
Empezó el año. Corto. Flojo. Nuevo. Gordo. Año viejo por su futuro conocido. Año nuevo por venir de un pasado que, cuando menos, nos sorprende. Se nos hizo tarde para ver los meses rutinarios. La comida gritando, por favor, mañana. Ni tan nuevo el año, ya es febrero. Ni tan viejo, ni tan entrado, es febrero. Ya se nos están yendo todas las aspiraciones, pero apenas está empezando. Yo sigo preguntándome -también apenas- si la enclisis mejora el ritmo. Explico: la diferencia entre decir que yo me sigo preguntando o que sigo preguntándome, y ambas son ciertas: explayándome.
Sabe distinto volver a ver el día. Sus formas, contornos, escritura. Los días los escribimos. No los vivimos, seguro, acaso los decimos. A nosotros, a las personas que queremos, a las que no queremos pero preguntan, a las que ni queremos ni preguntan pero queremos botarles todo lo que tenemos adentro y carecemos de opciones. Podría ser un dislate, como la nieve en abril, como la nieve en el mundo y como la esperanza de ser todo lo que imaginamos. La imaginación es otra cosa que no se vive, se escribe. En un rincón de la maceta donde también ponemos nuestros arrepentimientos. Secretos, claro, porque así son los arrepentimientos de la verdad.
Hablemos de espaldas. Nuestros motivos son siempre misteriosos. No enigmáticos, no, porque no pueden ser resueltos. No tenemos la llave, porque ni la travesía más fascinante de la historia de las historias podría volver con ella. Se queda guardada la belleza de los tramados de una buena pieza que sabe, solita, lo que los grandes: entender toda la obra es fracasar. O vayamos a un detalle: la cáscara no tiene que entender a la semilla. ¿Será cierto que podemos conocernos? ¿A nosotros mismos?
Sepamos que las historias como esta se repiten sin excepción. Hay viajes a lugares maravillosos, donde el conocimiento se transmite a través de danzas legibles solo para iniciados. Hay sitios, en cambio, menos carismáticos. La vida tiene esos momentos, en los que uno se arrepiente de haber tomado un avión para ver a alguien por última vez. Y podríamos estar encerrados en una mazmorra, tal vez la peor, esperando el óbito de una planta que todavía no despierta. Habla ya, en súplica, Salomé.
Las épocas no esconden, lo hacemos nosotros. Una máquina de espejos que ocultan lo que ve el farol de esta noche que no calla. Se mete lo que vivimos por las despostilladas de nuestras cuñas en la memoria, las mismas que nos dicen que mañana, en otra oportunidad, lo haremos mejor. ¿Por qué no vemos cuando decimos que queremos ver? No se trata de caer ni de perfeccionar, se cuece con acurrucar ciertas voces que nos esperan del otro lado de la esquina. Es un seducir, pero consciente. Y ahí se pierde, como cada noche que queremos saber que estamos soñando, y nos decimos libres. Pero la libertad no existe ni en el sueño ni en la tierra, mucho menos extraviados.
Queda un tiempo, sí. Es reducido, pero queda. Para cultivarlo no es mucho, sino una forma de epatar, como un poema encontrado que sigo leyendo:
Vivir tiene un idioma
atado al álamo de nuestro año
y está bien, que nos observe
para que veamos cómo se traduce
a cierta distancia.




