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Félix de Azúa y Juan Goytisolo o las dos orillas del Mediterráneo (I)

Estelas, cual cometas   el blog de Ricardo Tejada

Tanto en Francia como en España, el mundo intelectual está atravesado de fronteras maniqueas. Seguramente más en España que en Francia. O sigues a un escritor, que (supuestamente) abandera una posición política o sigues a otro (que abandera la posición política opuesta). Me parece lamentable. No tengo ese talante divisivo y partidista. Lo saben bien los que me siguen por Twitter. Ahora bien, es más fácil que, por ejemplo, en Francia, el historiador e intelectual liberal, Marcel Gauchet, entable un debate, de tono elevado y respetuoso, con Alain Badiou, filósofo comunista (antes maoísta) —de lo que, por cierto, salió un libro muy interesante— a que en España un filósofo (“conservador”) como Javier Gomá discuta con un filósofo (“progresista”) como José Luis Villacañas. Y, sin embargo, la distancia ideológica es mucho menor entre éstos que el abismo que separa a Gauchet y Badiou, mis dos antiguos profesores a los que llamé afectuosa e irónicamente en un artículo, hace años, Mirabeau y Robespierre.

Félix de Azúa comentó en una ocasión —creo que en una de sus agudas y peculiares autobiografías— que en España había los herederos de los cristianos viejos, los de los cristianos nuevos y, en tercer lugar, con los que se identificaba, los que no se sentían herederos de ninguno de los dos colectivos humanos, Creo que pensaba en Juan Goytisolo cuando hablaba de los cristianos nuevos, los llamados antaño por la plebe antisemita los “marranos”. Evidentemente, el autor de Señas de identidad no tuvo nada de cristiano pues abjuró del franquismo y del catolicismo represivo que sufrió en su infancia y juventud, pero se acomodaba a esa clasificación de Azúa pues siempre quiso reivindicar, en la estela de su admirado Américo Castro, la herencia musulmana y judía de España. Por su parte, el hispanista francés Marcel Bataillon habló de los republicanos españoles (pensaba, me imagino, sobre todo en Fernando de los Ríos, socialista, como él mismo) como herederos de los erasmitas y seguramente pensaba que los franquistas eran herederos del inquisidor Torquemada. La clasificación de Azúa, como la de Bataillon, en menor grado, me deja un tanto escéptico, aunque, a veces, me han parecido verosímiles algunos ríos subterráneos que recorren la historia. Detrás del planteamiento de Azúa estaba, evidentemente, la idea de la Tercera España en la que él cree.

Azúa y Goytisolo han formado parte del paisaje intelectual que viví en la España de los 80 y, en parte, en la de los 90, ya con un pie en Bélgica y luego en Francia. A ambos los conocí, puntualmente, en el Instituto Cervantes de París, en circunstancias diferentes. A ambos le he tenido afecto y admiración, de muy diferente tipo. Han seguido formando parte de mi mundo intelectual incluso en este siglo. Sé que muchos españoles han leído a uno de ellos, y otros españoles han leído al otro. No es mi caso. Los he leído a ambos, antes de llegar a ser hispanista. Del primero siempre he valorado mucho sus ensayos sobre Baudelaire y Diderot, sus análisis sobre el arte (pese a que tienen un exceso de nihilismo desencantado), pero nunca terminaron de convencerme sus novelas y, en las dos últimas décadas, sigo sin comprender por qué escribe unos artículos políticos tan atiborrados de hipérboles, soflamas e improperios, en definitiva, tan poco ponderados. Su evolución, o involución política, se parece, en este sentido, a la de su amigo Savater. De Goytisolo siempre he loado su combate como intelectual, en sus numerosos artículos, contra el racismo, su defensa pionera de los inmigrantes, su afán por hacernos conocer el mundo islámico, no solo en sus Crónicas sarracinas, sino también en aquel programa de televisión que dirigió, en los años 90, titulado Alquibla. De sus novelas me quedo con Señas de identidad, pero nunca he sido un gran forofo de su narrativa. En el deber, ya no en el haber, de Goytisolo, me parece que pecó de idealizar el mundo árabe y, en general islámico, no digamos Marruecos, defecto que todavía recorre buena parte de las lecturas izquierdistas que se hacen en España del Al-Andalus. En ambos hay —lo hubo en el caso de Goytisolo— un orgullo tremendo, que se traduce de dos formas muy diferentes: en Azúa en forma de impertinencia sarcástica, tan aguda como, cuando se trata de política, tan desmedida, mientras que en el otro en forma de orgullo del despechado, del que no se siente reconocido, se va de su tierra y le faltan siempre palabras amables para la España moderna que se fue forjando en las últimas décadas.

