«Yo, señor, no soy malo… «

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Se viene a la memoria Puerto Hurraco y su España profunda, como si la política, en su degeneración, hubiera bajado hasta los límites prohibidos, allí donde, como en un cuento infantil, todo lo malo se desencadena y hablan las balas.

 

El asesinato de Isabel Carrasco, igual de terrible con trece sueldos que con el subsidio de desempleo agotado, tiene trazas de Mafia, como si viniese empaquetado en una de esas bolsas de patatas fritas de supermercado que dicen contener trazas de leche y hasta de pescado. Pero que unas patatas fritas contengan trazas de pescado es mucho menos repugnante que la política contenga trazas de Mafia. Así uno llega a preguntarse si son diputaciones  o familias. Uno se acuerda de Fredo llorándole a su padre en la acera. A su padre, no al jefe de los Corleone. No se habla de películas ni de novelas. El crimen de León es un reflejo tan brutal como para que se tome nota que no se va a tomar porque la barbarie la van a pasar a las páginas de sucesos, los hechos brutales, extraordinarios y aislados de la crónica negra, que a lo mejor ha de ser crónica a secas. Se viene a la memoria Puerto Hurraco y su España profunda, como si la política, en su degeneración, hubiera bajado hasta los límites prohibidos, allí donde, como en un cuento infantil, todo lo malo se desencadena y hablan las balas. El compadreo y las rencillas en la política son tan inaceptables como el capricho de un operario en una cadena de montaje: que da al traste con todo; y los tiros son reminiscencias, señales de la vulnerabilidad de un pueblo, como si, allá por el setenta y ocho, Tetis le hubiera metido igual que a Aquiles sujeto por el talón en el río de la democracia. En tuiter las condolencias se disputan el protagonismo con el odio, no sólo las dos sino todas las Españas, lo que, aparte de los indicios de enfermedad institucionalizada, muestra el carácter de una sociedad que ve venir sentada en la playa la podredumbre igual que la subida de la marea, y no le importa mojarse los pies en esa agua. La Mafia de la sangre y la bestialidad de Pascual Duarte. La política ya mezclada con la muerte y la sordidez de un ruralismo anacrónico expresado en tres disparos, y un urbanismo salvaje en ciento cuarenta caracteres.