Vísperas e incienso

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Antes. Caminar es cosa de vísperas. Se camina para llegar incluso cuando no hay destino. Me dispongo a escribir en los prolegómenos de mi auténtica noche buena. Madrugada de esparto. Si esperara a preparar este post al alba, aún las teclas podrían saber cómo huele el incienso.

 

 

Antes. Caminar es cosa de vísperas. Se camina para llegar incluso cuando no hay destino. Me dispongo a escribir en los prolegómenos de mi auténtica noche buena. Madrugada de esparto. Si esperara a preparar este post al alba, aún las teclas podrían saber cómo huele el incienso. Y entonces relataría, o tal vez no, pensamientos desde el vaho del capirote. Me paro aquí, cuando el contador de palabras indica setenta y el reloj, las 19:56. Después. Son las 15.42 del día siguiente. De miércoles a jueves. Estuve a punto de retomar estas líneas hace unas horas, pero me venció el sueño. Las yemas de los dedos –como preveía– son aún reminiscencia de aromas de resinas y carboncillo. El paladar, un cántico al arroz con leche que no entiende de religiones y a la torrija que remató el desayuno. La Semana Santa sin la gastronomía y la compañía –en minúscula– sería menos Semana Santa. Anoche escribí en Twitter que procesionar es también una forma preciosa de escribir. Caminar de madrugada por la calle Libreros, doradísima, es una crónica memorable. Ahora me lavaré las manos.