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    De Oaxaca a DF. Impresiones de un pasajero inmóvil

    Texto y fotos: Ignacio Castro Rey - 08-10-2015

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    Ella sacudió la cabeza como si se despertara de un sueño. Por el techo abierto vi pasar parvadas de tordos, esos pájaros que vuelan al atardecer antes que la oscuridad les cierre los caminos. Luego, unas cuantas nubes ya desmenuzadas por el viento que viene a llevarse el día

    Juan Rulfo, Pedro Páramo

     

     

    El aire silvestre de algunas comidas parece aliado al cromatismo mortal de las paredes. Ocres, azul noche, oro viejo, aguamarina. Las incendiadas fachadas mexicanas son un monumento a la magia de la estancia, de habitar en las sedes. Los colores hacen una morada con la pobreza terrenal de cada sitio. Invitan a quedarse, a demorar los sentidos, como aquel camión rosa que encandilaba a un visitante anglo en Porto. Ya sólo por esto, como tal vez ocurre en ese medio mundo que los pendejos del norte llaman atrasado, los colores indican que estamos en un universo cuya cultura de los sentidos es ajena a lo que nosotros llamamos desarrollo. La velocidad exige otros tonos, tan anémicos como nuestra sangre, esos espacios y colores suaves propios de la pecera de lujo que es el barrio de Santa Fe.

     

     

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    Y después está la percepción flotante del viajero. Fuera de los hábitos que te encauzan en el lugar natal, lejos de casa y del trabajo oyes, miras, atiendes de otro modo, con todo el cuerpo. De ahí la hiperacusia que se siente en algunos lugares de estrépito, la fatiga que producen algunos masificados centros turísticos. Si te liberas del estereotipo que condena el entorno mexicano a la pobreza, no es fácil huir después de una mirada que será calificada de romántica. No es fácil, si vives exiliado en el desierto occidental, dejar de amar toda esta mezcla abigarrada de colores, voces musicales y cuerpos lentos, un poco como los personajes insomnes de Rulfo. No precisamente en los espantosos colores de una televisión completamente ajena a la realidad bizarra del país, sino en los mercados, en las fachadas y calles, en las cantinas y comidas, en el recargado barroco criollo de mil preciosas iglesias. También en la silueta tímida de dos jóvenes de Villa Hidalgo Yalálag, Yaniza y Camilo. Hijos de un dios menor: mera porcelana oscura.

     

     

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    Lo que el occidental, de Australia a Francia, llamaría rápidamente desigualdad y violencia es un magma complejo que viene de muy atrás. Existe, naturalmente, la pobreza; a veces, estimulada o inyectada por el propio Estado. Pero también mil formas de supervivencia y dignidad que los europeos y gringos, casi siempre protegidos por el filtro de sus cámaras, no entienden en absoluto. Con frecuencia se vive en México una dulzura, también masculina, que no es frecuente en medio de lo que llamamos desarrollo. En El laberinto de la soledad se menciona que una mujer casi siempre impone un respeto en México, modula el trato y frena algunos peligros. Es posible que este aspecto del machismo mexicano le haya pasado por alto a algunas feministas del puritano norte wasp. Bajo los rituales del respeto, de una educación esmerada que a veces puede rozar lo oriental, se esconden también formas insólitas de evasión, incluso de desprecio hacia nuestra soberbia. Ellos están llenos de vida, por eso la irregularidad preside todas las relaciones y todavía puede ocurrir algo. Nosotros estamos neutralizados, de ahí la multiplicación de pantallas y prótesis tecnológicas. Hemos conquistado el orden (incluso nuestras protestas, y las relaciones afectivas, son espantosamente cívicas), pero hemos perdido la vida, cualquier gota de sangre en las venas. Hasta el flamenco español se resiente de una clonación que deja para el turismo y el espectáculo la vitalidad que no cabe en el automatismo de la macroeconomía.

     

     

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    Para empezar, nos confunde el mito occidental de la elección. Bajo él siempre elegimos, y consideramos bueno o malo, dentro del círculo vicioso de lo que hemos mamado y heredado. Ninguna cultura es capaz de ver los prejuicios que le permiten ver, estar en el mundo. Así pues, cuando un niño con la boca herida, las manos juntas en una súplica muda, se acerca llorando a nuestro coche parado ante el semáforo en rojo, son posibles muchos efectos distintos entre la indiferencia, el gesto de fastidio o la piedad casi llorosa. ¿Morirá ese chico pronto? Por el contrario, ¿posee su propia y soberana forma de vida, desde la que no nos envidia y en la que jamás entraremos? Quién sabe, pues eso es exactamente indecidible cuando el coche arranca otra vez con el semáforo en verde. Donde quiera que vayamos debemos llevar con nosotros un interrogante abierto. Si no, además, ¿para qué viajar? Solamente el racismo mundial de la información, con su división esquemática de papeles, tiene claro el significado del mundo, su división de riqueza y pobreza, de víctimas y verdugos.

     

     

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    Se puede en aquel momento dar una limosna para quitarnos la molestia y la culpa de encima, pasando otra vez al verde de la fluidez. Deja atrás el dolor, reinicia el día, pasa a la pista de baile. Pero también podemos atrevernos a detener la tarde, dejando que el rojo que para la circulación se convierta en un signo y permita una bifurcación memorable. Al menos por un momento, que volverá, podemos sentirnos hermanos de ese ser lacerado, tomándolo como icono de nuestra dudosa condición. El niño que implora en el semáforo se convierte entonces, incluso si su imagen es sacrificial, en algo más radiante que esas paredes incendiadas bajo los cielos crepusculares de México. De hecho, no fueron solamente Artaud, Malcolm Lowry o Ivan Illich en Cuernavaca. A despecho de su fama de tierra peligrosa, toda la nación está salpicada por miles de visitantes (no sólo estadounidenses) que han decidido quedarse, hechizados por la hospitalidad, la riqueza antropológica, las posibilidades de negocio o la vitalidad abigarrada del país. Es posible que todo México nos recuerde sencillamente que es peligroso y difícil vivir, algo que en el implacable primer mundo, allí donde la religión numérica hace su agosto, hay que aprender por caminos mucho más torcidos.

