Una mirada literaria al ‘milieu’ de entreguerras. En torno a Blaise Cendrars

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A mediados de la más que agitada, ya terrible, década de los treinta, cuando la guerra civil europea a la que alude Philipp Blom era ya una realidad, Blaise Cendrars (La Chaux-de-Fonds, Suiza, 1887-París, 1961) estaba de vuelta de casi todo. Tanto, que incluso atravesaba uno de los periodos más complicados de su vida. Desde hace tiempo la biografía de este suizo de nacimiento y francés por vocación, de verdadero nombre Fréderic Sauser Hall, conocido como Freddy, ya estaba repleta de viajes, de aventuras por Rusia y Persia, de idas y vueltas, de fracasos en hacerse rico, de profesiones y experiencias de esas que marcan de verdad, como dejarse el brazo derecho haciendo de poilu en las trincheras de Champagne, donde    se celebraban las ferias medievales que por entonces estudiaba Henri Pirenne y que en 1915 intentaban tomar los pickelhaubes del kaiser. Si desde entonces Cendrars se equipara a Cervantes y Valle-Inclán, nuestros ilustres lost-handeds, también se igualó a otros escritores a los que la Gran Guerra dejó señalados como Guillaume Apollinaire, Jean Giono, Pierre Drieu La Rochelle o Louis-Ferdinad Céline, por citar solo a los franceses. Cendrars, como ellos, también escribió al respecto de manera que dejó sus impresiones acerca de su experiencia bélica en libros como J’ai tué, o en el más tardío La Main coupée, y, como a ellos, la guerra transformó su persona y su obra, pues desde 1924 la poesía fue dejando su lugar a la narrativa.

Por entonces ya era un poeta reconocido, más moderno y renovador que vanguardista, autor en 1913 del poema La Prose du Transsibérien et la Petite Jehanne de France, uno de los libros míticos del siglo XX, realizado en colaboración con Sonia Delaunay, de soltera Sonia Terk, la misma a la que nuestro Rafael Cansinos Assens llamó Sofiska Modernuska en El movimiento VP, cuando hacía de musa de los ultraístas con su marido Robert Delaunay y tertuliaba con Ramón Gómez de la Serna en el Café Pombo, en la calle Carretas, junto a la Puerta del Sol. Luego, tras la guerra y casi a una obra por año, Cendrars desplegó una prosa imaginativa y personal al margen de las modas y tendencias, atendiendo a sus intereses, a su mirada sobre el mundo y a su idea de la literatura, sin asumir nunca un ápice de academicismo, de profesionalidad esterilizante y formal. Fue un inquieto interesado por todo, desde el cine a los folletines de Fantomas, que desarrolló un lenguaje literario novedoso en el que emplea imágenes tan originales como de gran riqueza. Son unos textos audaces en los que aparecen unos personajes descritos con más fantasía que imaginación, algo característico de toda su obra, en los que siempre está presente su experiencia y su persona. Es Blaise Cendrars un astro con vida propia e independiente, que no mira a su entorno ni se preocupa por los ismos, de manera que se le puede considerar junto con Louis-Ferdinand Céline, Maurice Sachs y Albert Camus una de las voces más perdurables y renovadoras de la constelación literaria de Francia en la primera mitad del pasado siglo, y los más vivos de un Parnaso que el paso del tiempo ha disecado de manera implacable.

Blaise Cendrars siempre escribió lo que le apetecía en cada momento, lo que le pareció oportuno, atendiendo a sus intereses literarios y al deseo nunca satisfecho de hacerse rico, algo común a muchos escritores desde Horacio. Así se entiende la aparición de obras tan diferentes como Kodak (1921), ilustrada por el gran xilógrafo belga Frans Masereel, Moravagine (1926) o El oro (1925). Al mismo tiempo, en estos años de entreguerras continuó haciendo lo que había hecho siempre: viajar, en este caso a Brasil, donde pasó seis años, se relacionó con Tarsila do Amaral, Oswald de Andrade y Mário de Andrade y sucumbió al encanto del país, lo que da idea de su modernidad. Antes ya había sido uno más de los fascinados por el exotismo de África y la negritud, de ahí su Antología negra (1921), traducida en 1930 por Manuel Azaña y editada por Cenit; un libro polémico en el que parece que el principal antologado fue el propio Blaise Cendrars, una circunstancia que parece interesó mucho a Max Aub, un experto en estos juegos literarios como demuestra su Jusep Torres Campalans.

