida africana. A los negroafricanos y al resto de los ciudadanos del mundo les hemos de recordar que hasta ahora hemos estado pensando con las premisas dictadas por los que mandan. Pero si nunca han tenido interés por nuestra supervivencia más allá de sostener sus status, es hora de encarar la historia con esquemas propicios a nuestras aspiraciones, eternamente postergadas.

 

Esto es lo que he querido escribir a las puertas del año 2014. Si los hombres y mujeres y hombres del mundo, si los guineanos que yacen bajo el yugo del general-presidente Obiang quieren vivir con un mínimo de dignidad, tienen que conseguir que su verdad se conozca. Es el primer paso. Luego actuar de acuerdo a esta verdad. Empeñarse en el seguimiento cerril de las cuitas de los poderosos, en el que la desnudez de sus figuras señeras no es ocultado, aunque escandalice, es un camino equivocado.

 

Feliz año nuevo.

 

Barcelona, 29 de diciembre de 2013

Juan Tomás Ávila Laurel. Es un joven y prolífico escritor, residente en Malabo, donde ejerce como técnico sanitario. Se ha convertido últimamente en un exitoso y asiduo conferenciante de numerosas universidades extranjeras. Ha representado a su país en importantes foros internacionales y ha sido conferenciante invitado en España, Reino Unido y Estados Unidos. Su obra se caracteriza por un compromiso crítico con la realidad social y politíca de su país y con las desigualdades económicas. Estas preocupaciones se traducen en una profunda conciencia histórica, sobre Guinea Ecuatorial en particular y sobe África en general. Tiene más de una docena de libros publicados y otros de inminente publicación, entre ellos las novelas y libros de relatos cortos La carga, El desmayo de Judas, Nadie tiene buena fama en este país y Cuentos crudos. Cuenta tambien con obras de tipo ensayístico, libros de poemas y obras de teatro.