     

     

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    La violencia de los colores. Se podría volver ahora, sin más, a la manida cuestión de las drogas. No hemos tenido la suerte de otros, conociendo a una chamana que nos guíe por las sendas escarpadas de otra percepción. A decir verdad, tampoco hace falta, por eso no recordamos con detalle las revelaciones de Don Juan a Castaneda. Es posible que la Revolución, que era una subversión de lo inmediato, nos librase entonces de la urgencia de paraísos artificiales. Pero la forma en que entendimos la revolución se prolonga ahora en estas percepciones mexicanas. No necesitamos ninguna droga distinta al espesor de estos colores alucinógenos en las paredes ardientes, de esos cielos que parecen palpitar con un anuncio bíblico, como si las colinas y las propias nubes fuesen un personaje animado. A pesar de muchas precauciones con el agua, durante quince días revivimos el mito de una ebriedad que apenas necesita otra cosa que un vaso de agua. La irrupción triunfal de la planta en nosotros se consigue también dejándose llevar por la marea de lo visible, por ese eco de sombras que arrastra el entorno. Como en la pequeña iglesia de San Agustín Etla, donde mi compañera y yo enmudecimos de emoción ante aquella anarquía coronada. El perro adormilado en la escalinata del pórtico, el viejecito doblado y sordo que barría, los santos policromados en gestos dolientes. Tan cerca de Dios entonces, diría otro Juárez, tan lejos de Estados Unidos.

     

     

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    Si alguien pudiera rezar todavía, sin haber olvidado a qué dios, en qué altar, diría: Señor de todos los hombres, hazte tierra, desciende a la alquimia lenta de estos colores. Incluso la casa azul de nuestra anfitriona, esos amplios espacios con fotos de ayer, su silencioso verde vítreo transitado por empleados discretos, está lejos de una distancia norteña que hace necesarios los estupefacientes para sentirnos vivos. Nuestras categorías críticas jamás pueden abandonar la oposición y la dialéctica: el mundo y la tierra, la ciudad y la selva, el individuo y la comunidad, el concepto y los sentidos. Pero todas las distinciones (y a veces son muy tiernas, como el Studium y el Punctum de Barthes) quedan atrás de esta energía del hormiguero mexicano, donde la distancia crítica es el hábito cultural para exiliarse en un mundo laminado. Todavía hoy el impresionante barroco de origen español sigue mostrando algo inalcanzable para Kant, esperemos que no para Lacan.

     

     

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    Por hacer un chiste fácil, ni siquiera lo nouménico está a la altura de esta intensidad en duermevela de los fenómenos mexicanos, aunque no sean de origen náhuatl, mixe o zapoteco. Lo nouménico kantiano, tal vez lo real lacaniano, respira en Oaxaca en la inmediata viveza del símbolo, del lenguaje y las costumbres, de mil caras de lugares mágicos apenas entrevistos. Toda nuestra mitología moderna, incluso la de corte radical, se queda a las puertas de este templo telúrico y humano que pocos como Rulfo han sabido revivir y en el que Paz es poco más que un turista inteligente y atento. Hasta Heidegger, con o sin Malick, parece más apto para compensar la planicie protestante de Texas que para el abrupto relieve antropológico del pueblo Díaz Ordaz, de los barrios de Condesa o Coyoacán. Aquí las plantas, las casas y la pintura, son ya otro personaje, cargado de murmullos y voces. La mera figura de Pedro Páramo está prensada con mil estratos, no sólo el recuerdo suspendido de Susana y sus ojos aguamarina. Aunque es cierto que muchos mexicanos no necesitan leer Pedro Páramo. Sería incluso una redundancia. Están demasiado cerca de ese abrazo de la vida en la muerte y es comprensible que quieran librarse de él. Los otros, los intelectuales que flotan en un parque temático cultural o universitario, viven demasiado lejos de un México profundo que tal vez ni puedan despreciar.

     

     

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    Cuando por fin llega, lo que llamamos nivel de vida define, selecciona, dibuja un campo más o menos concentrado de enseres y seres. Expulsa al exterior de la tierra, a esa masa parda de humanos ajenos, o al interior de las almas, al misterioso prójimo del ascensor, todo lo que sea atraso, peligro o miseria. Frente a esto, el magma mexicano sigue enseñando la importancia estética, vital y ética de mantenerse en la indecisión, en la duda, en la inseguridad. De mantenerse en un pragmatismo abigarrado y complejo que utiliza constantemente una tecnología punta, acoplada al cuerpo y los sentidos, para regresar sin descanso a un territorio inestable. Lo nuestro, en Europa y sus satélites, es la pobreza de la riqueza, ese silencio oscurantista de los ambientes climatizados. Lo propio del México real es esta lujuria de la pobreza, una expresión multicolor y ambigua, a veces muy silenciosa, que brota del borde del mundo. La depresión, en el universo desarrollado, es el efecto de rebote de una lucha por la supervivencia que nosotros creemos haber dejado atrás. Como si esa tristeza que se siente en nuestros escenarios diseñados (confort, consumo, tecnología, geometría urbana) fuera un castigo divino por haber pretendido esquivar lo obligación moral de la escasez, de sentir los límites de la tierra.

