Weronika versus Veronique

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¿Qué ocurre cuando un crítico de cine asiste a la conversación entre dos colegas y en la que ambos a la vez que confirman lo mucho que les ha gustado la película ue acaban de ver reconocen que no han entendido nada? Puede que todos salgan de una proyección de La doble vida de Verónica, de Krzystof Kieslowski. Casi nada.

Suena Higgs Boson Blues,

De Nick Cave and The Bad Seeds

 

 

Tengo la costumbre de tomar notas que la mayoría de las veces no vuelvo a leer o que, en otras ocasiones, jamás consigo encontrar cuando me gustaría recuperarlas, porque recuerdo que algo leí o escuche en su momento en algún sitio. A veces, por casualidad, uno se encuentra con alguna anotación que no sabe muy bien por qué motivo ha sido escrita en una libreta caótica. Buscando otra cosa que no tiene nada que ver, hallo las siguiente palabras publicada en su día –allá por 1991 según mis cálculos- por el crítico de cine Antonio Castro en la revista Dirigido por… referentes al estreno de La doble vida de Verónica (La double vie de Véronique, 1991), de Krzystof Kieslowski: “[…]Resulta curiosa la actitud de la crítica ante los films del polaco. No suelo hacer demasiado caso a los comentarios de los compañeros, pero tras el pase de prensa no pude evitar asistir a una conversación entre dos colegas en la que uno decía que entendía muy poco la película pero que le gustaba mucho mientras el otro afirmaba que era maravillosa pero que él no había entendido nada y desafiaba a su interlocutor para que explicase lo que había entendido, no logrando una respuesta medianamente coherente, por lo que acabaron coincidiendo en que ninguno de los dos había entendido nada […]” A mí inicial sonrisa le sigue, reconozco,  mi falta de entendimiento que para tratar de solventar me lleva a buscar el texto completo en la hemeroteca. Al leer el artículo me entran serias dudas de los motivos por los cuáles el autor reproduce esa conversación anónima y no me quedan tantas sobre su propia falta de comprensión al ver la película que motiva el comentario.

 

 

Como me veo casi en la obligación moral de posicionarme, y debido a que unos pocos días después me encuentro de nuevo anotado, entre una maraña de folios que simulan ser un manuscrito, el título de la película junto a otros –71 fragmentos de una cronología del azar (71 Fragmente einer Chronologie des Zufalls, 1994), por ejemplo- decido que debo volver a ver la película. El recuerdo resulta tan vago que no evito plantearme si en realidad yo tampoco entendí nada de todo aquello, que nos habla de dos jóvenes, una llamada Weronika y otra llamada Veronique, polaca y francesa, respectivamente, y que son interpretadas por la misma actriz, la bellísima Irene Jacob, que nacieron el mismo día y comparten ocupaciones parecidas relacionadas con la música, que sienten una especial conexión entre ellas y que padecen igualmente una dolencia cardíaca que acabará causando la muerte repentina de la primera. La segunda, parece ser que se salva –probablemente, aunque es una suposición, puede que compartida, debido al fallecimiento de la primera, aunque eso la película tan solo lo insinúa de forma muy velada.-

 

Pretender poner a prueba la ignorancia de uno mismo a través de una película de Kieslowski hay que reconocer que se antoja una empresa más que complicada, cuando no absolutamente infructuosa. Si uno está ligeramente familiarizado con el cine del cineasta polaco, aunque sea tan solo a través de su célebre trilogía –Azul (Bleu, 1993), Blanco (Blanc, 1994) y Rojo (Rouge, 1995)-, con la que cerró su filmografía, uno ya sabe que sus pretensiones son elevadas tanto desde el punto de vista de su pensamiento –hondura metafísica, parábolas existencialistas, … – como desde su punto de vista estético –narraciones plagadas de símbolos, historias fragmentadas en las que desaparecen los elementos causales, …- Ver de nuevo La doble vida de Verónica supone acercarse a ese mundo que hay que descifrar sin que la lógica acabe de sernos de gran ayuda. En ese sentido, Kieslowski juega la misma partida, aunque con cartas diferentes, en la que también participan cineastas como Andrei Tarkovsky, Theo Angelopoulos o, incluso, David Lynch. Si bien el director polaco se acercaría más a la espiritualidad propia del cineasta ruso.

 

 

 

La doble vida de verónica es de un extrañeza inquietante que supone un reto desesperante para cualquiera que trate de aplicarle un sentido razonable al asunto. Lo más sensato parece ser dejarse llevar por lo que se supone una fabulación, casi un cuento para adultos, y perderse por los difusos contornos que apenas dibujan unas imágenes que, pese a su realismo, parecen más propias de un sueño. Uno también tiene la posibilidad de aburrirse por la excesiva languidez de su historia –el pesimismo y la falta de humor son un hándicap en Kieslowski en ocasiones- o por el tono enfático que adquiere el estilo del polaco. Los más atrevidos, también los más pedantes, pueden empezar a dar rienda suelta a interpretaciones y así sacar a relucir el tema del doble o de cuestiones relacionadas con el tiempo –la simultaneidad, la posibilidad de la existencia de vidas paralelas que se conectan, etc.- y acabar por compartir con el propio Kieslowski que la vida es el incierto resultado de la libertad y el azar, entendido este como la confluencia  de toda una serie de elementos que lo que provocan es que el individuo se decida por un camino de los muchos que forman parte de su encrucijada vital.

 

 

Esta todo esta cháchara, y más. Y también está la posibilidad de unirse a esos dos críticos, desconcertados, desorientados, desnudos ante la ambivalencia que alimenta La doble vida de Verónica. Podemos compartir con ellos una bella y lícita ignorancia sin tener porque avergonzarnos de ello, sino más bien todo lo contrario. Y así reconocer que hay historias, y también imágenes, que escapan más allá de donde nos alcanza la razón, incluso el sentido común. Y que por ello no dejan de resultar apasionantes, atractivas y un motivo de júbilo porque volver a ellas, aunque sea motivadas por un papel anotado en una vieja libreta, puede ser como volver a verlas por primera vez y acabe por reproducirnos ese primera impresión; esa virtud que a veces tiene la propia ignorancia. Y si es así, que bonito hubiese sido que Kieslowski hubiese podido llevar a buen término su proyecto inicial que era el de realizar una versión de la película para cada país, y darle un final distinto, según la cultura e idiosincrasia del lugar: una pretensión que resultó imposible y que acabó con una versión común para Europa y otra para América, ésta con un final más explícito.

 

Josep C. Romaguera (Mallorca, 1976) mientras se licenciaba en Filología Hispánica acudía al Centre de Cultura Sa Nostra para aprender de Dreyer, Kurosawa o Hitchcock. También abandonaba las lecturas del mester de clerecía por las de Bordwell o Bazin. No tuvo suficiente con leer a los críticos como José Luis Guarner o Miguel Marías y decidió que el también podía intentarlo. Publicó en Temps Moderns –editada por el Centre de Cultura Sa Nostra-, L'Espira –suplemento cultural del Diari de Balears-, Zona Ocio –para Última Hora- y ahora también lo hace en FronteraD. También se le ha podido escuchar en El crepuscle encén estels, de IB3 Ràdio, y ver en Taula de cinema, de IB3 Televisió. A veces recuerda todo lo que aprendió ayudando en la producción, la edición y la elaboración de guiones cuando participó en la realización de la serie Baleares. Un viaje en el tiempo, para TVE. Ahora se atreve con un blog.