
No estamos para que nos vean en el petricor del sonido. Para que nos hablen de las cosas que les importan en signos que hoy dejan de ser compartidos. Imaginen alguien que cultiva su idioma, su propio idioma, lengua propia, hasta con ciertas palabras. No podemos dejarlo. Descargamos las veinte páginas que faltan para suplir la muletilla que nos hace soportar las luces blancas que disfrazan la trsiteza. Yo, como decimos, soy un ciudadano de la cultura de otro lenguaje. No lo veo, ni lo escribo. Lo intento, unos días con menos éxito que en otros, pero habla cosas que no sé si alcancen mi transparencia.
Ahora supongan, sin experiencia, que un día el ciudadano habla en un buen idioma. Deja de tener envidia, de celar, habla como los que solo tienen un lenguaje y afirman que no es suyo. Una oralidad antes de que recordemos todos los mensajes que hemos omitido. Es una cacería monolingual que empieza a orillar a ciertas repeticiones. Verbigracia, quiero orientarme a cerrar esto con un poema, con unos versos que aún no están en mi mente, pero si los cálculos de la sanidad financiera no me han llegado es posible que no pueda escapar de esta cena sin pretender soy buen hombre. Que soy. Que he sido.
Por ahora quedémonos con esta matriz aniquiladora que ve a través de las cámaras los olores, la emoción de la atención que nos pone una persona que no nos complace más que en el aburrimiento, el reconocimiento de los sillones en los que alguna vez estuvimos mediocremente incómodos. No hablen, eviten el temor o el entusiasmo frente a la envidia de años ingleses, como postura estética, de falta de peso, con volición justa, por las imitaciones que nunca salen como la imitación que hicimos en nuestras mientes.
Y si me inclino, cumplo:
en la cual tierra firme
hemos llegado antes
de hacer todos, todos nosotros
lo que nos apetezca en las razones de la carencia.