     

     

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    Extra grande para tapar el silencio de las raíces, la ausencia de sustancia. El tamaño es el sucedáneo pueril de una cualidad real para la cual los occidentales ya no tenemos ninguna tecnología intuitiva. Esas habitaciones king size de los hoteles de Santa Fe, por ejemplo, donde la cama es tan grande que puede producir pesadillas. Mamíferos de costumbres, nos resulta un poco difícil dormir en esos espacios abstractos, ya que en ellos apenas encontramos un hueco. Solamente un primario sentido del humor, a veces del amor, o un sextante para la provocación, para la sorpresa o la tristeza, logran eventualmente un poco de relieve en esos escenarios aplanados por el lujo. Todos los que en México o en España huyen del relieve, de una misteriosa cualidad real que asocian con el atraso y la pobreza, entienden la vida como una planificación detallada, una oferta constante que debe amurallarnos y protegernos de la mugre. Hasta en los restaurantes caros de Oaxaca se nota (en el diseño de los platos, en las prisas del servicio) una pérdida de vitalidad, de la paciencia y la sorpresa, a manos del automatismo. Igual que pronto ocurrirá en Madrid, en los locales caros mexicanos la medida calculada del whisky ofende no sólo por lo exiguo, sino sobre todo porque sea exactamente calculada. Así es nuestro paraíso, lo contrario del maravilloso pierdealmas que es el mezcal: un orbe rápido, regulado por el reemplazo y el halo de seguridad que genera. El estrés nos libra de la gravedad. Pensando en nuestra metafísica del control, que siempre deja a la humanidad y a la tierra fuera, alguien ha dicho que la esencia de la economía nunca es económica. Se trata de un álgebra de oposiciones que siempre deja la comunidad del encuentro, y el riesgo de la alteridad, para mañana. Pero sin riesgo no hay vida, ni común ni singular, sólo la eutanasia compartida de esta desaparición solipsista.

     

     

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    Querido Karl, ¿dónde estabas mientras se producía esta jibarización de la economía política, esta distribución masiva y voluntaria de la alienación, esta democratización mundial de la auto-explotación? Se da una curiosa paradoja. Nos conocemos, a los demás y a nosotros mismos, en la medida en que estamos encerrados, presionados y apretados, más o menos como en El ángel exterminador. Al decir de un viejo refrán, a los amigos se les conoce en las dificultades. Afortunadamente, en el fondo siempre estamos rodeados (prejuicios, lengua, cultura natal), aunque nuestro entorno climatizado y global simule justamente lo contrario. Basta una broma un poco provocativa para que se precipite la presión de una escena, un encierro que muestra quién es quién. Así pues, la provocación, convocando un mundo elemental, es necesaria para desenmascarar la aburridísima hipocresía urbana. En tal aspecto, en el bufón de la corte (¿también en Cantinflas?) siempre se esconde un dramaturgo, una ironía sin la cual no hay ningún parto. Es necesario, una y otra vez, resucitar el indígena que llevamos dentro para romper los protocolos policiales del día y que el fin programado del mundo (sea en forma de turismo, de cultura o de entretenimiento) no se convierta en un menú total, sin escapatoria.

     

     

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    Diáfano campus universitario en el DF. Vigilancia integrada, sin necesidad de vigilantes. Árboles alineados y desinsectados, con una franja blanca que los inmuniza de la tierra. Y en la juventud estudiante lo mismo, con un tránsito incesante que conduce en cien direcciones posibles y protege de la incertidumbre. Aunque Mauricio insiste en que la UNAM es otra historia, parece que el pacto de las especialidades, el estrés y la competencia nos libran del espectro de lo real. El caso es que es muy fácil simular esta simulación, disfrazarse en esta actividad múltiple. Siempre se podrá decir: En medio de vosotros hay uno a quien no conocéis (Jn 1, 26). De ahí algunos de nuestros terrores durmientes, a veces en mitad de la mañana. Incluso en los más climatizados escenarios, para bien o para mal, late siempre un inescrutable factor humano. La humanidad de algunos guardias, taxistas y vigilantes. El humor discreto de algunos empleados y jardineros. Incluso algunos estudiantes que sonríen, algunos profesores que hacen afirmaciones irónicas y hasta preguntas reales. Más tarde una chica deficiente, en mitad de un pasillo de la Ibero, emite sin pudor sonidos guturales, aunque nadie parece hacer mucho caso. Poor little thing. ¿Quién la acariciará antes del anochecer? ¿También allí habrá dioses? Esperemos que sí, aunque a veces parece que el Lager estadounidense alienta cerca de estos decorados y sus murales postmodernos. Si repasamos el comienzo de Elephant (Gus van Sant, 2003), con aquella violencia afelpada y minimalista, recordaremos también que todo lo rechazado como mortal volverá como letal. ¿Hay ya una versión mexicana de esta intrincada ley del péndulo?