Siempre a su modo, Cendrars no esquivó la tentación del periodismo, de los llamados grandes reportajes, ese periodismo de investigación y de viajes a veces algo ingenuo, que estuvo tan de moda en los años de entreguerras, especialmente en Francia, pero que tanta acogida tenía entre los lectores de unos medios de tiradas masivas. Si por un lado, en la literatura viajera, tenemos a un Paul Morand en plena producción, o Pierre Benoit, por citar unos modelos de viajeros cosmopolitas que solo atienden a lo literario y a los hoteles de lujo –del Danieli veneciano al Excelsior napolitano, pasando por el Gellert de Budapest, el Londres de Atenas o el George leopolitano–, por el otro tenemos a quienes como Henry de Monfreid, Albert Londres, Joseph Kessel o el propio Blaise Cendrars, prefieren mirar hacia otras zonas más conflictivas y más oscuras, a relatar episodios que están más cerca de la exploración y de la aventura que del viaje. No es casual que este mundo en el que coinciden el periodismo, el viaje, la aventura, el mundo de la delincuencia y lo exótico, sea en tierras lejanas o en barrios oscuros, inspirase al dibujante belga Georges Remí, Hergé, para crear varias de las aventuras de Tintín en los años treinta, publicadas por episodios en el suplemento juvenil del bruselense Le Vingtième Siècle y luego reunidas en álbumes que ya son una referencia. En Tintín-Hergé. Una vida del siglo XX (Madrid, 2011) ya señalamos cómo el joven periodista creado por Hergé se encuentra en Arabia con Henry de Monfreid dedicado al contrabando de armas en Los cigarros del faraón, un álbum cuyo tema de fondo es el tráfico de opio al igual que su continuación, El loto azul. Antes, en 1931, el joven periodista conoce a Al Capone y el mundo de los gánsteres de Chicago en Tintín en América, y luego en 1937 a los falsificadores de dinero en el mundo escocés de La isla negra. Todo ello da idea de la popularidad que tenían en los años treinta los asuntos referidos al mundo del hampa como el tráfico de opio, dinero falso, armas, prostitución y juego, especialmente si se desarrollan en lugares exóticos o en escenarios modernos como el Chicago de los rascacielos. Unos temas que ahora estaban vinculados con los grupos de presión y las sociedades secretas como demuestra el affaire Stavisky, y que se convertirán en los temas propios del moderno género negro que estaba apareciendo en el cine, el periodismo y la literatura.

Junto a esta actualidad e interés por los asuntos viajeros y oscuros, en la decisión de Blaise Cendrars de dedicarse a este pionero periodismo de investigación y a los reportajes viajeros, especialmente marinos y americanos, se encuentran tanto ciertas dudas literarias en relación con sus trabajos anteriores, según señala Gérard Bildan (‘Les Histoires vraies de Blaise Cendrars: variations textuelles du journal au livre’, Cahiers de l’Association internationale des études francaises, 1996, n°48. pp. 109-128), como las eternas dificultades económicas del escritor, recién vuelto de su estancia brasileña, a lo que se pueden añadir algunos problemas personales. No es de extrañar que dada su condición de viajero reconocido, de tipo duro pasado por mil oficios y experiencias, y con un prestigio literario ya asentado en estos años, aceptase las rentables ofertas de medios de prensa de la importancia de Paris-Soir, Candide, Vu y Excelsior. Como tampoco es difícil imaginar la proximidad a este género literario de aventuras y viajes, al igual que a la actividad periodística, por parte de Blaise Cendrars. Así, a lo largo de seis años, entre 1930 y 1936, publica una serie de trabajos dedicados a temas de actualidad como los secretos del mundo de Hollywood, el oscuro caso del empresario y escritor Jean Galmot, el primer viaje del paquebote Normandie –una ciudad Art déco flotante– o el moderno mundo del hampa, de sesgo tan americano. Todos ellos aparecieron primero en forma de capítulos como folletines periódicos y luego casi todos ellos reunidos en un volumen unitario con diferente título, editados al poco tiempo, lo que aumentaba su difusión y su rentabilidad. En el caso de los textos aparecidos en Paris-Soir, donde su colaboración fue más amplia, fueron reunidos con la consideración de nouvelles, de reportajes literarios, en tres volúmenes –Histoires vraies (1937), La Vie dangereuse (1938), y D’Oultremer à Indigo (1940)– en los que el viaje, el mar, los países exóticos, especialmente de América Latina, las actividades más arriesgadas y sobre todo, la aventura, están presentes.

