Había colocado como pórtico de mi primer ensayo, titulado “Azúa y Goytisolo o las dos orillas del Mediterráneo” una foto voluntariamente enigmática, la de unas columnas que flanqueaban una galería, con una especie de puerta al fondo y, más allá un paisaje. ¿Mediterráneo? Sí. ¿De Grecia o de Egipto? No se ven bien los capiteles ni exactamente el tipo de vegetación que se ve más allá. Eso sí, a lo lejos contemplamos unos edificios con techumbre de teja, que podrían delatar un país de la orilla norte del Mediterráneo. Es el templo de Hefesto, en Atenas, construido en vida de Sócrates, uno de los templos más hermosos y mejor conservados del mundo helénico. Sin embargo, la monumentalidad de las columnas, el cielo azul, cierto misterio que emana de él, todo parece inducir a una cierta ambigüedad, como si lo egipcio estuviese latente en lo griego. Parecida sensación, aún mayor si cabe, tuve cuando subí, estremecido, la imponente escalinata de los propileos que dan acceso, en el Partenón, al templo de Atenea. Y, sin embargo, nunca he estado en Egipto. En cualquier caso, nunca sentí en los meses que pasé en Roma, hace años, ese sutil e inaprensible aroma egipcio. En aquel templo, en los propileos, me sentía embargado, en el dintel de algo…


El friso oriental del templo de Hefesto está decorado con los doce trabajos de Heracles (Hércules en el mundo romano). Se cuenta que el rey (mítico) de Egipto, Busiris, de proverbial crueldad, expulsó a Proteo, el dios de las metamorfosis, y a las hespérides, las ninfas que cuidaban un maravilloso jardín, al parecer, al norte del Atlas. Los dioses se enojaron mucho y Busiris no tuvo otra idea que sacrificar a todo extranjero que pusiese el pie en Egipto con el fin de aplacar a los dioses del Olimpo. Pues bien, Heracles, en su undécima faena, llega a Egipto, no sabemos por qué, y viéndose en poder de Busiris lo mata. En una hidria, vasija o cántaro del siglo V, cuando precisamente se construyó el Hefestión, vemos a Busiris con la cabeza rapada, lo que nos induce a pensar que es realmente un egipcio. En ésta, blande una espada. Mas, en otra hidria, empuña su típica maza. La víctima ya no está rapada. Tiene pelo corto y luce un quitón corto dorio. No parece un egipcio…
Desde luego, Busiris no parece tener mucho de egipcio pues fue hijo de Poseidón y —eso sí—de Anipe, una náyade, hija del Nilo, “majestuoso Nilo”, dice Hölderlin, en su Archipiélago. Grecia recibe todos los días el sol de Oriente, “el milagroso”. “¡Mira!” —dice el poeta alemán buscando dónde se haya Atenas— allá tienes a un comerciante que suelta las amarras y “se afana hacia la Cólquida y el antiguo Egipto,/ para ganar púrpura y vino y trigo y vellón/ para su ciudad, y, a veces, más allá de las columnas/del audaz Hércules, hacia nuevas islas venturosas/le llevan las esperanzas y las alas de su barco”. No cabe para el poeta pensar Atenas sin los viajes de sus comerciantes hacia los límites del Mediterráneo, sin el sol bienhechor de Oriente. Grecia es impensable sin Egipto.

Los documentos históricos de la Antigüedad y los hallazgos arqueológicos confirman que en pocas ocasiones hubo conflictos armadas entre los griegos, bien como comerciantes, bien como colonizadores y fundadores de polis, y los pueblos no helénicos. En Egipto, antes de que Herodoto viajará en el siglo V a. J. ya se habían fundado ciudades griegas en el inmenso delta del Nilo, en común acuerdo con las autoridades egipcias. El sincretismo religioso se fue agudizando con la llegada de los reinos ptolemaicos pocos siglos después. Cleopatra fue griega, por sus padres y abuelos, hablaba en griego, pero fue la primera dirigente egipcia en aprender la lengua egipcia y empaparse realmente de su cultura.

