Verano del Amor

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Estoy tumbado en el suelo de un apartamento en Sant Antoni de Portmany, en Ibiza, y estoy leyendo “Las vidas de los doce Césares”, de Suetonio, que un tío mío me regaló hace tiempo por la primera comunión. Mis padres duermen la siesta. Mi hermano no sé dónde se ha metido. Mis dos hermanas también han desaparecido. No se oye nada más que el zumbido de un moscardón que se estrella contra un cristal. Es el verano de 1967 y estoy a punto de cumplir doce años. Es el famoso Verano del Amor, y estoy en Ibiza, algo así como su epicentro mediterráneo, pero eso todavía no lo sé (ni lo sabré hasta que pasen muchos años). Tampoco sé lo que significa epicentro, aunque ahora haya usado la palabra, una palabra que no me acaba de gustar ni me va a gustar nunca (aunque eso todavía no lo sé). Y tampoco creo que nadie, en la calle, más allá del cristal contra el que choca el moscardón -donde ahora reina el silencio de la hora de la siesta-, sepa que estamos viviendo el Verano del Amor. Da igual. Prefiero concentrarme en las depravaciones que describe Suetonio en sus “Vidas de los doce Césares”, ese maravilloso regalo de comunión que me hizo mi tío (si un adulto hiciera hoy un regalo así, estoy seguro de que lo meterían en la cárcel).

 

 Me gusta Ibiza, una isla que hasta ahora no conocía. He visto una boutique que se llama Bonnie & Clyde, en la que han colocado el capó de un coche de los años veinte que quizá perteneció al notario o al dueño del único banco de la isla. He visto a las mujeres enlutadas que van a misa en una pequeña iglesia que hay en un cruce de la carretera a Santa Eulalia. He ido a bañarme a la cala de Portinatx, en la que no hay edificios ni hoteles ni nada de nada, sólo rocas y anémonas y erizos. He estado en la casa que los Juvenelle han alquilado en la playa de Sant Antoni, una casa que parece inglesa, con vigas de madera en la fachada y el tejado a dos aguas, y que está rodeada de sabinas y desde la que te levantas del salón y caminas diez pasos y ya estás en al agua. Los Juvenelle son amigos de mis padres (él estudió con mi padre en París) y tienen un hijo de mi edad que se llama Patrick y tiene el pelo rizado y sonríe mucho y con el que hablamos por señas, como los sordomudos. La mujer, que se llama Marie-France, es medio tahitiana y es muy guapa y lleva bikinis que nadie más lleva en Ibiza, al menos que yo haya visto, aunque estemos en el Verano del Amor, cosa que de momento no saben los Juvenelle, ni mis padres, ni tampoco yo, ni nadie que yo conozca. Por ahora me quedo con Suetonio y las vidas de los doce Césares, mientras el moscardón choca contra el cristal y el Verano del Amor discurre muy despacio al otro lado de la ventana.