Foto: Sergio Larrain

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    Sergio Larrain

    José Manuel Navia - 23-02-2012

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    No podía ser de otro modo. El fotógrafo chileno Sergio Larrain murió el pasado siete de febrero como había vivido buena parte de su vida: sin hacer ruido (a lo mejor por eso los grandes medios, con tanto famoso muriéndose por ahí, apenas se han enterado). En realidad llevaba casi cincuenta años apartado del mundo, viviendo en Ovalle, una población al norte de Santiago, hacia el interior de Chile. Aunque muchos dicen que no, que realmente no vivía ahí, sino en una pequeña aldea de por allá, aún más apartada... 

     

    Nunca hay demasiadas certezas en torno a Larrain. Nunca tuvo él mucho interés por hablar de sí mismo, y cuando lo hacía era mediante datos siempre inconexos. Por cierto, no creo que estuviera muy de acuerdo con esta afirmación de que se apartó del mundo, pues él diría que realmente de lo que se había apartado era del tráfago de los días para, precisamente, poder estar más cerca del mundo, para poder establecer una comunión más profunda con el Universo, rodeado de las lecturas de los grandes maestros de Oriente y Occidente que le acompañaron durante toda su vida: Lao Tsé, Buda, los sufíes, Patanjali... Y Verlaine, Shakespeare, san Juan de la Cruz o Antonio Machado, entre otros. Los que él, desde una mentalidad profundamente abierta, consideraba “los clásicos espirituales”. Con la cámara definitivamente guardada en un cajón, antes de cumplir cuarenta años se retira a Ovalle en busca de una vida sencilla y de cercanía a la naturaleza, que tal vez le devolviera el sabor de sus mejores recuerdos. “Cuando estudiaba, salíamos de excursión a la cordillera con el padre Rodríguez [...] pasábamos días en medio de una montaña y noches alrededor de una fogata compartiendo comidas hechas al fuego, con las estrellas arriba. Era lo más bonito de nuestra vida”. Ya sólo saldrían de sus manos algunos escritos, unos textos dispersos, breves y voluntariamente impersonales en los que late una inquietud universal o, como el preferiría decir, un sentido de unión con la conciencia cósmica.

     

     

    El Zen es buen gusto,

    ninguna alteración de nada.

    Si introduces alteración,

    ya hay “yo”:

    (no es elegante).

     

     

     

    A la hora de escribir estas líneas no me es difícil establecer dos momentos clave en mi proceso de descubrimiento de este gran fotógrafo chileno. El primero es la gozosa exposición que le dedicaron en el IVAM en 1999, una de aquellas añoradas muestras que, bajo la batuta de Bonet y Monzó, nos hacían peregrinar a muchos fotógrafos rendidos y felices a Valencia. Y sobre todo el magnífico libro que editaron para la ocasión y que hoy repaso una y otra vez tan emocionado como el primer día. No poco de lo que yo pueda escribir aquí de Larrain proviene de aquella exposición y de este libro (...qué curioso, siempre es igual: las exposiciones pasan, pero los libros permanecen). Hasta entonces había visto algunas fotos por aquí y por allá, siempre sorprendentes, pero poco más sabía de este fotógrafo que había pasado por la agencia Magnum como un rayo.

     

    Prácticamente toda la obra conocida de Sergio Larrain está realizada entre 1957 y mediados de los 60. ¡Menos de diez años! Antes, este hijo de arquitecto, nacido en 1931, decidió estudiar, animado por su padre, una ingeniería forestal en Estados Unidos, pero pronto descubrió que su idea de la naturaleza poco tenía que ver con la explotación de los bosques y abandonó los estudios. Con un trabajo como camarero se compró a plazos una Leica de segunda mano que le pareció preciosa desde el primer momento en que la vio, y pronto dirigió sus pasos hacia la fotografía, algo que no es de extrañar, pues como el mismo dijo en más de una ocasión, lo que buscaba era “una profesión de vagabundo para obtener la verdad”. Y aunque dudo mucho que este oficio permita lograr lo segundo, en cuanto a lo primero no hay duda que acertó.

