Tristeza sobre tristeza

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Ya bastante triste es el hecho de que haya zonas en España donde los colegios se disponen a dar de comer este verano a niños que sufren necesidades en sus casas. Pero un periodista explicó en la radio el programa previsto en Extremadura y, llevado por la invencible cursilería revestida de palabrería de madera que aqueja a la profesión, lo explicó ansí: “…los alumnos realizarán actividades lúdicas…”. Vamos, que jugarán a diversas cosas y, entre balón y pídola, se zamparán algún bocadillo y alguna fruta ¿no? Los pobres niños ya no juegan, realizan actividades lúdicas; lo peor no es que el texto lo hayan facilitado las autoridades educativas (que ya tiene delito si bien no sorprende), sino que el periodista lo traslade tal cual al oyente. Yo ya empecé a mosquearme cuando se generalizó la expresión “practicar sexo”, con ese tufillo a “practicar halterofilia” o “practicar mecanografía”, pero esto es todavía peor. Si a los niños les quitan lo de jugar y los ponen a realizar actividades lúdicas, ¿qué será de ellos? ¿qué será de nosotros?

 

Tampoco me entusiasmó la frase “un divorcio que está dando de qué hablar”. Una cosa es “dar que hablar”, donde el sobreentendido es que hay algo negativo que sale a la luz, y otra es la expresión “algo de qué hablar”, en la que lo que se ventila es intrascendente, se trata de tener una conversación, un tema. La frase en cuestión mezcla las dos cosas, sin fortuna y sin gracia.

 

…Ni ésta, traída por la publicidad: “Una puerta muy especial, una en la que detrás de ella te está esperando…”(no me acuerdo qué). Otro `creativo´ que no sabe que existen los relativos: “…detrás de la cual te está esperando…” o si quiere ser más conciso, ahí va una idea: “Una puerta muy especial: detrás de ella te está esperando…”. De nada.

Soy coruñesa con algo de portuguesa, recriada en Madrid. Como tengo tendencia a la dispersión, estudié Ciencias Políticas. Aparte de varios oficios de supervivencia, he sido socióloga, traductora, documentalista y, finalmente, editora y redactora en El País durante veinte años. En mi primer colegio de monjas tuve la suerte de aprender bien latín. Pasar de las monjas al instituto público Beatriz Galindo de Madrid, donde enseñaban Gerardo Diego, Manuel de Terán, Luis Gil…, fue definitivo para cambiar de fase. Creo que si falla el lenguaje, falla el pensamiento y falla la razón.