El negador de sueños

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Por la noche me convenzo de que tengo que escuchar su voz y obedecer cuando me llama. Me siento en la cama y miro el reloj despertador como si mirara a alguien que trabaja en una actividad ilegítima, abominable. Configuro la hora en la que debo —debe— levantarme, las 7:10; lo coloco a una distancia prudencial de la cama; le doy las buenas noches y apago la luz del velador. Yo me duermo, pero él no puede ni le interesa.

 

Vuelvo a percatarme de que soy un cuerpo recién a la mañana siguiente, a las 9:37, ¡más de dos horas después de lo que habíamos acordado en la velada! Busco el reloj y lo encuentro debajo de mi almohada, saludándome: o vino solo durante la noche porque tenía frío o sonó cuando debía y lo traje a mi lado y después lo ignoré y ahora me quejo. Pero como no quiero echarle la culpa a un aparato tan nervioso que lo que más sabe decir cuando se lo acusa de algo es “tic tac”, “tic tac”, prefiero pensar que no sé cómo vino hasta mí. Punto y aparte, literalmente.

 

Todavía estoy algo dormido. Pienso durante una docena de fracciones de segundo si ya debo levantarme o si tengo las excusas necesarias para continuar en mi trinchera onírica: sólo encuentro dos o tres motivos, aunque no sé si serían del todo convincentes como para presentarlos frente a un jurado. Entonces frunzo el ceño, empiezo a sacar con timidez el pie derecho del acolchado y prendo la luz. Hace bastante frío en el mundo-tras-las-sábanas. Me siento en la cama, me desperezo y pienso en las probabilidades que aún tengo de salir a correr antes de las 12:15, cuando me pasan a buscar para ir a almorzar y al cine. Es mi último día de vacaciones.

 

Me lavo la cara y antes de preparar el café vuelvo a mi habitación. Encaro de nuevo al reloj: “¿qué pasó?”, le pregunto, pero se rehúsa a darme una respuesta irrefutable. Lo dejo boca abajo y bostezo como un hipopótamo que está por enfrentarse a la jungla de cemento. Me cambio de ropa, miro mis dientes en el espejo del baño mientras los limpio y a las 10:10 salgo a correr. Dos horas después me voy con mis amigos.

 

Tras una tarde de pizzas, cine y fútbol, regreso entrada la noche, cerca de las 20. Me descalzo al entrar a casa y me sirvo de la heladera medio vaso de esa marca de gaseosa que dice que te da felicidad. Me baño, ceno hamburguesas y voy a mi habitación en busca del despertador, para hacer las paces.

 

Cuando me acerco a la cama, me golpeo el codo con la cabecera y siento una descarga eléctrica en el brazo, pero no es nada más que eso. Hablamos un buen rato de lo importante que es para mí que me levante temprano al día siguiente, porque empiezo a trabajar de nuevo y no puedo llegar con demora; de que la tolerancia mutua es la base de la convivencia; de que nos conocemos hace bastante y no sería conveniente arruinar esa especie de amistad turbulenta que nos une por obra del destino: gracias a las importación de productos chinos fabricados en serie. A pesar de todo, entra en razones cuando lo amenazo con quitarle las pilas.

 

—¡Por favor, no me mates! —suplica.

 

—Entonces me tenés que despertar.

 

Nos ponemos de acuerdo una vez más: me tiene que despertar a las 6:30 (ni un minuto más ni un minuto menos). Ya más relajado, me introduzco entre las telas que más amo, aunque todavía no tengo ganas de dormir; agarro un libro que está sobre la mesita de luz, avanzo casi una página y entonces sí me duermo. Entro en un sueño profundo hasta las 3, cuando me despierto despeinado. Estoy un buen rato escuchando el “tic tac”, “tic tac” y también una gotera de la canilla del baño. Las sábanas están por el suelo y como hace frío intento levantarlas con un pie, luego con el otro, hasta que por fin tengo que salir de la cama y buscarlas a tientas. Unos minutos más tarde regresa el sueño y sueño que me dan dos semanas más de vacaciones, aunque por la cláusula 16.375 inciso F —que habría firmado antes de empezar a trabajar en la confitería— no podía salir de mi habitación durante esos días extra que me daban. Este hecho, por otra parte, no resultaba ser un problema demasiado grave.

 

Dos minutos antes de las 5 me despierto gritando “¡que vivan los novios!”, con los brazos en alto. Me encuentro solo: nadie brinda por los novios ni los saluda siquiera. El reloj sigue en su lugar, el goteo del baño suena con más ritmo y aún no amanece, mientras que yo estoy donde debo estar pero sin hacer lo que debería estar haciendo. ¿Desde cuándo tengo insomnio? Jamás me había pasado. Intento poner mi mente en blanco, pero aparecen colores, rostros y muchas sensaciones más. Veinte minutos después vuelve el sueño y me atrapa entre sus poderosísimas redes.