     

    Eligió como tema de su primer trabajo en profundidad las difíciles condiciones de vida de los niños de la calle en Santiago de Chile; corría 1957 y el resultado fue espectacular. Con Larrain se tiene la sensación de que sus imágenes alcanzaron muy pronto la gran madurez y la altísima calidad que las caracterizaría en adelante. En su fotografía se combinará una estructura visual muy potente y avanzada, y una gran capacidad para entender el espacio, con una sensibilidad muy especial para con el ser humano, para captar el flujo de la vida. Sus imágenes estarán a la altura de la mejor fotografía del momento. Decidido a lanzar su carrera de fotógrafo, envió una carpeta con unas copias al MOMA y, según se ha contado una y mil veces, le compraron dos y recibió un cheque firmado nada más y nada menos que por el mismísimo Edward Steichen

     

    El siguiente paso era intentar entrar en la prestigiosa agencia Magnum; al fin y al cabo era un rendido admirador de Cartier-Bresson. René Burri, el fotógrafo de Magnum, contó que se conocieron en Brasil, a mediados del 58, cuando el chileno iba camino de París para intentar conocer a Cartier-Bresson y Burri estaba trabajando allí durante unos meses. Éste aprovecho para pedirle que le llevase un paquete de carretes a la agencia y, de paso, le hizo una carta de presentación... Pero Larrain prefiere contarlo de otro modo, más acorde con su personalidad: “En 1959 las fotografías de niños vagabundos fueron mostradas a Cartier-Bresson, quien dijo que debiera irme a trabajar con ellos. Yo jamás hubiera esperado algo así...”. El hecho final es que en un tiempo récord Larrain entró en Magnum y fotografió sin parar entre el 59 y el 63. Uno de sus trabajos más impactantes de esa época es el que realizó en Londres en ese año de 1959. Permaneció en la ciudad durante cuatro meses y, como escribió Roberto Bolaño, “se diría que en Londres el joven Larrain no encontró una ciudad, sino un universo.” 

     

    Entre sus trabajos de esa época uno tiene especial significado para nosotros, y es el que hizo con el escritor Pablo Neruda en la casa que el poeta tenía en Isla Negra. Fue un encargo de la editorial Lumen, de Barcelona, para aquella colección, Palabra e imagen, que fue un fracaso porque se adelanto demasiados años a su época (y que luego muchos hemos buscado con ahínco por librerías de lance. Felizmente ahora la ha recuperado la editorial La Fábrica, con viejos títulos y otros nuevos). No fue el mejor trabajo de Larrain, porque él quería retratar el mar, la arena... y Neruda estaba empeñado en que fotografiara su casa −¡menudo tamaño debía tener el ego del Nobel!−, que para el fotógrafo resultaba “aburrida como tema visual”. Al final tuvieron que ceder ambos y el resultado quedó en el libro Una casa en la arena.

     

     

     

    Y fue con Neruda con quien volvió a trabajar de nuevo en Chile, en su proyecto acaso más ambicioso: un reportaje sobre la ciudad de Valparaíso para la revista suiza Du, a desarrollar durante dos años y que fue publicado en 1965. Probablemente fue en esta especie de vuelta al principio cuando empezaron a asaltarle las dudas que le terminarían llevando a abandonar la fotografía, y que él expresaba muy gráficamente: cuando hizo su primer trabajo había tres mil niños vagabundos en Santiago y, pese a la difusión que obtuvieron sus imágenes, menos de diez años después había veinticinco mil... Ahí supe que nadie resuelve nada, ni políticos, ni la Iglesia Católica...”. Esta reflexión desengañada, unida a la toma de contacto con grupos de psicoanálisis y maestros especializados en meditación (que para algo estamos en el cono sur), dio como resultado lo que ya sabemos: la Leica al cajón y su propietario a Ovalle por el resto de sus días.

     

    Pero curiosamente Larrain no pareció por ello perder un ápice del amor que sentía por la fotografía. Muy ocasionalmente se ocupo de la edición de alguno de sus trabajos (Magnum sigue gestionando su archivo), muy raramente visitó a algunos de sus antiguos compañeros... Y también atendió la petición de consejo de un sobrino que, en 1982, le preguntó qué tenía que hacer para ser fotógrafo. La respuesta, en forma de una breve carta, es impresionante. Y este es el segundo momento en que, como comenté antes, Sergio Larrain impacta en mi vida. Tuve noticia de esa carta gracias a mi gran amigo el fotógrafo asturiano Juan Plaza –verdadero sabueso del internet− hará unos dos años, cuando me mandó un enlace a un vídeo que circulaba por Youtube en el que  aparecía el sobrino, Sebastián Donoso, leyendo la carta en la Universidad Católica de Chile en abril del 2009. La primera sensación al verlo fue tan fuerte como incómoda, porque no sé si al final el sobrino se habrá hecho un buen fotógrafo o no, pero lo que desde luego no ha aprendido todavía es a leer como Dios manda, y ello impedía disfrutar el contenido de la carta. Pero una vez transcrita al papel y puntuada correctamente... ¡Caramba, qué texto! Es una de las reflexiones más lúcidas, breves y sencillas que he leído nunca acerca de qué es esto de ser fotógrafo. Y todo lo que dice poco tiene que ver con que si lo analógico, lo digital, las crisis... y todas estas discusiones tantas veces impostadas. Simplemente donde dice ampliadora ponga usted ordenador y, por lo demás, conserva plenamente su vigencia.

