33. Quién discute el derecho a comer langosta

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El asunto se resolvió como siempre: el Martillo castigó la insolencia del Azul arrancándole tres cuartos de estómago de un mordisco, y de paso recuperó las dos langostas, separadas en varios trozos pero en lo esencial intactas y sazonadas con jugos gástricos. Sin embargo, el incidente se supo, alebrestó a los Azul, que son la tribu tal vez más numerosa de los escualos, y llegó hasta la Asamblea, a la que distrajo de sus trabajos históricos.

 

– Queremos tener derecho a comer langosta.

 

– ¿Y quién os lo discute? –preguntó un Tigre, con la lógica guerrera de quien come lo que se presenta, y si no se presenta se va en su busca.

 

– Los Mar ti llo –casi deletreó el Azul, para que quedase claro. Se amparaba en el prestigio de su nombre, que daba color y prestaba su nombre al territorio sagrado de la nueva nación, y sabía el poco aprecio que los tiburones en general le tienen al Martillo, aunque lo disimulen. No terminan de entender por qué tiene dos narices y un ojo en la punta de cada una de ellas, ni en qué se basa nadie para decirles que es un primo. Tampoco valoran la contrahecha elegancia de su silueta. Quizá el único que le comprende algo es el tiburón Elefante, pero este es tímido, de número escaso y no dispone de dientes bastantes para defender su punto de vista.

 

En fin. Seguro que los historiadores desmenuzarán un día en tesis doctorales la gestación de la discordia, durante los días fundacionales de la patria, en lo que se conoció desde entonces como el “Incidente de las Dos Langostas”. Se harán exposiciones conmemorativas y los escolares irán en fila a verlas y comprender “de dónde vienen” y por qué son esencialmente distintos a los demás. Y aquí conviene saber que la disputa no se ha zanjado nunca, desde entonces, y que, si algo amenaza a la unidad de la Nación Tiburón y con devolverla algún día al estadio prehistórico de los territorios sin ley ni fronteras, es justamente la discusión gastronómica.

 

Pues pronto se vio que no era sólo una cuestión de menús sino de escuelas de cocina, sazones y hasta condimentos. Los Tigre comían crudo, por ejemplo, engullían, pero los Azul preferían sacudir durante largo rato a su presa, como un trapo, para que la carne se fuese deshilachando un poco y salando con el agua de mar. Los Zorro, más propensos al matiz, preferían combinar la carne con otras especies, como los erizos, cuyas púas a ellos apenas les hacían cosquillas en el paladar, y en ellas encontraban un sofisticado placer casi oriental.

 

Todas estas preferencias, que parecen exquisiteces y caprichos de pescados sin mayor oficio, con la despensa llena y mucho tiempo por delante, se convirtieron en fuente de tertulias, primero, luego debates y más tarde hasta discusiones bastante violentas en las que terminaban participando todos. Algo muy peligroso para el que acertase a pasar por ahí. Pues ya que se tenían a mano, más de una vez unos y otros quisieron ejemplificar sus teorías con el cuerpo del contertulio o el que pasara por ahí, y usar los cadáveres para enseñar a los más jóvenes.

 

Nada muy preocupante ni distinto de las costumbres de los tiburones desde hace millones de años. La gran diferencia fueron los agitados debates que se desarrollaban hasta tarde en la Asamblea en los que se repartían los nuevos territorios de caza a las diferentes tribus. Y ni siquiera eso, aunque molesto, habría tenido mayores consecuencias. Lo decisivo fue que, cuando las discusiones se llevaban demasiado lejos, la sangre resultante hacía de trompeta y en un par de aletazos allí se congregaban docenas, si no cientos de tiburones, que se arrojaban unos contra otros mostrando dientes al estilo perro. Se agrupaban por tribus –Limones contra Tigres, Azules contra Marrajos-, y de inmediato fluía la sangre… lo que atraía a más tiburones. Las concentraciones llegaban a cobrar cada vez más dimensiones de batalla.

 

La prueba es que luego las ratas, las hienas y los cuervos del mar, todos los peces que viven de los desechos y mantienen el agua limpia, no sabían qué hacer con tanto muerto. Algunos, no preparados para ese estado de abundancia, llegaban a morir de indigestión.