     

     

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    Sí, la hay. Si al estadounidense medio, digamos, corresponde un exterior espectacular que casi carece de interior, con frecuencia el mexicano podría padecer un interior que no logra ningún exterior. Salvo tal vez en las bromas íntimas del trabajo, en la canción, en la comida y la conversación, en el amor y las lágrimas que derrama el mezcal. La timidez del público mexicano, su encantadora educación con el extranjero, tiene tal vez el contrapunto de esa pillería que ocasionalmente puede atrapar al turista. O bien unos inesperados brotes de violencia que resultan fulminantes. Como una de las peores herencias hispanas, el virus del auto-odio y del auto-desprecio campa por la mitad de México, haciendo a su habitantes potencialmente esclavos de mitologías extranjeras. El problema, en España o en México, no es que se hable mal inglés, sino que se habla mal español, yaqui o gallego. Aunque un taxista llamado Mario, desde su privilegiado puesto de observación, nos dice: “Mire, no es que no estemos orgullosos de ser mexicanos, es más bien que eso se lleva por dentro”. Pero quizás aquí radica un problema: sólo por dentro, como dice a veces Paz. Acaso si tomáramos en serio a Luis Villoro, a las fotografías de Rulfo, la modernidad mexicana partiría de asumir cierto esplendor de la pobreza. De convertirla en bandera, en riqueza antropológica, literaria, cultural y económica.

     

     

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    Es posible que a todo eso, desde esta Europa castrada, le siguiéramos llamando populismo. Pero no es imprescindible imitar al Norte, esa religión de la alta definición que ignora el reino de las sombras. Como las mujeres, los latinos podemos mantener, en el extremo de nuestra tecnología punta, una alta indefinición, una buena relación con la duda. Podemos ser capaces de sentir, pensar y vivir con lo más atrasado de nosotros mismos. El dilema podría ser: ¿cómo ser contemporáneos, y desenvolverse bien en inglés, sin ser estúpidos ni caer en la barbarie cultural del norte? Es posible que entre Rulfo y Paz, entre Villoro y Krauze, esté latiendo una polémica parecida a la que había entre Ortega y Unamuno acerca de lo que significa ser modernos. En España ha ganado claramente Ortega, pero eso nos ha convertido en patéticos habitantes de una nación que ha desmantelado todas sus formas de vida autóctonas a cambio del bienestar normalizado, de la religión del consenso y el turismo. ¿Seguirá el mismo camino México? No parece probable, pues ellos tienen lo que los españoles hemos perdido, una buena relación con lo trágico, con lo no reconocible por la historia. Según Carlos Fuentes, un viejo orgullo enterrado.

     

     

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    Imagina que odias el turismo, también como forma de venderse. Órale, dice Araceli. Odias por tanto la nube de vendedores fijos y ambulantes que te asalta cada tres metros en las pirámides de Teotihuacán para venderte algo, reflejos oscuros de obsidiana o gritos de jaguar enlatados. Ahora bien, ¿cómo vas a condenar ese mercado, o la picardía de los guías, si en principio eres un pendejo europeo que vas allí a coleccionar fotografías de lo que para ellos es su vida? La fotografía es potencialmente ofensiva, pues convierte en pintoresco, en estético souvenir, lo que para otros es una forma de vida. Es normal entonces que la víctima local, si acepta prostituirse, ponga un precio; igual que aquel paragüero de Santiago que cobraba por cada foto que le hacían los turistas. Como razonando: “¿Me encuentran pintoresco mientras yo lucho por vivir? Muy bien, paguen”. La modernidad mexicana no quieren ser perdedora, ni identificarse con los indios vencidos. De ahí la mala relación del Estado con el orbe indígena. Un amigo judío del DF, un poco atormentado, recuerda una freudiana “doble identificación con el padre agresor, conquistador, y con la madre indígena violada”. Claro, si fuera simplemente así, poco se podría hacer con esa mezcla. Afortunadamente, nuestro amigo también lo sabe, no es del todo así.

     

     

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    Detrás de toda esta complejidad late una certeza que ya es posible confirmar en el Reino Unido, en Austria, en España y Rusia: no hay clase peor que la de los nuevos ricos, esa ferocidad ex-rural por negar las raíces, todo lo que huela a lentitud, y subirse a toda marcha a una opulencia obscena. De ahí proviene esa voluntad provinciana de ostentación, tan vulgar en Madrid como en el DF o en Miami: retirarse a una pantalla, o a una mesa abarrotada todo el día, atendida por una nube de sirvientes, ofertas, preguntas, camareros y música. Hacer ruido, compartir, beber, bromear, saltar, bajo un espectáculo a todo volumen. La pornografía de Facebook casi está hoy empotrada en la calle. Igual que en España, Colombia o Italia, pero si cabe con más énfasis todavía, pues el estruendo mexicano de la aldea global debe rellenar el pánico ex-campesino a que vuelva la grieta local. Nuestro mundo, con el ideal de una única clase media, está dirigido sin ninguna clase por una laya de expertos que quiere escapar a toda costa del campo. El pánico al vacío preside esta enorme clase media que no quiere saber nada de la pobreza. Y para ello aparenta, endeudándose con camionetas cuasi militares y pantallas gigantes. Un encantador líder campesino de Yalálag hablaba de volver a la tierra y a la sencillez. Pero la consigna de moda en las megápolis, sean París, Los Ángeles o el DF, parece ser: Antes muertos que sencillos. La complejidad consumista, su velocidad de reemplazo, es el nuevo Dios que, también en los afectos, nos salvará de lo elemental. Es como si el uno de la represión patriarcal hubiera sido sustituido por lo múltiple de una represión matriarcal, mucho más eficaz. Un joven campesino gallego decía este verano de la economía europea: Vivimos bajo una dictadura, pero todo el mundo finge estar contento.

