Z-40: Verdad y mentira del gobierno mexicano

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El encarcelamiento de Miguel Ángel Treviño Morales, señalado como jefe del cártel Los Zetas bajo el alias de Z-40, ha traído consigo múltiples elogios nacionales e internacionales al gobierno mexicano que rinden homenaje a la obviedad, en lugar de profundizar en el tema y sus graves connotaciones.

 

El auge de Los Zetas en México, y su influencia en Estados Unidos y Europa, proviene por lo menos de dos fortalezas: 1) una capacidad estratégica, táctica y logística competitiva, proveniente de la extracción militar de sus fundadores y muchos de sus elementos (desertores de rango medio del ejército mexicano o del guatemalteco); 2) una eficacia corruptora, que aunada a las destrezas militares, ha consumado sus nexos con élites políticas y económicas de México.

 

Desde más de diez años atrás hasta la fecha, aquellas fortalezas fructificaron para que Los Zetas se arraigaran en el control, vigilancia y explotación criminal de los territorios en que inciden en México: Quintana Roo, Yucatán, Campeche, Tabasco, Veracruz, Hidalgo, Tamaulipas, Nuevo León, Coahuila, así como mantienen presencia en Chihuahua, Zacatecas, Michoacán, Estado de México o el Distrito Federal. Esto les ha permitido extender su poder al exterior (cf. Cynthia Rodríguez, Contacto en Italia, México, Debate, 2009).

 

El efecto corruptor de Los Zetas ha tenido especial éxito en estados gobernados por el Partido Revolucionario Institucional (PRI), sobre todo, Veracruz, Tamaulipas, Nuevo León, Estado de México (durante el gobierno del actual presidente mexicano Enrique Peña Nieto) e Hidalgo. Ahora, nadie quiere mencionar este hecho.

 

El dominio del litoral del Golfo de México y territorios anexos por parte de Los Zetas ha seguido una operación integral contra el orden constituido y ha implantado un régimen de terror basado en expoliaciones y amenazas diversas, sobre todo, a partir de secuestro, extorsiones, robos, trafico de indocumentados, explotación de personas y otras industrias criminales. La caída de Treviño Morales está lejos de ser un “golpe mortal”, como ha manejado la propaganda oficial y sus voceros dentro y fuera del país.

 

Como se ha divulgado ya en este espacio (“Violencia y CIA en México”, 19 de mayo de 2012), el gobierno estadounidense lleva adelante “actividades” (operaciones encubiertas) a través de la Agencia Central de Inteligencia, o bien, de su agencia contra las drogas (DEA), para manipular organizaciones del crimen y fomentar focos de desestabilización en el territorio mexicano, por ejemplo, mediante Los Zetas, cuyo alcance llega a Centroamérica. Esta protección/manipulación de grupos criminales implica la posibilidad de inducir delaciones y traiciones eventuales al interior de cada grupo criminal con el fin de moldear su funcionamiento. De acuerdo con funcionarios de inteligencia mexicanos, Treviño Morales es informante de la DEA desde tiempo atrás.

 

El gobierno mexicano ha publicitado que la caída del Z-40 fue resultado de una tarea de inteligencia realizada por la Secretaría de Marina en forma exclusiva, al igual que la operación que capturó al jefe criminal. Esto es falso: la operación fue dirigida y vigilada por el gobierno estadounidense.

 

En los últimos años, han sido muertos o encarcelados otros jefes de diversos grupos (Arturo Beltrán Leyva, Ezequiel Cárdenas, Edgar Valdez Villarreal, Sergio Villarreal Barragán, Javier García Morales, Ignacio Coronel, entre otros), pero sus respectivos grupos criminales se han mantenido vigentes. Tal extracción del campo de batalla sigue un patrón cíclico: cuando alguna figura del crimen se vuelve intolerable (o su función deja de ser pertinente) para el poder político nacional y el de tipo geopolítico (Estados Unidos), cae; llámense Manuel Antonio Noriega, Pablo Escobar o Amado Carrillo Fuentes.

 

La causa de que descabezamientos semejantes tengan ahora un impacto parcial dentro de las organizaciones criminales obedece a la flexibilidad de las estructuras que ellas han adquirido: los cárteles mexicanos se han vuelto organismos paramilitares que funcionan como unidades pequeñas bajo coordinación mutua y con alto grado de autonomía, ya distante del tradicional mando vertical, gracias a la suficiencia de recursos materiales y humanos que generan sus actividades ilícitas.

 

Dicho accionar nada tiene que ver con la idea de “un clan familiar” como futuro para Los Zetas (Stratfor, dixit). En ellos, cada unidad (o “estaca”, como le llaman) logra una sinergia que sirve para ensamblar, por una lado, a las autoridades y élites corruptas que facilitan su alcance transnacional, a las comunidades que padecen su tarea coactiva a través de criminales, bandas y pandillas bajo su manto y, por último, el frente de guerra contra las fuerzas armadas Un dominio tridimensional de alto impacto (Southern Pulse, “Monterrey Street Gangs”, Latinoamérica, Southern Pulse, marzo, 2012, 23 pp.). En este contexto, el Z-40 era un cartucho quemado desde antes de su caída.

 

Por desgracia, los Zetas son ya consustanciales al tejido social en vastas regiones de México, y el gobierno mexicano insiste en ocultarlo. La versión del “descenso gradual” de la violencia es una fantasía propagandística, que la realidad está lejos de avalar.

Sergio González Rodríguez (Ciudad de México). Estudió Letras Modernas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Es narrador y ensayista. Ha sido músico de rock, editor de libros y suplementos culturales y profesor en estudios de postgrado. Desde 1993 es consejero editorial y columnista del diario Reforma y del suplemento cultural El Angel. En 1992 fue Premio Anagrama de Ensayo (finalista ex aequo) en Barcelona, España, con la obra El centauro en el paisaje, y en 1995 recibió el Premio Nacional de Periodismo Cultural Fernando Benítez. Dos veces ha sido becario de la Fundación Rockefeller. Autor de diversos libros, en 2002 publicó su relato sobre violencia, narcotráfico y asesinatos contra mujeres en la frontera de México y Estados Unidos titulado Huesos en el desierto, que fue finalista del Premio Internacional de Reportaje Literario Lettre/Ulysses 2003 en Alemania, obra que se ha traducido al italiano y al francés. En 2004 publicó la nouvelle El plan Schreber, en 2005 una novela titulada La pandilla cósmica y en 2006 su ensayo narrativo De sangre y de sol. En 2008 publicó su novela El vuelo y en 2009 su crónica-ensayo sobre decapitaciones y usos rituales de la violencia El hombre sin cabeza, ya traducida al francés. Es miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte de México.