Abandono de mascota

0
30

 

 

 

Al llegar a su casa, Cándido lo saludó con la mano derecha y una ceja levantada.

 

—¿Cómo estás, amiguito? ¿Cómo te fue hoy? —le preguntó a Tarasca.

 

Su perro primero le dio la mano —la pata, para ser más riguroso con el lenguaje y no atribuirle a un animal “ingredientes” humanos—, pero después se le abalanzó y le llenó de pelos la camisa celeste.

 

—Bueno, me fui unas horas nada más. Pará un poco. Comportate, piojoso —concluyó mientras miraba el plato vacío del animal.

 

Una moto pasó haciendo resonar el caño de escape. Dos motos. Tres.

 

—A ver… ¿Qué te puedo dar?

 

Cuatro motos. La cola del perro, que se movía como un péndulo, cambió de ritmo cuando su dueño llenó el plato con comida balanceada sabor pollo. Antes de eso, no dejó de saltarle ni de ladrarle en tono amistoso.

 

—Así es, a los dos nos encanta el pollo —le comentó a un interlocutor invisible.

 

 

*          *          *

 

 

Después de preparar el mate, trajo una botella de agua mineral de litro y medio y se lo sirvió en otro plato. Más que lamer el líquido, fue como si lo succionara en segundos.

 

—Vení que te cuento cómo me fue hoy —le dijo a su mascota y se sentó en el suelo—. ¿O preferís ir un rato al parque?

 

Como Tarasca se acomodó a su lado —“entonces ya vino mi hermana y te sacó a pasear”, pensó—, comenzó la síntesis del día:

 

—En fin —se sacó las zapatillas y las medias—. Hoy llegué tarde de nuevo al trabajo. Ayer mi jefe me llamó perezoso y no me creyó que llegaba tan tarde por los cortes de ruta, pero hoy sí, porque también le tocó a él —soltó una carcajada y chupó el primer mate.

 

De pronto dejó de mover la cola y un instante después volvió a la carga, enérgicamente: esa era “la” señal.

 

—¿Qué? ¿Querés que te peine? —le preguntó como quien no quiere la cosa.

 

Su amigo había comenzado a lamerle los pies descalzos. Él se levantó y fue a buscar el peine que estaba junto al suyo en el baño.

 

—Ni yo me peino y te tengo que peinar a vos… —bromeó en voz baja mientras inclinaba la mirada.

 

Tarasca estaba acostado, con el torso derecho hacia arriba. Su piel se plegaba, ondulante, a cada movimiento del utensilio. Al terminar de peinarle esa parte del cuerpo le pidió que se levantara para continuar con el otro lado:

 

—Dale, levantate, que así no puedo.

 

Obediente, se paró unos segundos, pero volvió a acostarse.

 

—Arriba, te dije —le dijo, sujetándolo de la correa.

 

Al tercer llamado de atención se puso de pie.

 

—Me vas a hacer enojar, piojoso… ¿Otra vez en el piso?

 

Tras nuevos intentos, logró peinarlo y le sacó una bola de pelos del tamaño de una pelota de tenis.

 

—Te vas a quedar pelado si seguís así…

 

Se le acercó con lentitud y comenzó a lamerle la cara.

 

—Ahora por tu culpa me tengo que bañar —lamentó mientras se limpiaba—. Y hablando de pelados, ¡no sabés cómo manejaba el chofer que nos tocó a la vuelta! Sí, el mismo del otro día. Pasó casi todos los semáforos en rojo. Por eso llegué un rato antes.

 

Como ya entraban demasiados mosquitos por la ventana de la cocina, la cerró y encendió un espiral —que debería ahuyentarlos.

 

—Tenía que llamar a Julia para llevarle las cajas que me pidió —dijo de pronto—. ¿Qué hora es? —miró el reloj de la pared—. No, seguro que ya está durmiendo. ¡Es tan extraña!

 

Entonces sonó el teléfono, se levantó bien rápido y atendió:

 

—Hola —comenzó—. No, no, señora, acá no vive ninguna Marcela. Se habrá equivocado —siguió—. Sí, conozco perfectamente quién vive acá y quién no —respondió sorprendido ante el planteo—. No, no hay farmacias cerca de mi casa —sonrió, mirando a su amigo—. Tampoco conozco la que usted me dice, señora —dijo—. Ésa tampoco —comenzaba a perder la paciencia—. Está bien, chau, maleducada. ¡Me cortó! ¿Podés creer?

 

El perro lo miró y le creyó: en sus ojos se notaba que decía la verdad.

 

 

*          *          *

 

 

—¿Qué te pasa? ¿Por qué mirás tanto hacia el mueble?

 

Él seguía en silencio.

 

—¿Hoy llegó algún sobre, algo para pagar?

 

—No.

 

—No me mientas, Tarasca.

 

—Te estoy diciendo que no —le ladró.

 

—Mirá que la mentira tiene patas cortas, como vos.

 

—Bueno, está bien —sonrió y estiró las patas—. Trajeron algunas cosas. ¿Cómo te diste cuenta? —preguntó mientras se iba hacia la biblioteca.

 

—Te conozco desde que eras cachorro, piojoso.

 

Se agachó y alargó las manos, sacó tres sobres y se los llevó, baboseados, a su dueño.

 

—A ver… esta es la factura de la luz, esta carta me la mandó un amigo que vive en la Conchinchina y este sobre verde debe ser del crédito que pidió mi hermana.

 

—¡Qué calor! Tengo ganas de tomar un helado.

 

—Me parece que no me estás prestando atención —le dijo a Tarasca—. Yo te estoy hablando de otra cosa. ¿Acaso ya nadie me escucha?

 

Su amigo se le acercó y lo besó a lengüetazos, como si le dijera que lo juzgaba equivocadamente, que imploraba su perdón y que quería con urgencia un helado de crema americana, limón y frutilla.

 

 

*          *          *

 

 

 

La habitación era pequeña: una cama de una plaza con frazadas blancas, una mesita de luz sin velador, un ropero modesto y un puff en una esquina. Gotas de claridad se filtraban por las grietas de la cortina plástica que daba a la calle.

 

—Yo ya tengo sueño. Creo que terminamos por hoy, ¿sí?

 

—Quedémonos un ratito más.

 

—Me espera un largo día mañana. Tengo que salir a pasear y hacer muchas cosas. También quiero descansar un poco. Cosas que vos no entenderías.

 

—No seas antipático, Tarasca.

 

—Basta. No insistas —le dijo, se acostó en la cama y esperó a que Cándido lo tapara hasta la mitad con la sábana para agregar—: Hasta mañana.

 

—Está bien —se conformó su humano de compañía, cerró la puerta del cuarto, dio una vuelta en círculo y se dejó caer en el puff.

 

Ladró por última vez a modo de saludo y se durmió.

Print Friendly, PDF & Email