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    El Podemos que ya no será. (Reflexiones de un podemita posmo-romántico)

    Rubén Pardiñas - 17-03-2017

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    “Ya lo he leído todo”, se decía.

    Y se quedaba mirando cómo enrojecían las tenazas al fuego o cómo caía la lluvia.

    Gustave Flaubert, Madame Bovary

     

     

    Vistalegre II me ha dejado un sabor de boca como de fin de época, que es lo que sentimos los posmodernos (al menos los de la corriente romántica) cada vez que estamos de resaca. Adiós al eje arriba/abajo, a la centralidad del tablero, a los bloques hegemónicos, a cocer comunistas en su propia salsa de estrellas rojas... Adiós a todo eso. Y sin embargo –tratan de consolarme en mi chat de podemología, ahora rebautizado jocosamente “Dinamización”–, Podemos no ha muerto. ¿En serio –contesto–, estáis seguras de que la transversalidad y cocer comunistas no conformaban el meollo de Podemos? Entonces, ¿sobre qué partido hemos estado discutiendo aquí durante tres años? Ese era un Podemos –insisten–, no el único. Ajá. ¿Y si ese es justo el problema?

     

    No quiero exagerar, pero al principio de Podemos (¡adoro hablar de Podemos como si fuese una era geológica!), cuando desplegó sus velas y navegaba a todo trapo, su éxito se cifraba básicamente en cocer comunistas e izquierdistas en general, si bien lo llamaban “no aferrarse a identidades fijas”. Sí, me refiero a cuando en Izquierda Unida cundió el pánico. ¡Nos comen!, gritaban después de las europeas. ¡Se los van a comer!, gritábamos el resto. ¿Lo recuerdan? Estoy seguro de que hay muros de Facebook de 2014 en los que aún se puede leer “Si no puedo cocer comunistas no es mi revolución”. Lo de IU a mí siempre me supo a poco; lo que me hacía salivar de verdad era un PSOE en su punto perfecto de decadencia y traición a sus votantes, ese partido que Pablo Iglesias relacionaba todo el santo día con su abuelo represaliado por el franquismo. Lo hacía con voz tan melosa que llegué a plantearme si no querría, también él, convencer al electorado sociata de que se pasara al morado. ¿Era posible semejante atrevimiento? ¿Estaba Iglesias inventando el errejonismo? Hoy sabemos que no: solo lo interpretaba.

     

    Y es que así fue creciendo Podemos: de interpretación en interpretación, casi todas de Oscar. Hasta que empezó a dejar de fingir, en algún momento del período comprendido entre el 20D y el 26J (en Vistalegre II solo cayó la última prenda del strip-tease). Iglesias dejó de simular que era un populista, y respiró aliviado: sus colegas de Vallecas no le iban a tomar el pelo más. Los anticapis se atrevieron a decir en voz alta las cuatro cosas que realmente pensaban sobre el carnaval de significantes flotantes en el que se habían metido, mostrándose como lo que fueron desde el principio: un partido dentro de otro partido. Con las cosas mucho más fáciles, también Alberto Garzón pudo, al fin, dejar de fingir que entendía algo de todo lo anterior. El único que siguió en su papel fue Íñigo Errejón, aunque en su caso no tiene demasiado mérito, puesto que el errejonismo consiste (¿o deberíamos decir consistía?) precisamente en eso: en fingir todo el rato hasta ganar unas elecciones, que es cuando ya haces lo que te apetece. Lo malo viene si no ganas, aunque esto Errejón lo sabe de sobra, como madridista y resultadista (valga la redundancia) que es. Pero seamos justos: reconozcamos que el errejonismo (el jorgemorunismo, el claraserrismo...) tenía además una teoría del mientras tanto, en la cual la lucha por el sentido era lo fundamental. De ahí que tantas veces oyésemos desde sus filas –era mi parte preferida– que la hegemonía también se construye, por ejemplo, con una nueva música. Como todos sabemos, la música española está a otras cosas.

     

    Podemos era una ficción en toda regla. No reflejaba ninguna realidad sino que más bien la recreaba.  Sobre la casta se hicieron muchos chistes, hasta que todo el mundo (adversarios políticos incluidos) acabó repitiendo machaconamente la palabrita y nos dimos cuenta de que inventar un nuevo vocabulario ofrece unas posibilidades que el ya establecido no te concederá. Todavía recuerdo a una Carolina Bescansa primeriza en neolengua podemita durante la asamblea preparatoria de Vistalegre I, excusándose en el auditorio de la Complutense: “Yo lo de decir casta aún no lo llevo bien”. Abandonar el eje izquierda/derecha en favor del abajo/arriba (también del nuevo/viejo) era bastante más osado, y aun así pareció funcionar por un tiempo. Ya en el filo de la navaja, la apelación a las emociones políticas provocó los primeros arqueos de cejas entre los fieles. La Marcha del Cambio (aquellas masas de gente tomando la calle no para exhibir ninguna demanda en concreto, sino su mera adhesión al partido) recordaba demasiado a las demostraciones de fuerza fascistas. Increíblemente, volvieron a salir más que airosos del show. Pero con la asunción del término populismo, que tan negativas connotaciones arrastraba, Podemos se pasó de frenada y casi diría que se la pegó: hay significantes flotantes que llevan demasiado tiempo flotando en un pantano, y es el pantano de donde emergen cosas como Le Pen y Trump. Uno imagina al Errejón de sus mejores horas pensando “Que sí, que a esto le damos la vuelta” y constata que el pequeño laclausiano tenía verdadera fe en su plan.