Las características de los temas escogidos junto con las exigencias propias del medio en el que aparecen publicados –el espacio dedicado, las ilustraciones que le acompañan, el contexto colectivo en el que aparecen, la periodicidad de la publicación…– determinan unas obras que a lo largo de los años treinta tuvieron gran número de lectores. A ello contribuyó sin duda la popularidad y el interés que, como hemos visto, despertaban los asuntos tratados y su presentación en forma de exclusiva, de periodismo fruto de una investigación que se sugería era directa, audaz y realizada personalmente por el autor, algo que distaba de ser cierto, especialmente en el texto dedicado a los modernos gánsteres de Francia. Una imagen a la que contribuía el uso de la primera persona del singular, tan habitual en los reportajes de la época, que sugiere cercanía cuando no participación en los hechos narrados. Sin embargo, la obra periodística de Cendrars dista de basarse esencialmente en historias reales; su fuente esencial es la imaginación, el misterio, las pasiones, en suma, la voluntad de hacer literatura, lo que explica tanto algunos de los temas tratados como la forma de acercarse a ellos, especialmente los que inspiran sus nouvelles. Todo un poco en la línea audaz e irreverente de su polémica y ya citada Antología negra, de la que se dice que muchos de los poetas incluidos no eran otros que el propio Blaise Cendrars, quien de nuevo había preferido la imaginación y la literatura al rigor de la investigación. Dicho de otra forma, Cendrars se inclina por la ficción de la narrativa antes que por la fidelidad de las noticias o la exposición más o menos contrastada del ensayo. Y es que es sobre todo un escritor entregado a la literatura por encima de los hechos, de ahí la originalidad de sus crónicas dedicadas al milieu.

En lo que se refiere al texto que ahora publica por primera vez en España la editorial Libros de Trapisonda con el título de Panorama del hampa, su origen se encuentra en una serie de dieciocho capítulos dedicados a diferentes aspectos del mundo del gansterismo en Francia, aparecidos en el diario Excelsior con el título de Les Gangsters de la maffia a lo largo de los meses de abril y mayo de 1934. Un periodo en el que las entregas de Cendrars, compartieron espacio y actualidad con las noticias acerca del affaire Stavisky, el asunto de corrupción y crimen que implicaba a políticos y personalidades, acabó con la credibilidad de la III República e inauguró la larga crisis que solo se resolvería tras la Segunda Guerra Mundial. El Excelsior era un diario parisino fundado en 1910 por Pierre Laffite, que consiguió cierto prestigio por su vocación cultural y lo escogido de algunos de sus colaboradores y redactores. Entre ellos se encontraban el famoso aventurero y periodista Albert Londres, el poeta surrealista y también redactor Philippe Soupault –autor de libros como Las últimas noches de París,  los escritores Léon Werth, cuyo diario Déposition es un testimonio imprescindible de los años de la Ocupación, Georges Simenon –ya consagrado su comisario Maigret, que tanto gustaba a César González Ruano–, el fotógrafo Robert Doisneau –con quien luego colaboraría Cendrars en un memorable fotolibro parisino– y un joven estudiante indochino que décadas más tarde, cuando dirigía Vietnam del Norte, sería un referente en las manifestaciones que recorrían el Barrio Latino parisino con el nombre de Ho Chi Minh. Como era habitual con los reportajes periodísticos de Blaise Cendrars aparecidos en otros medios, las entregas del Excelsior fueron publicadas en Grenoble al año siguiente, 1935, reunidas en un volumen y en papel salmón por la editorial B. Arthaud, con el titulo de Panorama de la pègre en la colección Arc en Ciel. Contaba con siete heliograbados, una fotografía del escritor y sobre todo tenía una maravillosa cubierta de Cassandre, el cartelista de moda con Jean Carlu y Paul Colin, autor del cartel ferroviario de L’Étoile du Nord que tenía Ernesto Giménez Caballero en el salón de su casa de la madrileña calle Canarias y ante el que posaba sentado en una silla Wassily de Marcel Breuer antes de que todo despareciera en 1936.

