39. El mar, más vacío que el cielo

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Ahí comenzaba lo difícil, como cuando alguien pesca con una caña un pez Espada, y Cangrejo era muy consciente de ello; tenía que mantener a Felpudo, que pesaba casi media tonelada, sujeto del anzuelo de una leyenda remota y frágil que sólo los más viejos conocían: la del tiburón tan grande que en su jeta abierta cabe un vikingo con un niño de pie sobre los hombros. Su dentadura se suele confundir con un banco de coral, de los más filudos. Y come ballenas.

 

Se daba por hecho que se había extinguido cuando el mar ya no produjo ballenas suficientes para alimentarle. Pero eso no parece tan claro por las tardes, cuando cae el sol y la penumbra se acerca a ese inmenso lugar vacío: el mar, más vacío en su centro, se sospecha, que el mismo cielo, que al menos tiene astros. Remotos, pero ahí están, acompañando. En el mar no hay ni astros ni cometas yendo de un lado a otro, y entonces es posible y hasta probable que el Megalodonte aparezca como el embajador de un infierno donde el fuego es de agua, tan agitado como el de las llamas, igual de inesperado y casi siempre muy, muy injusto.

 

Y Cangrejo, como la mayor parte de sus congéneres y parientes, era un escéptico. De ahí viene su concha: es una concha de escepticismo, formada por capas y capas de decepciones transformadas en incredulidades endurecidas con los siglos… Pero que son las que han ido salvándole la vida, y quién sabe si poniendo a salvo la especie después de millones de años sufriendo la desventura de ser uno de los vecinos pequeños y sensibles del mar. Algo tenía que hacer el cangrejo para defenderse, y eso hizo: no creer los múltiples espejismos que le proponía un mundo de brillos y reflejos. Lo que le terminó creando su pequeña armadura. Algo es algo.

 

O sea que Cangrejo reunió astucia y fuerzas para conseguir lo que parecía improbable: que seducido por el fulgor ya muy desteñido de una leyenda de hace veinte millones de años, un tiburón Alfombra aceptase imponerse a las barracudas para que dejasen salir a Piojo de la cueva. Sólo eso se le ocurría para que así, con la promesa de poder volver al mar en libertad, renunciara a suicidarse. Y luego pudiese llevar la alarma mar adentro: Lo nunca visto, lo nunca imaginado. Algo muy malo les ha ocurrido a los tiburones porque pretenden crear una suerte de grietas en el mar a las que llaman fronteras.

 

En cuanto a los demás tiburones, ya había comprobado que la Asamblea tenía los poderes necesarios para mantenerlos tranquilos y cantando himnos. Un poder hipnótico que parecía provenir del simple hecho de estar juntos, mirándose, y que había crecido de forma asombrosa con los juegos: con ellos no parecía que los tiburones se pudiesen fijar en otra cosa ni aunque se incendiase el mar.

 

Pero no. No había contado con las fuerzas ocultas que, al tiempo que los juegos, habían seguido creando normas, astucias, mezquindades y trucos en los reglamentos para convencer a los demás de que en efecto existían esas abstractas invenciones de las líneas en el mar. Pronto esas rayas serían imborrables, más irrevocables que un arrecife de coral.

 

Uno de esos inventos, que parecía bobo pero se reveló de gran, de inmensa eficacia, fueron ciertas palabras nuevas. El mar, les informaron, ya no se llamaba mar sino de otra forma. El coral, lo mismo. Arriba había dejado de ser arriba, y abajo también.

 

– Bueno, no importa, le dijo Cangrejo a un tiburón Pejegato que les cerraba el paso, “dinos cómo se dice, las decimos y ya está”.

 

En esa ingenuidad se veía que Cangrejo se había creído que los Juegos lo eran todo y se había despistado de las evoluciones ocultas de la Asamblea. El Pejegato le miró, no sin cierta ironía.

 

– Es que eso no es tan sencillo –dijo.

 

– ¿Ah no?

 

– No. Sería demasiado fácil.

 

– Bueno, es lo que ha sido siempre. Antes no era ni fácil ni difícil. No había dificultad alguna. Sois vosotros los que habéis puesto las palabras como obstáculos.

 

– Así es.

 

– ¿Entonces?

 

– Entonces en realidad no importa si el mar o arriba se llaman así o asá. Lo que importa es que tú sepas decir la palabra nueva.

 

– Pues eso: dímelo para decirla.

 

– No: primero tienes que demostrar que puedes aprenderla.

 

– ¡Pues dímela!, se impacientó el cangrejo, aunque, con su voz débil, apenas se percibió su impaciencia.

 

– No me entiendes. No es que tengas capacidad o no para aprenderla, eso es irrelevante. Tienes que acreditar que puedes acceder a ese nivel de lenguaje. Que te lo mereces.

 

El Cangrejo comenzó a estupefactarse, pues ese sí que le resultaba un lenguaje nuevo, pero se estupefactó poco tiempo porque el asunto lo resolvió Felpudo: Hizo amago de ir a decirle algo confidencial al tiburón Pejegato –uno de los que había nombrado la Asamblea para compartir con los Alfombra la vigilancia de los bajos del mar- y cuando esperaba una confidencia, un guiño entre colegas, le arrancó el morro de un bocado. Luego lo remató.

 

Lo que no impidió que Cangrejo se quedara muy preocupado con el nuevo invento. ¿Dónde y cómo aprenderían los demás peces esas palabras que sacaban los tiburones de algún sitio y daban derecho a nadar en el mar?