Atención a la cabeza

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La Organización Mundial de la Salud (OMS) me guía a veces y en otras me desconcierta con sus orientaciones cambiantes. En cualquier caso, me resultan mucho más fiables que las que emite el poder, aquí o allende los mares, lo siento, porque no se mueve en principio por ningún interés político o económico. Los análisis y manifestaciones de ese organismo de Naciones Unidas agradan en general a mis gobernantes mientras encajen con sus protocolos. Molestan hasta la irritación al señor que increíblemente mora en el 1600 de Pennsylvania Avenue y que si no sucede una catástrofe mayor que la actual, continuará haciéndolo durante los próximos cuatro años. Aunque para entonces, todos calvos. Unos más que otros, naturalmente.

Mi memoria me hace jugarretas últimamente y eso que la tenía como la de un elefante cuando era adolescente y podía rivalizar con la de Fraga Iribarne, un político del que entre muchas leyendas se aseguraba que había sido capaz de aprender el María Moliner desde la primera hasta la última palabra y el Oxford Dictionary de arriba abajo sin prestar atención primordial a la pronunciación de cada vocablo. Yo estaba preparado para rivalizar con un primo mío a la hora de recordar sin titubeos, por ejemplo, la alineación del Córdoba-Zaragoza, de la décima jornada liguera en el Arcángel en la temporada 1964-65. Sin embargo, él me superaba con creces cuando se trataba de pormenorizar los detalles de la vida y milagros de John Fitzgerald Kennedy o las capitales y ríos de países africanos o los vencedores de las pasadas treinta ediciones del Tour y de la Vuelta.

Por desgracia ya no es así. Soy de los que teme que un día me encontraré mirando el mar y no sabré qué hacer. Habré olvidado mi número telefónico, el pin bancario, el nombre de las personas que me han querido y hasta la planta del edificio donde resido incluso si está frente al lugar donde se haya producido mi amnesia. No me atreveré por vergüenza a pedir auxilio a algún viandante que camine por el paseo marítimo ni adentrarme en busca de mi guarida por el sótano del inmueble donde anidan roedores no pacíficos a diferencia de mí y que, por cierto, me aterran. En mis peores pesadillas sueño que me los encuentro por la noche en la cocina con aviesas intenciones.

«¿Por qué esa obsesión que tiene usted últimamente con las ratas y por definirse una rata asocial, señor Esteruelas? No lo logro entender, señor mío». «Yo tampoco, Jacques-Marie. Pero usted es el profesional y yo el paciente», le digo sin punto de ironía a McFarlane, mi psicoanalista jamaicano, al que desde que estalló lo del coronavirus lo llamo en cualquier momento sin respetar a veces la diferencia horaria entre Kingston y Málaga con gran enfado lógico de su parte. «¡¿Qué quiere insinuar con la frasecita?! ¡¿Que yo soy un sacamantecas y me forro a su costa?!». Esta última frase la lanza de corrido en un español correcto y contrariado. Admiro y me pregunto en qué momento aprendió el significado de la palabra sacamantecas y si tiene alguna relación con sus amoríos granadinos.

Todo este largo preámbulo no es otro que para elogiar el artículo «Nos quieren amables y serviles», que publica hoy el periodista y ensayista Gregorio Morán en su tribuna Sabatinas intempestivas en el digital Vozpopuli (vozpopuli.com). Morán tuvo hace años un duro conflicto con La Vanguardia por rechazar la dirección del periódico del conde de Godó un artículo suyo que chirriaba con la línea editorial del rotativo barcelonés. Interpuso una demanda judicial y la ganó. La empresa tuvo que pagarle una indemnización por despido injustificado. Siempre me solidarizo con aquellas causas abiertas frente a abusos de poder. Y más si ocurren en medios de comunicación. La experiencia enseña.

Leo o escucho, no sé si una cosa u otra o las dos a la vez (¡¿?!), que la OMS pronostica que la pandemia más allá de las calamidades sanitarias, económicas y sociales que arrastra generará trastornos psicológicos en buena parte de la población. Psiquiatras, profesionales de la psique, freudianos, lacanianos, conductistas y demás ralea se preparan pues para atender en su consulta a niños, jóvenes y ancianos a fin de mitigar ansiedades y depresiones con remedios químicos o tratamientos de diván. En eso, modestamente, soy un avanzado, Vaya, la tragedia actual no me ha pillado desprevenido. Bien al contrario. Soy capaz de soportar otras seis semanas más de confinamiento obligatorio si fuera necesario, pero no exactamente por amabilidad y docilidad con el poder. Tal vez sea porque el poder en sí me provoca incomodidad, distanciamiento, discrepancia y muchas cosas más que hasta yo desconozco.

La depresión, lo que hace un siglo y medio se denominaba melancolía, es la enfermedad de la segunda mitad del siglo Veinte y supongo que la del presente siglo. Muchos la consideraron al principio como un trastorno emocional de personas privilegiadas, individuos que no tenían más problemas que mirarse el ombligo y calmar sus obsesiones acudiendo al psiquiatra o al psicólogo. Cuando yo viví en Estados Unidos a principios de los ochenta quien más, quien menos confesaba estar recibiendo asistencia psicológica y tomando antidepresivos. Era algo que en principio se ocultaba por temor a no ser comprendido, ser tildado de loco y tener problemas con la empresa. Pienso que ahora la situación ha cambiado de manera radical y no ha tenido que surgir la pandemia del Covid-19 para hacerla más patente. Esta catástrofe nos está haciendo más reflexivos, examinar con detalle nuestro pasado, tratar de recuperar amistades perdidas o idealizar otras que se perdieron por el simple deterioro de la propia rutina o porque fueron amores no correspondidos. Pero también nos hace más rígidos en nuestros juicios convirtiendo el problema social en una dicotomía entre buenos y malos. Eso no me gusta y por ello me convierto inconscientemente en rata asocial.

Me viene ahora a la memoria una película de hace cincuenta años que vi tiempo después en el cineclub del colegio mayor madrileño donde yo residía. Creo que se llamaba Las amigas y su director era Michelangelo Antonioni. Era un grupo de mujeres jóvenes acomodadas que se contaban en un café de Turín sus frustraciones sentimentales, su aburrimiento burgués y sus chismorreos. Era su rutina y alguna de ellas confesaba estar recibiendo ayuda médica. En una de las secuencias me parece que el círculo se ampliaba con otra mujer de extracción modesta, quien contaba que su marido, trabajador de la Fiat, regresaba a casa cansado pero no tenía tiempo para sentir melancolías. No sé bien si hoy esa persona seguiría pensando igual.

Bosco Esteruelas es periodista y escritor. Ha trabajado en El País como editorialista y corresponsal en Tokio y Bruselas, y antes en la agencia Efe en las delegaciones de Roma, Washington y Londres. Ha sido también portavoz de la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación) y de la Comisión Europea. Ha publicado cuatro novelas, "El reencuentro" (2011), "Todo empezó con Obdulio" (2012), "Retorno a Zumaia" (2014 y "Gracias, asesino" (2020), y una colección de relatos titulada "La chica de Tsukiji" (2014)   En esta bitácora quiero observar e interpretar la realidad política y social desde fuera de la jungla urbana

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