El conjunto de los dieciocho capítulos que forman Panorama del hampa ofrecen, como no podía ser de otra forma, una visión más literaria que real del moderno mundo del milieu francés, lejos del que Walter Benjamin llamaba el romanticismo de los apaches. Era esta una delincuencia anticuada, de opereta de la belle époque, de los bals musettes de Montmartre o de las guinguettes del Sena y el Marne, que había dejado su lugar al gánster, el moderno delincuente que estaban popularizando las películas americanas, especialmente Scarface, la obra dirigida por Howard Hawks en 1934 dedicada a la vida de Al Capone. Ahora, como señala Cendrars, a mediados de los treinta la indumentaria teatral de gorras, pañuelos al cuello y pantalones ajustados desaparece en favor de un vestuario moderno y convencional, como si los apaches se hubieran convertido en empresarios. No es de extrañar que la navaja de muelle dejase su lugar a la pistola automática y que el automóvil fuese un elemento esencial de la actividad, como corresponde al triunfo de la técnica y al capitalismo. La marginalidad del mundo canalla de los barrios parisinos –basado en la prostitución y en un pequeño tráfico de drogas– y del milieu de provincias, tan local como limitado al contrabando de lo que era rentable, ahora se sustituía por las relaciones personales y los negocios con quienes controlaban las instituciones políticas y administrativas, tanto locales como nacionales, y el mundo de las finanzas y la economía. De esta forma, la actividad local, fuera parisina o marsellesa, en el fondo tan doméstica como modesta, se vio superada por el tráfico en gran escala convertido en una actividad comercial clandestina de carácter empresarial.

Eran nuevos métodos, nuevas formas y nuevos objetivos propios de la sociedad de masas y de las nuevas técnicas. Al milieu, al mundo del hampa había llegado la modernidad desde el Nuevo Mundo de la mano del cine que recogía las andanzas de las bandas de Chicago y sus formas de vida, imponiéndose y transformando la delincuencia tradicional. Pervivían, eso sí, el sentimiento de grupo, la moral y las normas propias, al margen de la sociedad que cohesionaban a los gánsteres, aunque estos se hayan convertido en vulgares bandidos, en gente como los demás, sin el contenido poético y popular de los apaches parisinos que cantaban entre otras la famosa Mistinguett. A Cendrars los preceptos tan básicos como sentimentales que rigen el código del milieu, y que tienen como última referencia el valor y la familia, no dejan de atraerle. Tanto que se diría que encuentra una épica en el hampa basada en la pureza de sus principios y en el respeto a sus códigos de valores. Algo que les distingue de los nuevos delincuentes políticos y financieros, de manera que a su juicio hay más vicio y corrupción en los salones parisinos que en los garitos de Montmartre.

A lo largo de dieciocho capítulos, Cendrars, con una mirada más literaria que periodística, o si se quiere, con más imaginación que rigor, recorre el mundo del moderno gansterismo de París y Marsella, con referencias al contrabando en el País Vasco francés y en el norte franco belga, centrándose en sus actividades principales como el tráfico de opio y de armas, en la trata de blancas y el juego, en la estafa y el timo. Como no podía ser menos, el libro comienza con un capítulo dedicado al nuevo mundo del hampa parisino que a su vez se inicia con unas alusiones a los acontecimientos que dominan la actualidad como la crisis económica que desde 1930 afectaba a Francia, y al caso Stavisky, el “suicidado con la mano izquierda”. Es este un caso de corrupción de enorme repercusión en el que estaba implicado medio gobierno, así como banqueros a los que había sobornado el aventurero judío de origen ucraniano en relación con el fraude del banco Crédit Communal. Stavisky, tan oportuna como sospechosamente desaparecido, encarna la atmósfera de corrupción y de inmoralidad generalizada de la III República, que incluso se prolongará durante la Ocupación. En este asunto, como recoge el propio Cendrars, se cruza un personaje novelesco, el comisario Pierre Bonny el llamado “primer policía de Francia” que no tardaría en verse salpicado por los acontecimientos que acabaron con la extraña muerte de Stavisky, por lo que acabó expulsado del cuerpo. Poco tiempo después, durante la Ocupación alemana, Bonny se convirtió en lugarteniente de Henri Chamberlin, mejor conocido por su alias, Lafont, el jefe de la banda de la rue Lauriston o también la Carlingue, el grupo más destacado de la llamada Gestapo francesa, los gánsteres de la colaboración parisina que Patrick Mediano ha descrito desde la literatura