Que yo sepa, nunca leí en Goytisolo una crítica a Azúa y viceversa. Mi impresión es que se respetaban mucho. Creo que muchos de los que colaboraban en El País tenían un pacto tácito de no agresión…Recuerdo unas fotos de su encuentro en Formentor, en 2009, y entreveo hasta cariño mutuo. Me quedo con esto, porque ambos, con sus defectos y grandes virtudes, han formado parte de nuestras lecturas, de nuestra educación intelectual.

Foto de Tolo Ramón (Diario de Mallorca). Publicada con su autorización.

Pues bien, en 2012 se produjo un pequeño diálogo entre ambos, en las páginas de El País. Si hubieran querido, habrían continuado hasta llegar a publicar un libro que, por desgracia, nunca se publicó. Quisiera prolongar ese diálogo con la pretensión de ir más allá de sus planteamientos, de superarlos, si se me permite, por una vez, una brizna de vanidad. El primer artículo lo escribió Azúa y se titulaba “Perder lo que nunca fue nuestro”. Tenía de primeras un formato de reseña pues quería glosar la belleza del gran poema de Hölderlin Archipiélago, canto en hexámetros, vertido de esta manera en castellano, en la traducción espléndida de Helena Cortés, con epílogo excelente de Arturo Leyte. Es un poema, como saben, que gira en torno a la Hélade perdida. Pues bien, en realidad no es una reseña porque comienza con lo que llamo en un ensayo la “escena”, es decir una experiencia, un encuentro, un hallazgo, en general inusitado, a veces anodino, pero preñado de interrogantes y que sirve de detonante de una meditación a vuelo de pluma. Félix visita el British Museum y se encuentra con que las salas dedicadas al arte griego están vacías, mientras que las salas consagradas al arte egipcio están llenas de adolescentes bulliciosos. ¿Por qué? Según él, porque los egipcios habían ganado a los griegos al enganchar su imaginario con el de las películas de terror, de momias, y las de estilo gore. Grecia —reproduzco unas líneas de su texto para que se saboree su inimitable ironía —“admite el misterio, el terror y el horror, sí, pero siempre mirándoles fijo a los ojos, sin hacer aspavientos, sin dar gritos o agarrarse al brazo del vecino de butaca. Una cosa digna”, mientras que Egipto se beneficia además del hecho de que muchos regímenes políticos se parecen al de los faraones: “como los emiratos árabes, Cuba, algunos pueblecitos vascongados, Corea del Norte, en fin, esos lugares en donde la teocracia se une al uso estúpido de la violencia contra el contribuyente. En cambio, no se me viene ahora a las mientes un solo régimen político actual que se parezca a Grecia”. ¿Qué diría ahora Azúa de la serie de Neftlix en la que el papel de la faraona Cleopatra lo interpretaba una actriz afroamericana? Sinceramente, no sé qué tiene que ver Cuba o esos “pueblecitos vascongados”, que no eran, o son, un régimen político, con Egipto, a no ser que introduzcamos la ausencia de tolerancia como rasgo común, pero, claro está, hablar de falta tolerancia en el Egipto de Ramsés me parece un tanto anacrónico. Por cierto, los estudios arqueológicos han demostrado que no hay rastro de esclavitud en los que construyeron las pirámides, mientras que sí hubo esclavos en la Atenas de Pericles, el régimen más demócrata y más deslumbrante que pudo haber en toda su historia, llena de iluminaciones, una detrás de otra.

Creo, sea dicho de paso, que a los jóvenes les fascina Egipto porque —no es necesario saber de la existencia del Libro de los muertos para saberlo— saben de manera inconsciente que fue una civilización que convivió con la muerte de una forma que seguramente ninguna otra civilización lo ha hecho. Su arte hierático, misterioso, monumental, contrasta con la superficialidad, prosaísmo y enanez de no poco arte contemporáneo. Démosles razón a los jóvenes cuando intuyen algo que sus gestos y palabras esconden. Las esculturas griegas remiten para los jóvenes a la escultura convencional de muchos monumentos realistas de nuestras plazas o de nuestros edificios públicos y no se les ocurriría pensar que un Bernini o un Rodin sean impensables sin los griegos o que Fidias fuese un absoluto revolucionario en la escultura.

