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Crónicas de asalto el blog de Antonio Mérida Ordás


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14 de octubre, 2015

Al borde de la noche

 

La noche es la noche,

comienza con la mañana,

me tiende junto a ti.

Paul Celan

 

 

Te asomarás a la ventana y fumarás mirando al patio, la imaginarás desnuda en aquel cuarto. Entonces pensarás en el olor a café, a amanecer, a ella, pensarás en que podría caerse el cielo o bien romperse el segundero en aquel preciso instante. Tirarás la colilla y te darás la vuelta asombrado, como en el verso de Alberti, que cuando lo abrazó la mujer se asombró el gallo, y rozará su piel tu piel y así sabrás, con la seguridad con que un profeta anuncia que dos y dos son cuatro, que todo lo demás es secundario.

 

Es cierto que a veces un día de octubre es tan solo otro apartado en la cartilla de otoño, un día cualquiera, y que, a pesar de sus colores y su gusto a calcetines largos, no dice nada. Y, sin embargo, en ese punto es donde empieza a ocurrir algo.

 

Pongamos además, por ejemplo, que este día de octubre del que hablamos cae en viernes, un viernes cualquiera. Un viernes cualquiera de hace un año. Entonces ya puedes remangarte los vaqueros y dejarte la barba decidida, ponte una camisa de colores extraños y dos golpes de alguna fragancia irlandesa. Es viernes de octubre y sales de juerga, como la mayoría de los viernes cualquiera, como cualquier día de cualquier mes que caiga en viernes. Como un finde cualquiera. Bebes ron mezclado con coca cola y un par de hielos ruborizados y el humo de un cigarro te silba las orejas. Hablas con amigas y amigos, y te preguntan por la chica mayor con la que tuviste un affaire hace un par de semanas y tú respondes tímido y no recuerdas ni su nombre, ni si quiera te importaba, si en asuntos de sentirte conquistado eres novato y nunca has mirado con amor la misma falda dos semanas.

 

Tres amigos y tú os subís a un taxi rumbo a un garito mediocre al que tú no querías ir, del cual siempre decíais que allí no se puede conocer a nadie que valga la pena, y aunque vas sin intenciones de conocer a nadie el asunto se te complica a los pocos minutos porque te fijas en alguien, y ese alguien es una chica de piel clara y pelo oscuro edulcorado, que viste unos vaqueros y una camiseta negra ajustada, que baila pegada a la barra y avanza por el borde de su copa con una serenidad pasmosa. Y tú te acercas y saludas. Ella te mira divertida, como una Anna Karina de Godard, que te imita, sonríe, se pone seria, te pregunta por qué la estás mirando así; y entonces se da la vuelta y tú, con el gesto torcido, la ves alejarse pensando en que la noche ya se te ha escurrido.

 

Así que poco después vuelves a acercarte, y ahora consigues que te escuche y que te diga un par de cosas aunque no entiendes bien su nombre, pero esta vez sí te interesa. Te dice que va al baño y nunca vuelve, así que no hay más historia, salvo porque cuando estás a punto de marcharte por la puerta te la encuentras sentada junto al ropero revolviendo dentro de su bolso y no tienes más remedio que acercarte una vez más y decirle una cosa que ni siquiera tú entiendes ni recuerdas, y entonces como por una de esas razones por las que cae por el canto una moneda te está agarrando la mano y te acompaña a la columna que hay frente a la pista de baile, donde te besa, o la besas, y después de tomar un chupito de los que revuelve el alma os salís fuera.

 

En la calle, entre dos coches esquinados te pedirá mientras mea que esperes dado la vuelta y que si puedes cantar algo, así que sorprendido tararearás tres estrofas de Fito Cabrales y ella conocerá la letra y te acompañará. Un taxi parará y subirán ella, dos amigas y un muchacho, así que desde fuera verás como la chica de ojos claros se te escapa, y en el momento en que el taxi arranque, cuando ya des por olvidado su nombre, ella abrirá la puerta de su lado, te agarrará y te subirá entre sus piernas, y el taxista mirará hacia atrás con gesto de no aprobarlo. Vosotros echaréis la mirada a un lado escondiendo las sonrisas, y entonces el coche arrancará y supondréis que lo ha ignorado.

 

Al llegar al barrio donde vive os tocará llevar entre los dos a una amiga suya que lucha por no desmayarse, y entonces ella te preguntará si no tienes nada mejor que hacer, y te lo preguntará varias veces, y tú mirarás el reloj y verás que son las 7 de la mañana y pensarás que desde luego no tienes ninguna prisa. Todo el tiempo del mundo, si estará amaneciendo y será otoño. Ni si quiera llevas reloj. Acostaréis a la amiga en la cama y ella se pondrá el pijama y te llevará a la cocina, donde escucharéis música mientras fumáis en la ventana, te ofrecerá una cerveza con limón que es la última existencia en su nevera y se cocinará una especie de emparedado de pinta más que dudosa. Después de 15 minutos te mirará pensando qué carajos harás tú en su cocina, ella terminará su plato mientras te habla y tú, sin hambre, fumarás sentado y la mirarás, los dos algo borrachos, aturdidos, entonces os daréis cuenta de que estáis sonrojando las mejillas preguntándoos qué coño hacéis ya con el sol saliendo en una cocina de suelo blanco abrazados a un desconocido bailando despacio una canción de los Red Hot. Así que te separarás, reflexionarás, reflexionarás desde la distancia, como quien reflexiona después de un naufragio murmurando que allí no ha pasado nada, y entonces te acercarás en plan aventurero, decidido, lanzando el sombrero por la ventana si lo tuvieras, dispuesto a rodar por aquel suelo grasiento como si el mundo no acabara, rodearás con tus brazos su cintura mientras su espalda se arquea y, con la serenidad de quien sigue tocando mientras se hunde el barco, la besarás. Y seguirá sonando una canción y seguirá el gas encendido mientras la besas.