En sentido inverso, en la costa norte del Mediterráneo, las figurinas del arte cicládico muestran unos amagos de rostros tan depurados y «primitivos», tan hermosos, que parecen ser griegos o de cualquier otra cultura mediterránea. Las esculturas de kouros, con su solemne presencia y su sonrisa enigmática transfiguran nuestra mirada en una serenidad casi oriental. El periodo de la llamada “revolución orientalizante”, durante los siglos VIII a VII a. J., muestra una influencia poderosa de las culturas fenicias y asirias en la arquitectura y las artes griegas. En Gadeira (el archipiélago que formaba la actual península de Cádiz), los fenicios y griegos comerciaron durante siglos entre ellos y también con los tartésicos. Ninguno de estos pueblos siguió siendo el mismo después de este encuentro. Platón llegó a decir que los griegos y no griegos convivían, como las ranas, en la misma charca. En la acrópolis de Atenas, se han encontrado numerosas figuras en bronce de Horus, hijo de Isis y Osiris, las dos principales deidades egipcias. Se presentaban estas estatuillas a la diosa griega Hera, esposa de Zeus y protectora de las mujeres casadas. Protección, sea dicho de paso, la necesitaban, por las numerosas infidelidades de Zeus…En muchos santuarios griegos, como el de Delfos, los festivales y simposios que se organizaban atraían a muchos peregrinos del mundo mediterráneo. En numerosas islas, por ejemplo, en Rodas, se encuentran vasijas con la flor del loto, tan importante en la cultura egipcia. Muchos embajadores extranjeros visitaban Atenas. A veces se afincaban de manera definitiva en la ciudad. Después de Alejandro Magno, los griegos adoptaron unas cuantas deidades orientales, como Cibeles y Artemis. Isis fue asociada, por ejemplo, a Deméter y Afrodita, Osiris con Dioniso. Ptolomeo, el general de Alejandro Magno que fundó la dinastía griega en Egipto de la que proviene Cleopatra, impulsó el culto a Serapis, dios del inframundo, mezcla de Apis, Osiris, por un lado, y de Zeus, Hades y Asclepio, por otro, para unir a los griegos y egipcios en un mismo rito y creencia. Incluso Homero, en la Ilíada, parecía sugerir contactos entre griegos y poblaciones subsaharianas cuando dijo en uno de sus versos: “pues Zeus al Océano, allá a los Etíopes ánimas-limpias/ayer a convite se fue, y dioses cuantos en compañía” (I, 423-424).

En las Fedríades, escarpadas moles rocosas que constituyen el flanco del monte Párnaso, a más de dos mil metros, se abre una hendidura desde la cual se podía uno comunicar con el mundo subterráneo, ctónico. De ahí provenía un aliento, un hálito (el neuma). Poco más abajo, manaba la fuente Castalia, en donde se purificaba uno y quedaba transido de la inspiración poética. Las primeras creencias religiosas estuvieron ligadas a ese lugar sagrado, recoleto, una oquedad, en la que el cielo puro y las profundidades oscuras parecían reunirse. Se rendía culto a la Tierra-Madre y a Poseidón, dios, en aquellos tiempos tan remotos, no de los océanos, sino de las aguas subterráneas. Fue en ese lugar en el que fueron surgiendo, en torno al siglo VIII a. J., los oráculos de la Pitia, la sacerdotisa del templo, consagrado a Apolo. Se decía que esta divinidad había matado al guardián de la fuente, cerca del santuario de Ge, la Tierra, un dragón que aterrorizaba a los lugareños. Su autoexilio significó una catarsis, una vuelta al orden, e indicaba un sentido de la responsabilidad de cada uno. El oráculo se dirigía a cada uno de los hombres que peregrinaban allá. Cada uno tenía que interpretar bien las señales del oráculo y responsabilizarse de sus actos. Cada uno tenía el deber de no sobrepasar los límites, como lo había hecho Apolo. “Nada en exceso”, decía una de las dos sentencias. El sol que lamía con ardor y candor el flanco agreste de la montaña venía de Oriente. La brecha hendida en la tierra comunicaba con unos dioses del infra-mundo que también en otras civilizaciones podemos encontrar. Sin embargo, la segunda sentencia del oráculo rezaba: “conócete a ti mismo”. Era una novedad. A ella fueron fieles, en el fondo, Sócrates y su discípulo, Platón.