Pero volvamos a la visión —a mi modo de entender nihilista— de Azúa sobre el poema de Hölderlin. Dice él acerca del poeta alemán: “sabía perfectamente que la hermosa Grecia nunca había existido, sino que más bien Occidente había construido el mito griego para que su propio destino viniera de algún lugar y fuera hacia alguna parte”. A ver, lo que el autor del Hiperión sabe perfectamente es que Atenas es, en su época, un poblachón dejado de la mano de Dios por el poder otomano, pero sabe también que esa Grecia imperecedera sigue viviendo, que vive en los corazones una “deliciosa primavera” y que sus frutos madurarán. Está cerca —dice el poema— “el cumplimiento del año”. La independencia griega vendría unos treinta años después, con mucho sufrimiento, una independencia cojitranca. Pero no era éste su principal sueño. Hölderlin no es un romántico soñador que sustituye la realidad por la nostalgia. No hay solo insatisfacción y huida del tiempo presente, como señalaron después los del grupo expresionista de Stefan George, sino una añoranza en positivo que confía en un mañana mejor, algo a lo que parece negarse el pesimismo de Azúa. Una vez desaparecido el sueño de Grecia, a Europa solo le queda Egipto, afirma desesperanzado el barcelonés. Es más, “sin ese origen, no tenemos destino, solo distracciones y mercancías”. En esto último hay algo de cierto…

Juan Goytisolo responde pocos días después y publica en el mismo diario “De Atenas a Abu Simbel”. Y reconoce de entrada: “La gran epopeya, el teatro, el pensamiento filosófico, el germen de las sociedades democráticas de los dos últimos siglos proceden de Hélade”. El autor de Coto vedado niega que haya un “corte absoluto” entre Grecia y Egipto, lo que es acertado, aunque habla de una “humanización” de los dioses egipcios en su tránsito a la rivera norte del Mediterráneo, lo que es un tanto atrevido y discutible, en términos históricos. En cualquier caso, afirma que nuestra sensibilidad actual, en las artes plásticas, conecta mejor con las estatuas y pinturas del arte egipcio. ¿Será porque el cubismo se inspiró en cierro sentido de él? Parece que sí, porque ve en el museo de El Cairo “picassos y giacomettis”, lo que me parece, paradójicamente, un eurocentrismo, por cierto presentista, en su perspectiva. ¿No sería posible ver esas obras de arte que eran, por cierto, antes de nada, manifestaciones plásticas de lo divino, en la inmanencia de su tiempo, del misterio que emanan? Poco tiempo después, Goytisolo visitó los museos de Atenas y se dio cuenta de que no se correspondían con su sensibilidad. A su modo de entender, el arte egipcio encarnaba “un presente vitalicio para el que no corre el tiempo”.

Goytisolo parece ceder en los planteamientos de Azúa sobre el papel de Grecia en Hölderlin, refugiándose en una simple comparación, en términos de gusto, de las artes de ambos lados del Mediterráneo. Se ve claramente que él sigue siendo tributario de las vanguardias artísticas, mientras que Azúa ha exprimido toda la miel de éstas para quedarse con el fin del arte, con la hiel, no exactamente el anunciado por el antiguo amigo de Hölderlin, Hegel, sino el encarnado en la obra del gran dinamitador y embaucador del arte que fue Duchamp.

Egipto/Grecia, Grecia/Egipto, ¿tendríamos que quedarnos con uno solo de los extremos? No lo creo en absoluto. El problema —y en eso Azúa hila mucho más fino que su paisano — no es solo una cuestión de artes plásticas, ni siquiera de religión o mitología, sino sobre todo una cuestión civilizatoria. No podemos renunciar a Grecia, a “Europa”, tal y como cierto pensamiento decolonial pretende de manera más o menos explícita. Tampoco podemos renunciar a Egipto, a “Oriente” porque habita en la urdimbre más honda de nuestra constitución. En el próximo capítulo, indagaré en estas cuestiones a partir de mis últimas impresiones, en Grecia y, el pasado año, en el museo egipcio de Turín.

Le Mans, a 25 de octubre de 2026.

 

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