 

Y así es como un sábado cualquiera te despertarás con resaca en un colchón en el suelo de una habitación pequeña en el medio de un pasillo largo y estrecho que atraviesa una casa vieja en el primer piso de un edificio feo en el cruce de Guzmán el bueno con Alberto Aguilera junto a una sonrisa que te mira entre curiosa y divertida con un lunar en su mejilla izquierda. Y al verla, entre parpadeos que se dilatan poco a poco como una cámara vieja que trata de enfocar sabiendo que lo que reina el encuadre es hermoso, volverás a creer en la sensualidad de las resacas. Su amiga seguirá desmayada en la cama y vosotros, tirados en el colchón del suelo bajo la luz perdida filtrándose por la persiana, como dos desconocidos que intentan presentarse de nuevo, tímidos, contentos, confundidos, hablaréis durante horas, con cuidado, con prudencia, y os partiréis el pecho de risa. Hablaréis de ti, de tu camisa de cuadros manchada, de tu coche aparcado casi en forma de abandono a 25 km de allí; de ella, de que se va al Reina Sofía con semejante dolor de cabeza, de su amiga que está tirada en la cama de al lado, que cuando despierte le susurrará mirándote: "Quién coño es este". Tú la escucharás, atento, como si todo lo que te dijera es aquello de que todo lo que le ha pasado en la vida le ha sucedido ayer, anoche a más tardar, como la Maga a Oliveira. Y entonces no te dirá nada pero ya no hará falta para que sonrías. Ya es tarde, así que te acompañará a la puerta, le acercarás un boli y ella te apuntará su nuevo número de móvil en el costado de tu brazo izquierdo, y se te acercará y cuando prepares tu mejilla ella llevará su boca a tu boca y su lengua a tu lengua y te besará. Será un beso de esos que no te esperas, que te hará bajar las escaleras a trompicones y salir a la calle como si los coches y las bicis y las tiendas no existieran. Que te tendrá los tres días siguientes en vela.

 

Le escribirás impaciente un mensaje, y ella tardará en contestar cuatro días. Pero contesta. Y a partir de ahí os encontraréis para tomar una cerveza y un tinto de verano sosteniendo un cigarrillo entre los labios, le escribirás canciones que no sabes cantar y le dirás que nunca te has enamorado, y cuando te quieras dar cuenta estarás amaneciendo cada dos por tres entre el edredón de su pequeña cama de somier de madera sin dormir, yendo a las prácticas con los ojos rojos y un sueño del carajo de la vela pero tan contento como para sólo pensar en que ojalá pudieras volver sin dormir también mañana. Como para despertar al caer la noche otro día cualquiera. Como el poema de Cortázar:

 

Y cuando todo el mundo se iba

y nos quedábamos los dos

entre vasos vacíos y ceniceros sucios,

 

qué hermoso era saber que estabas ahí como un remanso,

sola conmigo al borde de la noche,

y que durabas, eras más que el tiempo,

 

eras lo que no se iba

porque una misma almohada

y una misma tibieza

iba a llamarnos otra vez

a despertar el nuevo día,

juntos, riendo, despeinándonos.

 

Y un 9 de febrero cualquiera tú te irás, te irás a Brasil y ella se queda. Pensarás, porque no puede ser de otra manera, que tarde o temprano llegará otro día de octubre cualquiera y para entonces ya habrás vuelto, y también habrá vuelto ella. Porque te despediste como quien se sale de la sala de cine con la mejor película a medias.

 

Y tú, que nada te importaba más allá de dos semanas, resulta que ahora el tiempo tampoco te importa un carajo y el frío te importa un carajo y el hambre te importa un carajo y el sueño y el sol y el viento haciendo ruido en la ventana de madera, no te importa la etiqueta ni si es de amor la canción que suena. Lo único que te importa es volver a despertarte un año después y ver que la chica del lunar está otra vez tumbada a tu lado. Tumbada a tu lado con el codo apoyado en la almohada sosteniendo su cabeza mientras la miras dormir, mirándote mientras dormías.

 

Te asomarás a la ventana y fumarás mirando al patio, la imaginarás desnuda en aquel cuarto. Entonces pensarás en el olor a café, a amanecer, a ella, pensarás en que podría caerse el cielo o bien romperse el segundero en aquel preciso instante. Tirarás la colilla y te darás la vuelta asombrado, como en el verso de Alberti, que cuando lo abrazó la mujer se asombró el gallo, y rozará su piel tu piel y así sabrás, con la seguridad con que un profeta anuncia que dos y dos son cuatro, que todo lo demás es secundario. 

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