Precisamente, en Panorama del hampa Cendrars se adelanta en señalar a los Champs Élysées como la avenida alrededor de la cual se sitúa el territorio de los nuevos gánsteres; una zona parisina que será el centro de los dominios de la banda Bonny-Lafont en los años negros, pero también los de Pierrot le Fou, Jo Attia, Abel Danos, George Boucheseiche o el caid Jo Attia, alguno de los cuales tuvieron un recorrido más largo. Un ambiente que conoció bien otro amante de las emociones fuertes como el citado César González Ruano y que a su manera también ha descrito en sus obras más memorialísticas.

Muy interesante, por lo premonitorio de lo que sucederá en los años negros de la Ocupación, resultan los capítulos dedicados al Bar Dante, situado en la rue Douai, entre las dos plazas que son el eje del milieu parisino –Place de Clichy y  Place Pigalle–, y a sus asiduos, los llamados “33”, los jefes de los gánsteres italianos, corsos, marselleses y españoles expertos en la trata de blancas y el tráfico de opio, que se emplean en los mítines contra los comunistas, los enemigos de sus contratadores. Esta participación del hampa en la vida política, que en el Midi era frecuente, y su actuación como fuerzas de choque de los partidos de ultraderecha durante los treinta, explican muchas de las cosas ocurridas en Francia en los días de la Ocupación, como la aparición de los gánsteres collabo, convertidos en Gestapo francesa y en miembros de los bureaux d’achat.

No es casual que en los capítulos dedicados al hampa marsellesa de los años treinta Blaise Cendrars se refiera a una serie de personajes locales llamados a tener un protagonismo político, oscuro y canallesco, durante los años de la Ocupación, tanto en la Marsella de obediencia petainista como en el París alemán. El primero de todos ellos es Simone Sabiani, un cacique entre los caciques y enlace entre el milieu hampón y la política local, que era uno de los elementos esenciales de la mafia marsellesa, según el escritor. Sabiani, diputado local y antiguo héroe de la Gran Guerra, además de un nacionalista ferviente, era un experto en corrupción, en crear redes de clientelismo y en el fraude electoral, unos recursos para los que empleaba a la gente de los principales gánsteres locales como Paul Carbone, François Spirito y Etienne Leandri. Todos ellos, siguiendo la senda marcada por el propio Simone Sabiani, y casi diríamos que por gran parte de Francia, pasaron de la órbita del Partido Socialista a militar con entusiasmo en el Partido Popular Francés (PPF), el grupo fascista de Jacques Doriot, un antiguo comunista que emprendió el mismo camino que personajes como Marcel Deat o Pierre Drieu La Rochelle. Un cambio el realizado por los gánsteres del Midi que tuvo lugar en los días en que Panorama de la pègre salía de la imprenta. Desde 1940, con la ocupación alemana, la situación adquirió un nuevo carácter, especialmente para Paul Carbone –el caíd corso y marsellés, casado con la famosa cocotte de luxe Manouche, a quien Roger Peyreffite le dedicó un libro– y su lugarteniente François Spirito. Estos dos hampones marselleses, en compañía del italofrancés Alfred Palmieri, acabaron al servicio de los servicios secretos alemanes, convertidos en gánsteres de la colaboración y explotando un bureau de compra para abastecer a la Kriegsmarine y a la Organización Todt, al tiempo que se encargaban de llevar a cabo las habituales labores de represión en el oscuro París de la Ocupación. Por su parte, durante la guerra Simone Sabiani, en una deriva anticomunista generalizada, se implicó en el bando de Vichy y el Nuevo Orden hitleriano, convirtiéndose en unos de los dirigentes de la LVF, la Légion des volontaires français contre le bolchevisme, a efectos políticos un grupo político fascista. Murió exiliado en Barcelona en 1956 tras una vida que tiene una novela.