     

     

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    Si lo ético es mantener una profunda relación con la indecisión y la duda, porque eso es sencillamente el ethos común de los mortales, el estruendo del consumo, tanto en el DF como en Ámsterdam, debe sellar ese vacío. Si lo humano es mantener una buena relación moral con lo inhumano, decía el poeta Gary Snyder, nuestra tardomodernidad acelerada debe censurar esa falta. Y esto, que la angustia no sea palpable por ninguna grieta, no deja de ser el colmo de nihilismo. En algunas urbanizaciones, en algunos hoteles y campus universitarios, la angustia puede entonces consistir en que nadie la siente ni la atiende. Como tantas veces ha insistido Baudrillard, y después Tiqqun o Han, una de las cosas más características de la opulencia occidental es la tristeza inexpresable de su confort, la depresión anímica que es el reverso de su automatismo. Exactamente igual que el lujoso hotel donde vives en el DF, un encantador y terrible desierto amueblado. Una pecera ingrávida, sólo coloreada por el encanto moreno de algunos empleados. También, hay que decirlo, en aquella inolvidable terraza nocturna del último piso, con una riada de luces parpadeando hasta el horizonte.

     

     

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    En muchos escenarios populares, sin embargo, no sólo en los mercados de Oaxaca, la pobreza juega por todas las esquinas con los destellos de su secreta riqueza, una felicidad que sólo puede brotar de los bordes, del roce con la mugre y lo incierto de los límites. La ausencia de tierra y traumas nos anula y neutraliza... de paso que nos convierte en monstruos, indiferentes al prójimo y gobernantes de un nuevo esclavismo legal. Se dirá que es fácil hablar así desde la moqueta del confort. Pero no, no es tan fácil. Ya sólo hablar así deconstruye parte de nuestra moqueta, pues obliga a buscar una línea material de choque, de roce con los límites. Nadie elige el nivel social y material en el que ha nacido, que además tiene múltiples facetas, pero sí es responsable de las decisiones morales destinadas a hacerlo humano. Tanto si vives en un barrio destartalado de Jalisco como en una privada de San Sebastián Tutla, la tarea ética y estética es siempre la misma: allí donde estés, perfora la costra de las situaciones, busca dialogar con la vida mortal. Aunque sea haciéndole a los desconocidos preguntas forzadas. Solamente un puente con el demonio, con el mal de lo real, puede salvarnos de ese infierno radiante de lo igual. Salvarnos de esa violencia sorda del confort que Borges asociaba a un abuso metafísico de la democracia. Pasolini diría: Os odio, hijos autistas de la opulencia. Nosotros, hijos de su cristianismo roto, estamos obligados a jugar con otras posibilidades. Una mano en Teresa de Calcuta y otra en Marilyn Manson. Es de suponer que esto, precisamente en México, se puede entender muy bien. Hubo un tiempo en que cierto noroeste lo dijo así: “Dios es bueno. Y el diablo no es malo”.

     

     

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    Es cierto, de nuevo, que esto resuena fácilmente a romanticismo de clase, a un diseño de una moda que busca, desde la altura de su lujo, completarse además con un gesto de alternativo de vanguardia. ¿Indies y hipsters de alta definición? Lejos de esta tontería urbana, para compensar política, ética e incluso médicamente nuestro grado de bienestar, se debe buscar vivir, pensar y sentir con lo más atrasado de nosotros mismos. Lo otro es perpetuar la peligrosa ilusión de lo homogéneo, en los cuerpos y en las mentes, en la vida propia y en la de los otros. Es necesario entonces, para seguir vivos, romper los protocolos del día, esa distribución policial de la visibilidad. Nunca mendigues reconocimiento: ¿Quieres vivir? Arma una modulación de tu fuerza, dialoga con el miedo. Tal vez esto exige ser un poco extranjero siempre, forzando las confidencias que hace (y se le hacen) solamente el que está de paso. Cada nación merece una antropología en crudo. Es más, sólo puede salvarse de los estereotipos por ella, liberándola del impresionismo de la información. Así, entre Oaxaca y el DF, a veces platicas con tu compañera de viaje como se platica antes de dormir, como si fuera a acabarse el día o ese minuto fuera el último. ¿En un tiempo que remata en cada aliento? Sí, pero no es tanto que el tiempo se detenga, como que el tiempo mismo vive sin tiempo, fuera de toda cuenta. Tal vez la puntualidad mexicana es aproximada (aunque también sobre esto hay estereotipos), y casi nunca se llega demasiado tarde a las citas, en virtud de este tiempo maleable. El orden urbano tiene el reloj. La vida popular tiene el tiempo, grietas y espacios de vida en el tiempo.

     

     

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    Millones de mexicanos se pasan el día comiendo en la calle. Así no hay forma, claro, de mantener la línea, la del progreso. En conjunto, en México se come demasiado bien para que el país abandone el pequeño retraso propio de una país en vías de desarrollo. Ahora bien, para ser una nación avanzada hace falta comer basura, de la misma manera que es necesario tener una vida triste, y eso por ahora no parece que en México vaya a ocurrir. Huachinango con hierba santa. Tortas y mole negro con guajolote. Chapulines (grillos) y sal de gusanitos de maguey para acompañar la copa de mezcal. Incluso sopas enchiladas a horas tardías. Los deliciosos sabores mexicanos son a la comida lo que los matices son a la vida. En un caso y en otro, si hay riqueza popular, todo se juega en los detalles, las especias, los picantes y las salsas. Riqueza, vital y gastronómica, que se estropea con su estandarización turística, aunque sea de un supuesto alto nivel. Y se estropea también con esta ansiedad típicamente industrial que lleva a comer todo el día y a pasarse el día entero hablando de comida. Rodeando además los alimentos de una patética ilustración especializada, con su pretendido alto vuelo. A veces, sencillamente, no sabemos cómo tapar el vacío. El metalenguaje culinario es ridículo, un triste sucedáneo de nuestra pobre relación con la potencia de los materiales terrenales. En este aspecto, los mejores restaurantes de Oaxaca son con frecuencia los más populares, fuera casi siempre de las guías. Y en el DF hay que decir que no es menos atractivo el Salón Victoria que el Nicos, aunque la fama se la lleve casi siempre el segundo.

