Usted, ¿en qué cree?

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Si se pregunta a cualquiera si cree que vive en el mejor de
los mundos posibles, dirá que no. El mundo es injusto, cruel y desigual, bla,
bla, bla. Unos pasan hambre y otros pagan mucho dinero para que les
liposuccionen la grasa del abdomen. Alguno dirá que quiere un mundo sin pobres,
sin enfermos de malaria o sin emisiones de efecto invernadero. Ninguno de los
encuestados reparará en cuán irrelevante es la pregunta. Si preguntamos a
alguien si cree en esto o lo otro, está en su derecho de contestar cualquier
cosa. ¿Usted cree en los extraterrestres? ¿Usted cree en el Santo Grial? ¿Usted
cree en la paz mundial? Las respuestas nunca son absurdas porque la pregunta no
interroga sobre la verdad de lo que se cree, sino sobre la creencia misma, que
no es lo mismo.

            Se dirá que
las creencias son esenciales para la vida. Mucho más que las certezas. La
creencia, en efecto, tiene un gran prestigio heredado de la teología. La
creencia suprema ha sido y sigue siendo teológica. Es el modelo perfecto al que
toda creencia aspira, se confiese abiertamente o no. Las certezas son siempre
provisionales; las creencias, en cambio, pueden durar incólumes miles de años.
Creer es, sin duda, más confortable que dudar, refutar, contradecir o probar.

            Si digo que
creo que vivo en el mejor de los mundos posibles, la gente se irrita. Explico
que se trata de una creencia, no de una certeza, pero no sirve de nada. Piensan
que soy un memo, o un neoliberal, o un miserable integrado. Pero el caso es que
no lo creo, sólo lo digo. ¿Cómo se puede saber si alguien cree en lo que dice
cuando lo dice? Puedo creer en lo que digo o decir lo que no creo, pero en uno
otro caso sólo digo lo que digo. Si alguien prueba que lo que digo no existe o
es absurdo, yo le contestaría: pues claro, pero eso no significa que no lo
crea. Del mismo modo que las creencias no reclaman prueba alguna, las certezas
no reclaman que se crea en ellas. Es indiferente. Una certeza no lo es menos si
se cree en ella que si no se cree. Si digo, por ejemplo, que no existe la
gravitación universal estaría cometiendo un error. Si digo, en cambio, que no
creo en tal cosa no puedo equivocarme. Lo que digo es erróneo, pero la creencia
en lo que digo no lo es.

            Puedo, por
tanto, decir cualquier cosa siempre que advierta que sólo lo creo. Pero he de
tener mucho cuidado con lo que digo, porque la gente no suele captar la
diferencia entre decir y creer. Esta incapacidad produce grandes trastornos
psicosociales. La gente cree en lo primero que le dicen, aunque el que lo diga
advierta que sólo lo cree. Es decir, la gente tiene creencias que provienen de
un malentendido previo. De modo que acaban diciendo lo que otros han dicho
creyendo que dicen lo que creen.

            Por
supuesto, este no es el mejor de los mundos posibles.