Sin embargo, antes de este descenso a los infiernos de los hampones mediterráneos, que tuvo lugar mientras Blaise Cendrars permanecía escondido en el cézanniano Aix-en-Provence escribiendo El hombre fulminado e intentando esquivar a la Gestapo, hay un episodio que recoge el escritor francosuizo en el capítulo dedicado a la pègre marsellesa. Se trata de la organización del combate de boxeo por el título mundial de los pesos gallos entre Panamá Al Brown, el campeón, y Kid Francis, un pupilo de Paul Carbone y François Spirito, quienes se habían dado cuenta del dinero que movía el boxeo. La celebración del combate en Marsella era una oportunidad para convertir en campeón a Kid Francis y una oportunidad de ganar dinero en las apuestas. Lo ocurrido en la ciudad mediterránea el 12 de julio de 1932 –descrito por Eduardo Arroyo en unas páginas tan magistrales como divertidas de su libro Panamá Al Brown. Una vida de boxeador (Madrid, 2018)– fue un escándalo mayúsculo, incluidos tumultos y disparos al aire, y de tal proporción que incluso Cendrars lo recoge en su Panorama del hampa. Como era de esperar, el combate celebrado en las Arènes du Prado lo amañaron los gánsteres marselleses, de manera que, a pesar de la superioridad de Al Brown, ante la situación creada por el público y los organizadores, los árbitros, declararon vencedor a Kid Francis, aunque poco tiempo después se anuló el fallo por obvias razones, pues parece que la causa que inclinó la decisión fue un revólver en las costillas del responsable de emitir el resultado.

Hay que señalar que según Cendrars el milieu marsellés de la rue de la Canebière y del Vieux Port, el principal protagonista de sus entregas, estaba más especializado que el hampa parisina, más generalista y menos profesional. Según nos dice Cendrars, la ciudad mediterránea, una ciudad muy misteriosa para el escritor, era el centro mundial del opio, pero también de la trata de blancas, a lo que contribuye su condición de puerto. Una característica compartida por la cercana Barcelona, a la que Cendrars se refiere como “esa gran guarida internacional” de los fugitivos de todos los milieus. Una Barcelona cuyos bajos fondos del mundo del Raval y del Paralelo acababan de aparecer en una película de Julien Duvivier dedicada a la Legión española, basada en un relato de Pierre Mac Orlan, titulada La bandera.

Una vez abandonado el mundo del hampa del Midi, Cendras se dirige al Nord, a la frontera francobelga, un mundo que según Richard Cobb tan lejos está del sur, concretamente a Roubaix, en un capítulo cuyo título tiene evocaciones de Julio Verne o de Mayne Reid, ‘Los contrabandistas del norte’. En él se ocupa del tráfico que llevan a cabo en esa frontera grupos unidos por lazos familiares, más cerca de la tradición y de la actividad laboral convencional que de la delincuencia.  Estos contrabandistas profesionales apenas arriesgan invirtiendo, pues las mercancías se pasan bajo pedido; unas mercancías que suelen ser casi siempre tabaco y alguna vez cocaína, cuyo proceso de adulteración comienza en ese mismo momento. Sin embargo, hay también un contrabando más serio, el de armas, que está relacionado con la actualidad, concretamente con la situación que atravesaba la España republicana a mediados de los años treinta. Esta presencia de la política española en las actividades del hampa también se puede encontrar en otros de los escenarios a los que se refiere Cendrars al tratar del mundo del contrabando, como es el País Vasco. En esta zona, en la que también el tráfico de mercancías y personas era una actividad tradicional, se había visto alterada en estos años treinta a causa de la inestabilidad política existente en España y al tráfico de armas –tanto nuevas como excedentes de la última guerra– destinado a quienes conspiraban contra la República.

Todo ello, afirma Cendrars, ha cambiado el panorama habitual del contrabando en el País Vasco. A las familias locales que llevaban a cabo un tráfico tradicional que era casi una actividad económica legal, de carácter rural, casi primitiva, realizado a pie y del que el ganado era parte importante, le ha sustituido una “chusma compuesta por desertores de la marina y de las tropas de ocupación de Marruecos, empleados civiles o militares destituidos, tránsfugas políticos que han pertenecido a todos los partidos” que suministra a España las que Blaise Cendrars premonitoriamente llama “armas para una guerra civil”. Alude también, con esa mirada romántica que caracteriza a los viajeros franceses por España desde Prosper Mérimée, a “la memorable andanza del coronel Macià y sus valerosos voluntarios catalanes”, en referencia a la actividad del nacionalista Francesc Macià, creador de Estat Catalá, luego de Esquerra Republicana, y presidente de la Generalitat desde 1932. La “memorable andanza” a la que se refiere Cendrars no es otra que el llamado Complot de Prats de Molló, es decir la intentona fallida de invasión armada de Cataluña desde Francia, promovida por Francesc Macià y grupos de Estat Catalá en 1926, casi una década antes de la aparición del relato incluido en las entregas al Excelsior. Aunque de pasada, también hace referencia a quienes esperan que tenga lugar un cambio radical en España que traiga “la caída de la República, la toma del poder por los Soviets, el retorno del rey o el triunfo de la anarquía”. Una relación de opciones que, en 1935, cuando se publica Panorama del hampa, remitían a la reciente revolución obrera y nacionalista de octubre de 1934, a las insurrecciones anarquistas de 1932, 1933 y 1934, así como al intento de golpe de Estado monárquico llevado a cabo por el general Sanjurjo en agosto de 1932. Sin duda, esta actividad desmedida de los enemigos de la República suponía una demanda de armas que se intentó satisfacer desde todos los puntos del mundo.

