24. De qué está hecha la sonrisa del tiburón

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Que por lo demás se engañaban, como sucede a veces con los humillados y ofendidos, los adoloridos, que tienden a inventarse agravios, y si se encuentran con alguno de verdad, agrandarlos.

 

Porque eso mismo que sentían Felpudo y Moqueta, de la tribu de los Alfombra, lo padecían los tiburones Martillo, acomplejados por su cabeza monstruosa de dos narices y cada una con un ojo, y además ojo saltón. O los tiburones Tigre, irritados por miles, cientos de miles de años aguantando los bromas de los cachorros de Blanco que se reían de su piel a rayas y los llamaban zebras, zebras tiburón…

 

Y así con todas las razas subiendo por la pirámide hasta llegar al tiburón Blanco, del que casi hay que hablar de uno en uno porque sus crías se comen unas a otras en la barriga de la madre y luego patrulla en solitario sobre vastas estepas de agua donde ejerce un poder feudal. El tiburón más temible, con forma de avión, o de flecha, o de estrella fugaz, al que nunca, lo que se dice nunca, se le detectaría un complejo por nada. ¿Complejo, un tiburón Blanco? ¿En serio? Complejo… ¿de qué? Por qué no imaginar más bien que el mar se pone a llover pulpos hacia arriba.

 

Pues bien: habrá que ir buscando los pulpos voladores porque en este caso lo tenían. En este caso los tiburones Blancos tenían ese complejo, y de ahí, quizá, la razón de su cólera. Para decirlo de una vez: Los tiburones, los tiburones del mundo entero, todos los tiburones se sienten desde siempre intimidados por los delfines. Se podría decir que incluso apabullados.

 

Les intimida su forma elegante, aunque no es raro encontrar quien piense que los tiburones son más elegantes. A los tiburones les intimidan los saltos de los delfines, que no podrían comparar con su propia rapidez en el mar… Envidian su inteligencia, aunque ningún delfín tiene la habilidad del tiburón para comer con el mínimo esfuerzo, la única inteligencia que cuenta en el mar.

 

Pero lo que de verdad les acompleja es la alegría de los delfines. Ni siquiera su curiosidad que no se acaba y les hace jóvenes para siempre. (Es verdad que los tiburones Blancos también asoman la cabeza con curiosidad, pero ellos lo hacen para morder en lo que no conocen, para probar a qué sabe). Lo que de verdad hunde a los escualos desde siempre en una huraña melancolía es la alegría de los delfines. Esa que les hace dar saltos, y ser curiosos, y amigos de todo lo que se mueva… La alegría de vivir que irradia el delfín desde la primera fracción de segundo de la primera e inolvidable vez que se le ve.

 

Eso, eso los tiburones lo llevan fatal, pues ellos, en cambio, lo que acarrean desde el primer momento es un malhumor que no se pueden quitar, como acostumbran con todo lo demás, ni a dentelladas.

 

¿Ha visto alguien alguna vez a un tiburón reír? Sólo muy rara vez, y en circunstancias que por piedad es mejor no recordar. ¿Y sonreír? Sí, eso lo han visto muchos, pero todos los testimonios concuerdan que era de ironía, de superioridad y más cosas, mejor no seguir.

 

Otras especies, como los peces de colores, que hacen de juguete de todo el mundo, les envidian ese malhumor que les permite sentarse a comer cuando quieren y sin esfuerzo. Pero en cambio ellos lo llevan muy mal, sobre todo después de los grandes banquetes, cuando lo que apetece es cantar y hacer amigos.

 

Sucede que no hay especie que quiera cantar con los tiburones, ya se sabe cómo termina siempre eso. Siempre. Y de ahí que los tiburones sólo puedan reunirse entre ellos… y también ahí con sus más y sus menos. ¿Puede un Blanco cantar con un tiburón Azul, el más humilde de los tiburones, carne de cañón, carne de infantería bueno para cazar en bandada? Pues hasta cierto punto. Sólo después de las grandes batallas, a la luz de la luna, y para cantar cosas como 

 

                 ¡Azul, Azul, nuestro es el azul!

                 Esto es lo nuestro

                 ¡Lo nuestro es el azul!

 

Himnos muy solitarios, si se piensa.

 

Y no es tanto porque sea malhumor, el de los tiburones, sino porque es amargura. La prueba es el pulpo, cuyo malhumor proviene, no de una superioridad de dientes, sino de cabeza.

 

El malhumor del pulpo proviene de su soledad. No es que no tenga amigos, que los tiene –Piojo era el amigo de Ramón-, sino que no puede hablar con ellos como quisiera. Porque no le entienden. Si Piojo era amigo de Ramón era sobre todo porque le escuchaba. Le hacía preguntas. De un modo indirecto honraba su inteligencia. Y si a Ramón le gustaba Piojo era porque los viejos siempre se complacen con la juventud, con la alegría. A su lado es más fácil creer en el más viejo, el padre de todos los espejismos: que el tiempo se puede parar e incluso devolver…

 

Pero de todas formas ese consuelo no duraba mucho. Siempre terminaba cuando la belleza de Piojo, radiante, chocaba de frente con su propia fealdad. O más que fealdad, diferencia: nadie en el mar se parece a los pulpos –todos los seres tienen aletas, o conchas, o pinzas, pero no tentáculos sin huesos o un solo ojo-, y de ahí que Ramón se sintiera un ser de otro mundo, alguien venido de más allá del mar. Se podría pensar que los calamares también tienen tentáculos pero ese parecido resultaba insignificante para Ramón ante dos hechos decisivos: primero, los calamares usan tinta de cobarde para esconderse de sus enemigos, un recurso que ni se le ocurriría a un pulpo. Y segundo, los calamares andan en manada, repiten consignas, se copian el gusto, que además es pésimo… en fin, todo lo que pone en evidencia a las inteligencias escasas. Nada que ver con el pulpo, dado a la soledad y la reflexión, y con el consiguiente melancólico choque de las propias ideas ante el mundo. Todas, si se piensa, pistas casi siempre seguras de inteligencia.

 

Lo que resulta en cambio difícil es ver a un delfín que no esté contento. Incluso cuando pelean lo hacen sonriendo, como si jugarse la vida con elegancia de grandes señores no mereciera un mal gesto. Y eso que hacen, esos saltos y cabriolas, esos cantos que tanto gustan a todos, es sin duda alguna pura risa.

 

Justo eso era lo que pretendían robar Moqueta y Felpudo cuando fueron a buscar a Piojo. Eso, y vengarse. Vengarse ¿de qué? Bueno, pura envidia, el malhumor del tiburón siempre quiere vengarse de la risa.