Justo enfrente del templo de Apolo, que presidía todo el complejo religioso-político-deportivo de Delfos, se encontraba un trípode en conmemoración de la batalla de Platea en la que una coalición griega, formada por Esparta, Atenas y otras ciudades, vencieron en el 479 a. J., a las tropas persas y medas de Jerjes I. En aquel año, Eurípides contaba con cinco años. Nueve años después de la batalla nace Sócrates y cincuenta años después Platón. Fue una victoria, según los expertos, incluso más decisiva que las de Salamina e Hímera, un año antes. Del Oriente venía el sol bondadoso, pero también el peligro para la libertad de los griegos.
Cuando Platón forja de una manera muy sutil, en muchos de sus Diálogos, el concepto de philosophia da un salto cualitativo de consecuencias inmensas para los dos milenios ulteriores. El filósofo no es el que —contrariamente a la idea tópica— ama el saber. No es tampoco, exactamente, como dice Zubiri, la reducción de la sabiduría (anterior a Heráclito y Parménides, común al mundo indio) a un puro saber. Es un deseo de aprender permanente que se fragua en el diálogo, en la contraposición y convergencia de diferentes interlocutores que comparten el logos, aquello que les es común y que les permite razonar. El Sócrates que escucha, el Sócrates ignorante y el Sócrates irónico son tres caras de una misma moneda, la del afán por progresar en el aprendizaje común, incluso con los sofistas, los sofos que tienen, como el zapatero con sus zapatos, una habilidad, un saber, que es el de hablar bien y seducir a su público. Como dice Monique Dixsault, gran especialista francesa de la obra platónica, “Sócrates no aparenta no saber, sino que del saber solo tiene un saber: que no se posee”. Ni se posee ni se encarna, como en una especie de gracia divina, en una persona…sabia. Interrogando, interrogándose, el pensamiento divaga y erra por caminos no transitados, que no pueden ser sistematizados en forma de una enciclopedia o de un tratado. Transitando esos senderos, el filósofo y —me atrevería a afirmar— el ensayista, no buscan poseer la verdad, poseer un concepto. El deseo erótico del pensamiento no puede ser posesivo, como el amor; divaga, porque sin esta divagación no se encuentra lo verdadero.
Zubiri no hila del todo fino cuando sostiene que “la sabiduría griega es un puro saber”, pero sí cuando subraya que la actitud filosófica es la de la “retracción”, una “maravillosa retracción que deja que el universo y las cosas queden ante sus ojos, naciendo éstas de aquél, tales como son”. El sabio, por el contrario, se arrojaba al universo o se evadía de él. Pero creo que falta otro elemento. En esta retracción, cuando el sabio transformado en filósofo se encuentra con lo verdadero, entabla una relación con su decir-verdadero, no solo consigo mismo sino con los demás. La filosofía se vuelve a su vez una especie de sabiduría de andar por casa, ética y política, que mantiene un cordón umbilical, aunque sea paradójico, con las sabidurías orientales, pues cuidarse de sí mismo y de los otros no deja de ser un “saber” de la experiencia de la vida, ajeno en puridad a toda voluntad de conocer.
Tiene razón Eugenio Trías cuando afirma que tanto en la India como en Grecia se da “una reflexión relativa al lógos del ser”, pero esto no es filosofía, al menos en el sentido en que lo imprimió Platón para toda la filosofía subsecuente, tanto de matriz cristiana como musulmana, sino teoría o saber del ser, ontología, la de Aristóteles, organizada, técnica, y visión del mundo (manas, sat), empapada de sabiduría práctica. Trías considera que en ambas áreas se busca a través de la filosofía “alcanzar un conocimiento liberador, una sabiduría que salva y da salud”. No estoy conforme. La philosophia (la platónica, la griega, la “occidental”) no busca una sabiduría, sino que procede de ella, sin que haya roto totalmente, a mi modo de entender, ese cordón umbilical con la sabiduría, gracias a lo que llamaba Foucault el cuidado de sí. Que haya filosofía en la India, en la China, en Japón y en otros lugares del mundo, no tengo ni la menor dudad. Lo que no hubo allá es ese deseo peculiar —porque sí—de aprender en mutuo diálogo permanente. No hubo philosophia. Grecia, en este sentido, no fue un milagro, como pensaba Renan, sino un acontecer, un verdadero acontecer en la historia de la humanidad, que se desgaja del simple discurrir del tiempo histórico, no el único, pero sí uno de los más decisivos. No podemos desoír un acontecimiento, ni darle la espalda, como si no hubiese existido, como si no existiese. Solo podemos entablar una rica, variada y compleja fidelidad con él.
En definitiva, si nos ponemos de verdad a pensar, descubrimos que lo “oriental” se aloja en el interior de lo “occidental” como una cripta en una montaña. Ideas presuntamente occidentales como las del “alma del mundo”, con raíces en el Timeo de Platón y en Hermes Trimegisto, tienen parentesco con ideas del antiguo Egipto (pensemos en la importancia del Nilo en sus creencias), orientales o de otras regiones del globo, como en la América prehispánica, todavía en vida, en cierto sentido, en los pueblos amerindios. La famosa Deep Ecology no está tan alejada de este planteamiento cercano al panteísmo. Lo “oriental” no es algo fuera de nosotros, desde hace un sinfín de siglos, sino algo que nos cobija en el hueco que nos constituye por dentro. Negar lo “oriental” que tenemos sería tan absurdo, en el fondo, como negar el oriental lo “occidental” en lo que está envuelto. Contrariamente a lo que afirmaba Azúa, la “hermosa Grecia” sí ha existido y sigue existiendo, es la de la philosophia, parturienta de la ciencia y en permanente disputa colaborativa con ella. Es, por supuesto, la del teatro trágico, la de la retórica, la de la medicina, la de la política, la de la ética, la del afán de viajar, y la de tantas cosas que nos legaron. El hermoso Egipto, como nuez de almendra originaria del Oriente habita también en nosotros. No lo olvidemos. Está muy cerca de nosotros, adentro, muy adentro; cerca, muy cerca, en la puerta de al lado, en nuestra calle…
Le Mans, a 26 de octubre de 2026.




