14. De tú a tú con los albatros

0
257

 

Ya un poco cansado después de tantos saltos y emoción de poder nadar sin que nadie le dijese cómo y cuándo, pero sobre todo impulsado por algo que no sabía qué era, Piojo se detuvo al fin. Aunque no sin hacer antes un par de toneles que lo dejaron un momento boca arriba, a merced de la tormenta.

 

Era magnífica. Como ninguna que hubiese visto antes. No se sabía dónde estaban el arriba y el abajo porque el cielo se movía más que el mar, allí luchaban los grises, negros y rojos, los violetas y los naranjas. Luchaban por el sol. Para conquistarlo, parecía, o impulsados por él. O tal vez para someterse cuanto antes a su juicio. Que decidiese quién ganaba y quién perdía, y que eligiese pronto porque él mismo se estaba muriendo.

 

Al tiempo había aparecido la luna, con una clara intención –no engañaba a nadie- de instaurar otro régimen. Aún era pronto, sin embargo, y la luna tenía que luchar por mostrarse, lo que no siempre conseguía, tapada y destapada sin pausa por todas esas nubes que aún no se sabía a quién guardaban lealtad.

 

Sería la luna la que conseguiría imponerse, estaba claro, pues oscurecía por minutos, y sobre todo por abajo: el mar se teñía de negro como si la noche naciese en las profundidades ahora negras. Piojo no veía venir las olas más que cuando ya se erguían a su lado como enormes fantasmas oscuros para hacerle bailar un vals. A veces las olas lo llevaban a lo más alto y le permitían, ya en penumbra, ver todo el campo de batalla. Allí podía ver que la lluvia no caía en todo el mar, muy grande, a veces infinito. Vista a distancia desde la cima de alguna ola de tipo acantilado, la lluvia se repartía en dispersos regimientos lanzados al galope de un lado a otro del mar para reforzar este o aquel flanco.

 

Pero nada de eso impresionaba a Piojo hasta el punto de pararle. Lo que le hizo dar dos toneles y detenerse para mirar la noche, boca arriba, fue sospechar primero y luego comprobar que la luna, en efecto, había crecido. Igual que el sol, que agonizando en un extremo del campo de batalla parecía más grande y más noble, y sus rayos llegaban más lejos y eran más emocionantes, más tristes que nunca.

 

Y no sólo él. Las olas que se levantaban más altas de lo que Piojo había visto en su vida le permitían tratarse de tú a tú con los albatros y cormoranes de alas extendidas. Si la luna crecía era porque se trataba de un ser vivo como ellos y como el pez globo cuando ha visto un enemigo, y su brillo era del mismo tipo que el de un cachorro de delfín… Aunque, ¿brillan, los cachorros de delfín? No se acordaba.

 

La duda le hizo pensar en Ramón, que por lo general se las resolvía, y cuando no, le resolvía a cambio otras cosas. Al pensar en él, de nuevo sintió un sobresalto en el corazón y ganas de dar unas gracias que no le cabían. De ahí los saltos de ola a ola. Gracias sin fin por el mar que Ramón le había devuelto con el mismo gesto generoso de uno de sus brazos… esta vez acompañado de una especie de sombra.

 

La reconoció desde lo más hondo de la memoria que ya traía al nacer: la nostalgia. Algo profundo, emparentado con la soledad que le acompañaba desde hacía un rato. Aunque la soledad se limitaba a estar ahí, como los cocoteros en las playas de un desierto, o un islote fuera de la ruta de los pájaros. La nostalgia, en cambio, tenía un filo que exigía respuestas.

 

No le quedó más remedio que comenzar a encontrárselas: no era que la luna brillase más y desde más cerca gracias a las olas como acantilados, ni que los rayos del sol moribundo fuesen más tristes. Lo que los teñía y agrandaba era la nostalgia.

 

Y la nostalgia agrandadora no tenía que ver sólo con Ramón y sus enseñanzas sino algo también con una delfina algo mayor que capturaron y llevaron al Acuario no mucho antes de que Piojo se escapase.

 

Había querido liberarla, en la fuga, pero Ramón se opuso.

 

Está tan triste que sería incapaz de correr y os capturarían de inmediato.