Vuelve ya, Thomas Jefferson, y reparte collejas por doquier

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Yo ya conocía esas palabras, pero no las recordaba; ahora me han llegado oportunamente en este tráfico de correos anticrisis. Lo escribió en 1802 Thomas Jefferson, tercer presidente de los Estados Unidos y principal autor de su Declaración de Independencia:

 

“Si el pueblo permite un día que los bancos privados controlen su moneda, los bancos e instituciones que florecerán en torno a los bancos privarán a la gente de toda posesión, primero por la inflación, enseguida por la recesión, hasta el día en que sus hijos se despertarán sin casa y sin techo, sobre la tierra que sus padres conquistaron”.

 

Estas son las pancartas que me gustaría ver a mí en las manifestaciones (pueden ser  mucho más cortas, claro) en vez de tanto bosque de banderas.

 

Hoy vamos de venezolanismos. Es también una aportación de alguien cuyo nombre lamento no recordar, por lo que pido perdón.

 

Dame la colita: en las batallas que se libraban en la época de la independencia no había suficientes caballos como para que todos los soldados montaran uno. Así que gran parte de los soldados se veían en la necesidad de cubrir grandes distancias a pie. Por eso, cuando les tocaba subir una pendiente, le solicitaban al soldado que iba a caballo, mula o burro: Dame la colita. En otras palabras, dame permiso para agarrarme de la cola del animal para subir con menos esfuerzo la pendiente. Se quedó para siempre “dame una colita”.

 

Corotos: Antonio Guzmán Blanco, que fue tres veces presidente de Venezuela, tuvo una educación con fuerte influencia francesa; de hecho fue diplomático acreditado en Francia. En su estadía en el país europeo, su mujer se aficionó mucho a las pinturas del artista francés Jean Baptiste Corot y llegó a tener una respetable colección de la cual no se separaba. Cuando vivían en Caracas, cada vez que se mudaban de casa, cosa que hicieron con mucha frecuencia, le indicaba a los empleados que embalaban los enseres: “Tengan mucho cuidado con los `Corots´”, es decir las pinturas. Los empleados fueron generalizando la orden convirtiendo en “corotos” toda clase de cosas propias de una casa.

 

Macundales: Para abrir picas, en el proceso de exploración de la industria de los hidrocarburos en Venezuela, se utilizaron unos machetes ingleses de marca McUndale. Los trabajadores le dieron el nombre de Macundales; cada día, a la hora de terminar la faena, decían: llegó la hora de recoger los Macundales (machetes) y así se ha quedado: hasta el día de hoy, recoger tus macundales significa recoge tus cosas y vete.

 

Échale pichón: En Venezuela, cuando se le pide un esfuerzo adicional a alguien para desarrollar alguna tarea que requiere algún esfuerzo se le dice “échale pichón”. En la época en la que no había acueductos ni sistemas de distribución del agua, ésta se extraía con bombas manuales que tenían una palanca que decía «Push On«. La utilización de esta palabra para decir que pusieran a funcionar las bombas, derivó en pichón. “Échale pichón” era: Dale a la bomba.

 

Espitao: Esmollejao. Salir muy rápido, `pitando´. Se origina a partir de las palabras Speed out, que en inglés quiere decir eso, correr mucho, es decir, salir `espitao´.

 

Hijo de la panadera: En abril de 1769, la Corona Española del territorio colonizado, hoy Venezuela, recibió una inusual protesta, pues no estaban de acuerdo con el nombramiento de un joven blanco como Oficial de las Milicias, esgrimiendo como argumento la dudosa reputación de éste, porque su madre ejercía el oficio de panadera en Caracas. De allí se ha quedado el dicho que se usa aún muchísimo. «¿A mí no me van a dar nada? Ni que yo fuera el hijo de la panadera”.

 

Mientras escribía esto, he pescado al vuelo cómo alguien habla en la SER de convivencia doméstica y subraya lo importante que es “poner énfasis en la limpieza del inodoro”; no deja de ser gracioso, dentro del abuso de énfasis que padecemos, poner énfasis allí donde sólo hay que poner… agua y algo de detergente. Y, desde luego, eso sí, insistir en la tarea.

Soy coruñesa con algo de portuguesa, recriada en Madrid. Como tengo tendencia a la dispersión, estudié Ciencias Políticas. Aparte de varios oficios de supervivencia, he sido socióloga, traductora, documentalista y, finalmente, editora y redactora en El País durante veinte años. En mi primer colegio de monjas tuve la suerte de aprender bien latín. Pasar de las monjas al instituto público Beatriz Galindo de Madrid, donde enseñaban Gerardo Diego, Manuel de Terán, Luis Gil…, fue definitivo para cambiar de fase. Creo que si falla el lenguaje, falla el pensamiento y falla la razón.