No menos siniestra y actual es la referencia que el escritor realiza al tráfico de personas que se llevaba a cabo en la frontera del País Vasco, concretamente de obreros y campesinos portugueses, a los que la llamada “Banda de los 80” engañaban y estafaban, prometiéndoles llegar a una Francia que equiparaban con el paraíso. Como se puede ver, se trata de los mismos procedimientos y el mismo destino que sufren hoy día los emigrantes subsaharianos a manos de organizaciones semejantes a la de esos vascofranceses.

Tras describir las actividades del hampa marsellesa y de los contrabandistas del norte y de la frontera vasca, Cendrars vuelve a ocuparse del milieu parisino en los últimos capítulos de su obra. Primero comienza con los garitos de París, unos lugares que ya no son clandestinos como las antiguas cuevas oscuras y románticas, de mobiliario viejo y usado, en los que se reunían los pintorescos apaches. Ahora son locales luminosos, con rótulos y neones de colores, en los que todo es nuevo, casi respetable, en los que la actividad esencial es el juego. Sugiere que ahora los nuevos y más importantes garitos son los llamados círculos, los clubs privados y selectos, algo que ya había adelantado Ramón del Valle-Inclán unos años antes en Luces de bohemia, cuando aludió a “la mafia de la Gran Peña”, en referencia al club de la Gran Vía madrileña. Cendrars se detiene con más interés en ‘El ángel soplador’, el garito que se encontraba en el centro de Montmartre y que era a su vez el núcleo del milieu de la capital francesa, y en las actividades fraudulentas más cercanas al teatro, al fingimiento, como son la estafa y el timo, unas especialidades que desempeñan como nadie los llamados “hombres de confianza”, unos artistas del engaño a los que el escritor considera “una especie de fantasioso y de poeta”. Concluye el recorrido por el hampa con una referencia a los ejecutores, los sicarios, quienes son reclutados entre los locos por su eficacia e impunidad ante la justicia, al ser declarados incapaces. Finaliza Cendrars este siniestro capítulo dedicados a los asesinos de encargo y a los que luego se llamarán crímenes de Estado, con el mismo asunto con el que comenzó el libro: el caso Stavisky, en lo que supone, más que una alusión acerca de lo ocurrido, una acusación manifiesta.

Ahora, gracias a la editorial Libros de Trapisonda y a la audacia y empeño de su director, Pablo Martínez de Pisón, que ejerce de rescatador de obras naufragadas en el tiempo, aparece en español este libro que viene a sumarse a otros de Blaise Cendrars traducidos con anterioridad, que no son pocos. Es un conjunto tan apreciable como antiguo que, sin embargo, no ha evitado que el escritor francosuizo sea en muchos aspectos un autor de culto al que parece siguen solo unos happy few. Este libro que ahora se edita, además de una novedad en España y de incrementar la relación de títulos traducidos, es una curiosidad en el conjunto de la obra de un escritor original, un poeta y narrador sin género, viajero incasable, reportero singular y azote de todas las instituciones, empezando por las literarias y siguiendo por las universitarias y políticas. Esperemos que este Panorama del hampa que ahora edita Libros de Trapisonda sea leído y se convierta en un atajo para llegar a la obra de ese hombre fulminado que fue Blaise Cendrars.

 

Este texto es el prólogo a la edición de Panorama del hampa que, con traducción de María Inglés Tudela, acaba de publicar Libros de Trapisonda.

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