     

    Al principio parece que fuera a hablar de mera técnica, recomendando elegir una cámara y una ampliadora que sean simples pero resistentes y de buena calidad, y sobre todo que nos gusten, porque con la cámara hay que convivir todos los días. Pero pronto descubrimos que no sólo se trata de eso.

     

    “El juego es partir a la aventura como un velero, soltar velas. Ir a Valparaíso o a Chiloé, o por las calles todo el día, vagar y vagar por partes desconocidas y sentarse cuando uno está cansado bajo un árbol, comprar un plátano o unos panes. [...] y mirar, salirse del mundo conocido, entrar en lo que nunca has visto, dejarse llevar por el gusto, mucho ir de una parte a otra [...] De a poco vas encontrando cosas y te van viniendo imágenes, como apariciones, las tomas. Luego que has vuelto a la casa, revelas, copias y empiezas a mirar lo que has pescado, todos los peces, y los pones con su scotch al muro”.

     

    Y a partir de aquí el consabido proceso de ir eligiendo unas imágenes y descartando otras. El trabajo con las dos eles o escuadras negras sobre las copias para ir aprendiendo a corregir los encuadres defectuosos... “Así vas mirando, para ir viendo”. ¿Acaso se puede decir mejor y más breve algo tan importante para un fotógrafo como difícil de explicar? Una cosa es mirar y otra ver; todos podemos mirar, pero hay que aprender a ver. “Cuando se te hace seguro que una foto es mala, al canasto al tiro. La mejor la subes un poco más alto en la pared. Al final guardas las buenas y nada más; guardar lo mediocre te estanca en lo mediocre. [...] uno carga en la psiquis todo lo que retiene”. ¡Que verdad! Cómo sabía el maestro que el gran problema, el gran drama y muchas veces el gran fracaso de muchos fotógrafos es la edición.

     

    Vuelta a la calle, vuelta a fotografiar, a aplicar lo aprendido y a la vez ir viendo la buena fotografía que hacen los demás e ir aprendiendo de ella; pero eso sí, insistirá Larrain a su sobrino: “Sigue lo que es tu gusto y nada más, no le creas más que a tu gusto; tú eres la vida y la vida es la que se escoge. [...] Pero ve de todos los demás”. Y así, finalmente querrás mostrar algo de tu trabajo, exponer, “empastar” un librito. “Es bueno para los demás que se les muestre algo hecho con trabajo y gusto. No es lucirse uno, hace bien, es sano para todos. Y a ti te hace bien porque te va chequeando”. Este es el camino para ganar este oficio de solitarios, le está diciendo Larrain a su sobrino: “Es un andar solo por el universo. Uno nuevamente empieza a mirar. El mundo convencional te pone un biombo; hay que salir de él durante el periodo de la fotografía”.

     

    Es difícil añadir algo después de leer estas palabras de Sergio Larrain. Acaso sólo tenga sentido recordar que en el breve plazo de una semana nos han dejado Larrain, el pintor Antoni Tàpies y la poeta polaca Wislawa Szymborska, que ha vivido hasta el final de sus días en su piso de un barrio obrero del suburbio de Cracovia, de espaldas al dinero y al poder, dedicada a ser ella misma, una mujer de una pieza, y a despistar lo mejor que podía las pompas del premio Nobel. Y que un día comenzó un poema diciendo:

     

    De hecho cualquier poema

    podría titularse Instante.

     

    Tal vez podamos pensar, como haría Sergio Larrain, que nada es casual.

     

     

     

    José Manuel Navia es fotógrafo, y su web Navia.

     

     


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