     

     

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    Es fundamental en la comida, como en el sexo, no pasarse el día pensando en ello, ni rodear los elementos rituales con una cultura masiva, industrial. Como la libertad o el erotismo, la buena comida nace de la necesidad, de una relación con los límites. Los alimentos se preparan en una cocina, y ésta (la de Teresa y Juana en Yalálag) condimenta sustancias que antes, en estado crudo, han rodeado al hombre y se han sudado en la suciedad de la tierra. Por paradójico que parezca, no hay buena mesa (la de Yira y Jonathan en San Francisco Tutla) sin una referencia de pobreza, sin trabajo, sudor y putrefacción terrenal. El sabor y el olor tienen que ver con materiales finitos, sustancias de equilibrio inestable que se pueden estropear. Convertir la comida en un espectáculo televisivo, con esos selfies en el caro restaurante de moda, es la señal de que entramos en la vía de la extinción. Extinción por imagen, podríamos decir, por sobreabundancia escénica; por alta exposición y maquillaje. La comida transgénica es, en este sentido, el equivalente gastronómico de tantas estrellas de cine estropeadas por el esplendor de lo idéntico, con el diseño exitoso de todos sus detalles. Bajo el dictado empresarial de lo homogéneo, como esas mazorcas de maíz iguales, al poco tiempo los humanos no tienen literalmente nada que decir, nada que vivir. ¿Qué emoción van a transmitir en las pantallas si ya no saben nada del infierno? A nuestra cultura urbana le cuesta entender que el choque con los límites, el fracaso, nos adelgaza y nos arma, manteniéndonos jóvenes. El éxito, por el contrario, encarna un peligro mórbido, la miseria de un envejecimiento por obesidad. El cáncer sólo concluye después una metástasis que ha empezado antes, en la expansión, sin sangre ni silencio, de los estilos radiantes de vida. También en esos platos cuyo perfil queda tan fotogénico en Facebook como el de los humanos casados con su propia imagen.

     

     

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    Si el capitalismo es un gigantesco globo hinchado por la huida, lleno exactamente de la expansión de la nada (preferimos el nihilismo al algo sucio de la tierra), su norma es mantener el pánico a cualquier singularidad exterior, que será sentida como un potencial pinchazo. De ahí que todo el mundo, en un orbe de opulencia, se blinde. Porque es cierto, como recuerda un vivaz profesor español, que lo real siempre vuelve, que los espectros siempre regresarán. Es así que también el extra grande mexicano se defiende como puede del magma popular de la nación, de su mezcla y peligrosidad, del pequeño detalle indígena. El desarrollo exige separación, una distancia y desarraigo que es el combustible del despegue. De ahí que cada institución privada que se precie (urbanizaciones, universidades, empresas) levante un muro de barreras y guardias armados por todas partes, casi siempre con chalecos anti-bala. Como contrapartida, el gobierno, al menos en Oaxaca, ha hecho casi imposible la tenencia legal de armas, excepto un pequeño calibre que apenas sirve para cazar.

     

     

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    Calle Madero, La Alameda, el Zócalo. Fuera de la amplia zona del centro, el crecimiento inorgánico de la capital ha integrado como barrios lo que antes eran pueblos: Condesa, Coyoacán, Roma, Polanco, Santa Fe. Esto por no hablar de los miles de casas de colores, en condiciones inciertas, que se extienden en las afueras. Todo es tan apasionante, sobre todo la obra en marcha que son las calles, que apenas se tiene que recurrir a la agobiante oferta programada, al turi-terrorismo de la visita guiada. Hasta buena parte de los museos pueden dejarse para los tiempos muertos, que casi nunca llegan. Ya el tráfico del DF es una expresión del peso de lo informal en México, de un empuje americano que difícilmente puede tener regulación al estilo europeo. Al volver, ya desde el avión, la geografía nocturna española (con luces geométricas incluso en los pueblos) señala que volvemos al imperio europeo del orden y la seguridad. Las serpientes luminosas indican que estamos muy lejos del brasero desparramado que es México. ¿La madre patria reniega entonces de sus hijos naturales, como si vinieran de fuera de cualquier matrimonio? Mientras tanto, los imponentes carros de potencia estadounidense corroen el espacio de los peatones en los pasos cebra. Incluso los peatones de primera clase, en las zonas caras, deben esquivar la presión con cuidado. Por no hablar de esos topes, sin señales visibles, que te pueden reventar el coche si circulas a 60 kilómetros por hora. Dan idea de lo salvaje que ha sido aquí la circulación, y del número de atropellos, antes de que los vecinos o las autoridades hayan decidido esa medida drástica. Topes tan terroristas como una circulación que, sencillamente, te puede impedir cruzar durante media hora interminable. La agresividad de la grúa, literalmente persiguiendo a los coches mal aparcados para engancharlos por debajo, recuerda otra vez que no estamos en la dulce e hipócrita Europa.

     

     

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    La globalidad sigue siendo inmoral y una inmensa falacia. Bajo su retórica mundial, que impone una homogeneidad que ha venido de la niebla del norte, los hábitos locales continúan siendo escandalosamente persistentes. Fuera del DF, los microcosmos mexicanos, y un magma social explosivo, continúan siendo ajenos a la capital, y unos a otros. Por eso todos los centros estratégicos, de los restaurantes caros a los aeropuertos y las universidades privadas, se blindan con barreras y guardas de seguridad. Tal vez cada nación es una relación con el mito, el mito que le da forma al enigma de vivir en “este valle de lágrimas” (Rulfo). México llena como puede ese vacío, las dificultades que tiene para apoyarse en un pueblo, en los pueblos tan distintos de su tierra: la comida y el trabajo incesantes, el tamaño extra en tantas cosas, de la hamburguesa a los carros... La música atronadora o el aullido del fútbol llega hasta los mismos sanitarios, donde casi tienes que concentrarte para poder orinar en paz. En efecto, para algunas almas sensibles, la angustia podría consistir en este orden espectacular en el que la tristeza parece prohibida.