 

¡Me despierto a las 7:12 y me levanto de un salto! Doy un grito en el que maldigo a los parientes del reloj hasta la cuarta generación industrial y lo dejo entre los zapatos, de castigo. Apenas tengo tiempo para lavarme la cara, y luego me visto y voy a esperar el colectivo. Llego tardísimo, mi jefe también se ensaña con mi árbol genealógico y después me pide, amablemente, que no se repita. Si no hubiera llegado tan tarde, tal vez le habría dicho que la cantidad de trabajo que me dio hoy era descomunal, pero no estaban dadas las condiciones materiales ni espirituales.

 

Vuelvo por la tarde y la verdad es que estoy muy cansado. Me siento a ver una película sobre galaxias extrañas que entran en guerra pero no llego a terminarla; tampoco puedo entender cómo algunos se fanatizan con este tipo de films. Pido una pizza por teléfono y ceno en compañía del televisor. Después de cenar, me cepillo los dientes y voy a buscar el despertador, que aún está entre los zapatos.

 

“La próxima, al inodoro. A ver si así aprendés”, le digo. Intercambiamos unas palabras y me dice que no depende solamente de él que yo me despierte a las 6:30; también me habla de compromiso, adultez, pereza, etcétera, y me doy cuenta de que me quiere engañar: intenta que me sienta culpable de su negligencia. Le vuelvo a indicar el horario y me dice que sí, que “haré todo lo posible”. De todas formas, como desconfío de que el despertador ame su profesión —creo que debería haber estudiado otra carrera—, me voy al baño y pongo tres alarmas en el celular: 6:25, 6.35 y 6:40, como último recurso. Antes de acostarme, me siento en la cama y para reforzar el sistema que ingenié —es decir, para evitar que falle— repito varias veces en voz alta: “tengo que levantarme temprano, tengo que hacerlo, tengo que cuidar mi trabajo”. Así, me convenzo de que tengo que escuchar más y obedecer cuando me llaman. Duermo sin interrupciones.

 

Siento el primer llamado del deber a las 6:25: música clásica que me da más sueño todavía. Luego escucho sonidos de campanas lejanas y creo que estoy soñando, pero no; lo apago casi sin darme cuenta y me doy la vuelta y continúo con mis aventuras ojos para dentro. El de y 35 es diferente: Los Beatles me cantan “Help!” en exclusiva, la tarareo y acompaño el ritmo con los dedos de los pies. Bostezo y comienzo a despabilarme. Comienzo…

 

Los minutos que siguen parecen siglos: sueño que nado en un colchón de agua y que me encuentro con una exnovia en una isla de caníbales capitalistas. Nos besamos hasta que suena la sirena de un camión de bomberos y ella me pregunta si sé apagar incendios. No sé por qué le digo que sí, que “por supuesto que sé”, y ella me arrastra por unas escaleras muy brillantes que nos conducen al centro de la isla, donde me golpeo el codo con algo puntiagudo.

 

—¡A trabajar! —me dice.

 

Me entrega una bolsa con cientos de carpetas que hablan de inflación, crisis, recortes presupuestarios y devaluación. Antes de poder responderle, continúa arrojándome más bolsas repletas de papeles. Una muy pesada me golpea en la frente y me hace sangrar una ceja. Después me desmayo y me zambullo en otro sueño: esta vez que soy un pobre trabajador de una confitería que teme llegar tarde a su trabajo y pone cientos de alarmas para despertarse, pero todas fracasan. El último llamado de atención debe sonar a las 6:40 y antes de escucharlo se duerme profundamente: sueña que nada en un colchón de agua, hasta que se encuentra con una exnovia en una isla de caníbales capitalistas, donde se besan con ardor. Más tarde, cuando son interrumpidos por la sirena de un camión de bomberos, ella le pregunta si sabe apagar incendios y él le responde que sí y la acompaña al centro de la isla. Allí recibe una bolsa con cientos de carpetas, después se siente aturdido y un golpe en la frente hace que se desmaye otra vez.

 

El trabajador de la confitería del último sueño, al despertarse del desmayo, ve que el reloj indica las 6:40. La cama, sin embargo, no es la de siempre, sino que continúa en la isla caníbal. Intenta gritar, pero la voz no le sale; trata de sentarse, y el cuerpo transpirado no le responde; se concentra en calmarse y se da cuenta, cuando lo logra, de que ya no es capaz de distinguir si está despierto, si sueña que está despierto o si todo en realidad es un gran sueño.

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