     

    Está claro que a Errejón la vieja modernidad (los metarrelatos, los universales, la razón) le produce urticaria, por no hablar del marxismo (los sujetos políticos privilegiados: la clase obrera), y no digamos ya Monedero. En algún sitio dejó dicho Rafael Argullol que el enfoque posmoderno está muy bien como diagnóstico de la modernidad, concretamente de sus fallas, pero que se atora en las propias cuando intenta, a su vez, convertirse en programa. Entonces no suele pasar de catálogo de variedades, de guía más o menos entretenida para dilucidar, en palabras de Richard Rorty, “si el último edificio, programa de televisión, anuncio, grupo de rock o currículum son apropiadamente posmodernos o más bien todavía contienen trazas de mero modernismo.”¹ El errejonismo, en cuya coctelera bailaban a ritmos latinoamericanos Mouffe y Laclau, Judith Butler, Lacan o Deleuze (también Carl Schmitt y Spinoza), propuso algo temerario para España: transformar la teoría de la posmodernidad en práctica política. Esto nos daba vértigo incluso a los posmodernos más jacarandosos, que de repente no dábamos crédito: ¿de veras íbamos a ver adaptadas a la política institucional el tipo de brillanteces que tanto nos gustan sobre el antiesencialismo en The Matrix o el feminismo de las pop stars? ¿Así que ahora vamos en serio? Quiero decir: yo sé que Errejón finge y no dice la verdad y eso me encanta porque la verdad no existe y tal y cual. Pero no estoy seguro de que incluso tomándome una caña y unas tapas con él pudiera relajarme de verdad, del modo en que sí lo haría con Iglesias o, desde luego, con Miguel Urbán. Estar todo el rato a la caza de rémoras modernas cansa, y lo que es peor: puedes acabar sospechando de todo y de todos. Aunque los modernos también saben lo suyo de esto último.

     

    Pero las rencillas personales entre podemitas, sus tuits y sus grupos del Telegram aburren a las ovejas, así que mejor sigamos fingiendo que todo ha sido una batalla más entre los herederos de la Ilustración y los del Romanticismo, yo qué sé, Kant contra Herder. Pues bien: ha vuelto a ganar Kant, el padre de la patria filosófica occidental al que mencionan hasta en los debates electorales, mientras que Herder sigue siendo recordado como el tipo que inspiró a Hitler y a Carod-Rovira (cuando en realidad era un amor). Eso sí, digamos bien alto, antes de que nos reescriban la historia, que durante la mayor parte de su trayectoria Podemos fue –pese a estar diseñado con mucha sangre fría en un laboratorio– esencialmente romántico. No solo apeló a nuestros corazones y nos proveyó de un nuevo lenguaje para un nuevo relato. Es que era un relato en sí mismo, en el cual los límites entre realidad y ficción nunca estuvieron definidos (¿quiénes eran protagonistas y quiénes decorado en la Marcha del Cambio?). Sabemos, ya lo creo, de dónde viene todo ello. Como explica Rüdiger Safranski, fue el Romanticismo el que configuró un mundo donde “[s]e buscaba la vida a través de la literatura y, a la inversa, resultaba fascinante buscar la manera en que la literatura pudiera configurar la vida. Se procuraba vivir lo que se había leído.”² Todavía se pudo escuchar algo de esta música en el Mayo del 68 más situacionista, y también un eco del 68 (aunque lejano) sonaba en la Puerta del Sol de Madrid durante el 15-M. Lo que hizo Podemos fue puro apropiacionismo, recolectar aquí y allá: montar un pastiche, que diría Fredric Jameson. Pero montarlo para algo.

     

    Obviamente, hoy es absurdo seguir hablando del acontecimiento Podemos, algo que durante los primeros meses de vida del partido existió con una potencia arrolladora. Entonces Podemos fluía como agua irradiando un campo yermo, y todo era sencillo porque todo era Podemos: gente inverosímil politizada de repente, el maltrecho espíritu del 15-M despertando fortalecido, los viejos líderes fulminados como peleles, la comunión de todos estos elementos en una imagen (las masas en Sol) y un lema (¡Sí se puede!): la estética. El relato. Según los puristas: la farsa. Es comprensible que para Anticapitalistas todo esto apestase a profanación, por cuanto son ellos quienes se reclaman la corriente más genuinamente quincemayista, por no decir el 15-M genuino. El problema de los anticapis lo ves cristalino cuando los sacas a tomar algo más allá de la calle Argumosa. En realidad, salen de Lavapiés y ellos mismos se dan cuenta de su exotismo, salen de Madrid y se topan con que buena parte de sus votantes ni les conoce, o llegan por ejemplo hasta Galicia y comprueban que se han sumado a un partido cuyo electorado puede llegar a parecerse muchísimo al que tenía UPyD. ¡Por eso siempre prefieren quedarse en Argumosa!