     

     

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    Ya solamente el enjambre antropológico que se extiende a los pies de Monte Albán indica que, aun suponiendo una clase política normal (“¿Qué podría significar eso?”, dice con sorna Gibrán, uno de mis interlocutores en el DF), esta nación es muy difícil de gobernar. En Estados Unidos existió desde el comienzo, por el tipo de conquista y civilización, si no unas clases sociales homogéneas, sí una élite política implacable (que no se mezclaba) y una organización moderna que facilitaron el gobierno. En México, a pesar de ser desde el comienzo la joya de la corona española, el caso es muy distinto. Toda la historia mexicana está llena de tirones, de pronunciamientos, de contragolpes e inestabilidad. Cuando por fin se alcanza una estabilidad institucional, con el PRI (Partido Revolucionario Institucional) u otros, es al precio de una degeneración burocrática que alcanza el esperpento. Un poco como en España, la competencia entre la autoridad estatal y la federal, superpuesta a los distintos estados, es fuente de mil corrupciones. Mientras tanto, la enormidad del país, sus mil tensiones internas, la cercanía explosiva y un poco humillante de Estados Unidos, separa a México del conjunto de Latinoamérica. Dentro de ella, tal vez solamente Colombia o Brasil pueden compararse a México en cuanto a potencia geográfica, humana e industrial; en cuanto a tensiones internas y peso del liberalismo.

     

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    Luchas en el estado de Guerrero, de Oaxaca, de Chiapas... Es normal que los militantes anómalos de Comité Invisible, prácticamente desconocidos en México, estén fascinados por casi todos los experimentos de revuelta que se incuban en el país. No sólo se debe a la dimisión o torpezas del Estado Federal tal proliferación subversiva. Pero los líderes campesinos de Yalálag sugieren, tal vez con razón, que parte de la contestación (también la de los maestros) se limita a reproducir, en el plano gremial y sindical, la sordera sectaria de todo lo político. Es como si los narcos solamente llevasen al extremo el sectarismo gremial o regional que caracteriza a la globalización mexicana. Tlacolula arriba, la carretera que parte de Oaxaca hacia los barrios de Yalálag, pasando por los pueblos mancomunados de Sierra Juárez, por Cuajimoloyas y Llano Grande, da idea de un abandono estatal que casi deja en pañales al nepotismo español. Sólo por ese índice no es extraña la desconfianza mexicana hacia todo lo estatal. Es como si ese maltrato sistemático del Estado, que ninguna de las revoluciones supo arreglar, explicase tanto el poder de los narcos en algunos estados del norte como el poder magnético de ese otro super-narco que es, para medio universo mexicano, la elitista democracia estadounidense.

     

     

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    Un poco como en España, en México todo lo que venga del estado, incluido Octavio Paz, es visto con una lógica desconfianza. Es posible además que las dificultades para un enemigo exterior (Estados Unidos es demasiado fuerte; Centroamérica, débil; el sur del continente y España, lejanos) haya contribuido a mantener esta parcelación localista que recuerda un poco a la algarabía regional y local española, en parte de origen árabe. Aun suponiendo que, como en todas partes, los políticos no fuesen tan endogámicamente ineptos, la complejidad de la antigua Nueva España es muy difícil de gobernar. Haría falta la crueldad de un Cortés, o el estado fuerte de los vecinos del Norte, o el de un Putin, para sobreponerse a esa explosiva energía centrífuga mexicana. En todo caso, ¿permitiría la gran democracia del norte que México se hiciera realmente independiente, de alguna manera nacionalista, con un gobierno fuerte? La respuesta es más que dudosa. La hipótesis de una guerrilla narco alimentada por el mercado del norte, como un mini estado que le disputa permanente el poder al Estado Federal, es un ejemplo de que Washington está poco interesado en la fortaleza mexicana. Ni siquiera en la limitada medida que lo sea un Canadá, que además no tiene 20 millones de pobres dentro del imperio. Con Obama o con Donald Trump, Estados Unidos hará lo posible por estresar y endeudar a México, como lo ha hecho con medio mundo que no es angloparlante. ¿Por qué engañarnos, hoy, en cuanto a este aspecto terrible de la modernidad? Naturalmente, esto no le quita a los propios mexicanos, en los aciertos y en los errores, su responsabilidad.

