Viaje a Egipto

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Lo que está ocurriendo en Egipto era previsible. Cualquiera que haya emprendido uno de esos viajes organizados de crucero por el Nilo y estancia de tres o cuatro días en El Cairo podrá comprender que lo que mueve hoy a las masas contra Mubarak no es el anhelo de democracia al estilo occidental, sino el resentimiento y la humillación, dos motores poderosos del cambio social violento. Entiéndase: el turista que viaja a Egipto advierte enseguida que circula por el país como en una burbuja blindada donde, de modo soez, es estafado constantemente, es abrevado con comistrajos inmundos, se le priva del descanso y del sueño para rentabilizar el tiempo de estancia y, por supuesto, no se le deja la oportunidad de conocer el país a su aire. A la vez, ese mismo turista se da cuenta del formidable negocio que significa el turismo para los que lo controlan. Lo egipcio es como lo veneciano: un absoluto cultural que no requiere esfuerzos propagandísticos o modernizaciones profundas. Aunque los turistas fueran alimentados con boñiga de dromedario no dejarían de acudir a Gizeh, a Luxor, a Edfú.

 

Reservado a una mezquina casta de colaboradores el régimen mubarakiano, el turismo no es negocio para millones de desharrapados egipcios. Dentro de la burbuja se paga por todo cuatro o cinco veces el valor real de las cosas. Fuera, el egipcio común no tiene la oportunidad de poner a prueba su astucia comercial con el turista. Si alguno osa acercarse al agropecuario grupo turístico, lo hace con miedo a ser descubierto. Alrededor de los turistas se extiende una línea infranqueable de policías, reclutas de reemplazo uniformados y mafiosos obesos vestidos con trajes italianos. Mubarak y sus secuaces podrían eternizarse si se limitaran a robar para sí mismos. La corrupción del político no suele provocar descontento social. Den muchos países (entre ellos, España) ni siquiera produce quiebras electorales. Sí produce este descontento la avaricia desmedida, el acaparamiento total, el saqueo puramente tribal.

 

Egipto podría haber sido un país estupendo si Mubarak hubiera permitido el turismo posmoderno y libertario, tan odiado por fundamentalistas de toda especie. Fueron ellos los que modernizaron España en los sesenta, deambulando por toda la geografía hispánica con sus cámaras de fotos, su cara de asombro y sus costumbres liberales. Los antifranquistas de entonces los verían seguramente como colaboracionistas del casposo régimen de Franco, pero eran, en realidad, nuestros libertadores. Secuestrando a los turistas para su medro exclusivo, Mubarak y su régimen han cavado su propia fosa. La pena es que los que hoy conducen las manifestaciones y piden su caída odian a los turistas, odian el turismo. Anteayer querían asaltar el Museo de El Cairo, los muy zoquetes. Son, naturalmente, fundamentalistas. Qué condena.