     

    En cuanto al pablismo, con frecuencia me pregunto qué es exactamente.

     

    El Podemos posmo-romántico lo tenía, de todas maneras, complicado. Errejón es, a su manera, un líder más o menos carismático, pero no parece que el errejonismo tenga verdadero predicamento ni en el partido ni en ningún lugar, a pesar de que durante un tiempo muchos nos frotamos las manos previendo cómo las rémoras modernas iban a caer una detrás de otra. Con la posmodernidad supongo que ocurre como con todas las sectas y drogas: si has sido educado en ella (o si te ha llegado a obsesionar, lo que no es extraño) sueles caer en el error de pensar que formas parte de algún tipo de Zeitgeist muy obvio para todo el mundo. Así, cada vez que oyes a alguien pronunciar “posmoderno” crees estar ante un aliado en la gran lucha contra la Tiranía de la Verdad, cuando lo más probable es que simplemente esté hablando del último local de moda. Concebir la política como una performance nunca ha estado bien visto, y menos aún hacer apología de ello. Pero que no se engañe quien se tiene por fiel “espejo de la naturaleza”: reproducir en 2017 el ambiente de indignación social de 2011 o 2014 no deja de ser más teatro. Otro revival, desconectado (como todos) del contexto original.

     

    Constituirte como relato también comporta riesgos entre tus huestes. El principal es que te van a leer todo el tiempo en esa clave, y los lectores con frecuencia somos insaciables: le exigimos mucho más al arte que a la vida. Puede que mis compañeras de chat tengan razón y Podemos no haya muerto. Tal vez nos acompañe dos o tres legislaturas más, incluso podría llegar a crecer si el PSOE siguiese haciéndolo tan mal, aunque esto no va a ocurrir eternamente. Quienes fuimos fans del acontecimiento Podemos –el Podemos obra de arte total– lo único que esperábamos después de Vistalegre II, pervertidos por la ficción que nos fascinó, era un final a la altura del origen del relato, cuando cuatro amigos de la universidad iban a asaltar los cielos. Se trata de la irresistible tendencia (un poco enfermiza, como todo lo romántico) a literaturizar Podemos: primero quisimos un final épico, ahora anhelábamos uno trágico. Por encima de todo, una buena historia. Es lo insulso y lo gris lo que ahora nos deprime un poco: tener que regresar a la agenda cotidiana de manifas, al bucle desesperante que empieza con la santificación de la calle movilizada, hasta que el PP gana una vez más y entonces la gente de la calle ya no nos parece gente, sino idiotas “que van contra sus propios intereses de clase”.

     

    Podemos no será más lo que fue, y lo aceptamos (no sin melancolía, como buenos románticos). Sigue siendo, a pesar de todo, nuestra única oportunidad, y si al final hay que cantar L'Estaca, A galopar, o la Internacional, pues las cantaremos; por algo somos, además, posmodernos sin escrúpulos (siempre que en unas primarias no nos vuelvan a decir que apoyando determinada corriente estamos con Cebrián, claro). Pero nos inquieta algo más –probablemente a una amplia mayoría podemita–, algo que quizá no soportemos por mucho tiempo: ver cómo el interesante debate sobre las diferentes estrategias políticas va siendo reemplazado por el muy cutre de si a fulanito o a menganita se les coloca o no en determinada portavocía o candidatura, en compensación por no sé qué favor, sacrificio o purga. Lo último que querríamos es tener que comprobar, después de todo lo dicho, que unas y otros son exactamente lo mismo. Lo mismo de siempre.

     

     

     

     

    Notas:

     

    (1)  Richard Rorty, “Movimientos y campañas”, en Pragmatismo y Política, Paidós, Madrid, 1998, p. 74

     

    (2)  Rüdiger Safranski, Romanticismo, Tusquets, Barcelona, 2009, p. 49

     

     

     

     

    Rubén Pardiñas (Vigo, 1976) ha publicado los libros Emancipació, de qué? Una visió pragmatista de l´art contemporani (Premi Espais a la Crítica d´Art en 2001) y Seamos serios, pero no tanto. Arte, filosofía y la persistencia de lo sublime (Premio Caja Madrid de Ensayo en 2003), así como numerosos artículos y entrevistas en medios como Papers d’Art, artszin.net, Enfocarte, A Peneira, Caviar Izquierda, Jot Down o Praza Pública. Fue director de contenidos del desaparecido portal arte-net.org. De vez en cuando escribe y dirige documentales: Lo más profundo es la piel (2004), Fronteiras (Premio AvidHoc en el II Festival Internacional de Documentais de Tui Play-Doc 2006), A terceira póla (2008) y La mirada del pintor (2012). Escribe el blog GrayStar. En FronteraD ha publicado Delirio y miserias de una política galáctica. En Twitter: @rubenpardinhas

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