     

     

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    Es sabido que conforme crece el crimen organizado, casi automáticamente descienden los delitos menores. Cada mafia, sea estatal o antiestatal, reclama sus privilegios. En la medida en que crece el poder de los pequeños estados narco, decrece la delincuencia común. Y viceversa. No tiene sentido asaltar a viejecitas al anochecer cuando eso perturba un negocio mucho mayor. A diferencia de la apacible Suecia (engañosamente apacible, fíjense), todo el mapa mexicano, desde la historia a la geografía, facilita lo que un europeo llama inseguridad. Pero hay que decir quizás, a pesar de unas estadísticas pavorosas, que el problema en México, la primera línea de la violencia, igual que en España o Francia, no es la muerte violenta, con cadáveres descuartizados en primer plano. El drama moderno de la normalización, para el cual no existe nunca una suficiente definición, es el final a plazos, la muerte lenta sin cadáver. No hace falta leer a Foucault o a Baudrillard. Por cada cuerpo destrozado, de mujer u hombre, hay mil seres humanos vencidos en silencio. Este es un aspecto de la modernidad en el que algún día tendremos que entrar y, sobre el cual, el imperio informativo que nos sirve los cadáveres del desayuno diario no tiene nada que decir, pues tal imperio se mueve (en plena época digital) por esquemas groseramente analógicos. Análogos al espectáculo mundial que blanquea nuestro malestar. Ese tipo de condena democrática e industrial que tiene que ver con el desánimo gradual, con la sobreexplotación laboral privada y pública, y una depresión reptante que no tiene fácil diagnóstico. Tenemos constantemente en pantalla las muertes violentas, el cambio climático y el negocio del apocalipsis, para ocultar un arrasamiento de las interioridades que no tiene precedentes. El espectáculo del fin del mundo seguirá tapando, en México y en Canadá, la normalidad numérica de la extinción.

     

     

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    Además, buena parte de la clase media mexicana, por no hablar de los 80 millones de pobres, ni se enteran de los horrores que escandalizan al mundo de los medios. Ya la vida de esos pobres es suficientemente espectacular. Con frecuencia el mexicano medio, también los guanabí (I wanna be) que quieren medrar, están demasiado inundados de trabajo, de sol a luna, para ocuparse de las noticias. La información es una cosa de ricos, materia prima exterior, manipulada de cabo a cabo, para llenar vidas vaciadas por el nihilismo de la velocidad. Lo trágico es que la misma sociedad que necesita esa información facilita también los sucesos y las mafias que los producen. ¿Las mujeres desaparecidas en Ciudad Juárez, que tanto juego han dado en nuestra literatura de consumo, no tienen algo que ver con una forma elitista de diversión? Se decía en Bowling for Columbine: la información, desde el punto de vista objetivo y subjetivo, no sería nada sin una gobernanza basada en el entretenimiento. La humanidad elegida como esclava de la globalización, en Sevilla y en Puebla, ha de ver cada día a gentes a las que todavía les va mucho peor. También la violencia está en esa espantosa televisión que retransmite obscenidades sin fin, a espaldas del país real. También la violencia proviene del Estado, y no en los ocasionales demostraciones de fuerza, sino en la soberana indiferencia con la que trata a parte de la población. Si no fuese por eso, el poder expandido de los narcos (que a veces hacen el papel criminal, benéfico o justiciero del Estado) sería inexplicable.

     

     

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    Un profesor de la Universidad Iberoamericana sugiere, medio en serio medio en broma, que la especulación de un contacto extraterrestre en las culturas precolombinas puede tener un trasfondo racista. A falta del radiante Estados Unidos, argumenta Francisco, tuvo que haber una ayuda externa: ¿cómo si no pudieron esos pueblos atrasados lograr una cultura y unas construcciones tan refinadas y monumentales? El caso es que, como tal vez ocurra en Perú y Bolivia, el peso de las comunidades indígenas es sentido con frecuencia como un lastre en el resto del México mestizo y más desarrollado, aunque esto no se formule explícitamente. A veces el físico de algunos campesinos podía ser directamente asiático, indonesio o japonés. Incluso podrían darse similitudes con la India en esta multitud oscura vestida con colores vivos, en sus minitaxis de tres ruedas, en las inmensas cuestas que llevan a algunos núcleos apartados. No sólo el Estado ignora mientras puede la diferencia cultural y los derechos de mixes, otomí y zapotecos, sino que probablemente subsiste un racismo multidireccional en la sociedad civil, no sólo de los mestizos blancos hacia la gente de color. Esto se junta a la justa queja moral de algunos líderes indígenas, conscientes del abandono creciente de la tierra, la voracidad del consumo en el mundo exterior, la caída de la natalidad entre ellos y la huida de los jóvenes.

     

     

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    Solamente por el estado de algunas carreteras, a veces parece que los antiguos conquistadores españoles, con toda su crueldad, se tomaron algunas molestias que hoy el Estado mexicano se ahorra. Como ocurre en otros lugares de Latinoamérica, hay sitios remotos a donde sólo llega la lluvia y el sol, la televisión y algunos misioneros. Aún así, algunas culturas mesoamericanas subsisten muy bien organizadas, manteniendo un grado de independencia y dignidad incomparable al de otros núcleos indígenas en el mundo anglo. En diminutas parcelas castigadas por la sequía de este año, la cultura del maíz produce en el microcosmos de las milpas casi todo lo que necesita una familia: frijoles, calabaza, chile.... La gente ha aprendido a organizarse al margen del Estado, aparte incluso de los casos extremos. Por decirlo del todo, en las comunidades zapotecas de Yalálag se mantiene incluso el horario tradicional, una hora menos de lo que dicta el resto del Estado.

     

     

     

     

    Ignacio Castro Rey es doctor en filosofía y reside en Madrid, donde ejerce de ensayista, crítico y profesor. Entre sus libros últimos cabe destacar Votos de riqueza (Madrid, 2007), Roxe de Sebes (A Coruña, 2011) y La depresión informativa del sujeto (Buenos Aires, 2011). Sobre el freno al pensamiento en Occidente y otras cuestiones afines, el autor ya ha dicho casi todo lo que tenía que decir en su último libro Sociedad y barbarie (Melusina, 2012). En FronteraD ha publicado, entre otros, Marx en red. (El origen de la religión verdadera), Cuarteto neoyorquino y El cuerpo de la desintegración, y mantiene el blog Crítica y barbarie.

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